Trump y yo

La primera vez que fui a Estados Unidos tenía ocho años. Recuerdo la imagen cuando bajaba del avión en el aeropuerto. Un retrato sonriente del señor que era presidente de Estados Unidos. A mí me recibió George H. W. Bush (el padre del otro Bush). Y esperen que lo explique: en mis tiempos pre-9/11, eso era una garantía de seguridad. Mis padres nos criaron, a mis hermanos y a mí, con Estados Unidos como un ejemplo a seguir.

Aprendimos inglés desde niños, viajábamos todos los veranos y creo que estuve siete veces en Disneylandia para entonces. Íbamos en todas las vacaciones.

Fui adolescente y los tiempos cambiaron. Ahora me recibía Bill Clinton. Era una época rara. México vivía los peores años de la crisis del 94 (no lo he olvidado al día de hoy, PRI), y recuerdo que hacíamos cuentas de cuánto se deshacía nuestro peso frente al dólar.
Después vino Bush hijo, la guerra estúpida contra Irak, y la elección de Obama en 2008. En todas esas veces me sentía bien bajando del mismo avión, viendo la imagen del mismo presidente, pese a que para un mexicano no es fácil llegar allá. “Reasonable suspicious”, nos llamó la señora gobernadora de Arizona en ese entonces. Pero sabíamos que había un punto de complicidad. Uno de cada tres mexicanos tiene a un familiar viviendo en Estados Unidos, sabíamos que su futuro iba con el nuestro.

Y luego vino 2016.

Esa cosa. Esa cosa Naranja. Desde el minuto uno sabía de su riesgo. El primer día nos insultó a los mexicanos. Pensé que no pasaba nada. Finalmente éramos el enemigo común, el fácil. Después insultó a John McCain, senador por Arizona y un tipo que no puede elevar los brazos por encima de su cabeza después de todas las torturas que recibió en Vietnam. Entonces iba en serio.

El día de la elección fue algo que merece contarse. Abrí mi laptop y, lo juro, en el momento en que la abrí en la Ciudad de México cayó un trueno. Eran las seis de la tarde del 8 de noviembre de 2016.

Ese día recibí llamadas y mensajes de toda la gente importante en mi vida. Mi madre, mi hermano, mis primos, mis amigos, mi mejor amiga, ¡mi casero! La noche triste mexicana y en México no paró de llover.

La mañana siguiente estaba enfurecida con los periodistas, mi oficio, que pese a que muchos habíamos advertido de que Trump iba en serio y que podía ganar, nos había tirado de locos. Pero un mensaje, desde Madrid, de un amigo, me hizo llorar. Thiago Ferrer me escribió: “Te mando un abrazo”. Y lloré.

Ahora no tengo idea de lo terrible de lo que ha pasado. Veo que la moneda de mi país, otra vez, está devaluándose todos los días. Veo a los actores políticos de México intentando ganar rajada del caos (y digo TODOS, Morena). Y nosotros, como siempre, tristes. Haciendo cuentas de cuánto nos va a salir un dólar, buscando un porqué de todo lo que ocurrido.

No puedo imaginarme cómo será, otra vez, bajar de ese avión, y ver la foto de Donald J. Trump como presidente de ahí. Sé que han perdido todo el respeto de quienes les admirábamos. Y sé que su futuro va con el nuestro.

Quiero pensar que en estas ocasiones sacaremos lo mejor. Somos el país que reconstruyó la Ciudad de México tras el terremoto. El país que derribó al PRI de la presidencia en 2000 (con todos sus defectos). Y resistimos. Quizá más de lo que todos creen. Pero no nos despierten. El día que despertemos será peor de todo lo que he contado aquí.

Quiero tener esperanza. Hay historias que contar. Y los tiempos así nos lo piden.

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Periodismo onanista

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Hoy compré el periódico. Compré un escuálido ejemplar de unas cuantas páginas, con una diminuta sección de anuncios clasificados, una sección A compuesta por Nacional, Internacional, Cultura y lo que haga falta y unos tres cuadernillos más. Yo compraba ese diario hace unos 20 años y aquel periódico no podría ser más lejano del que tenía hoy en las manos. Los diarios se han vuelto anoréxicos. Y los periodistas nos estamos convirtiendo en la señorita Havisham de Grandes Esperanzas. Obsesionados por un pasado que nos ha abandonado, hace mucho tiempo ya.

Primero explico. Yo no me considero una pesimista frente al escenario. He abrazado con entusiasmo las redes sociales, las nuevas formas de narrativa, el multimedia e, incluso, aun teniendo a 2017 enfrente (y todo lo que ello implica) creo que estamos ante uno de los años más intensos de nuestra vida. Y que eso no será necesariamente malo.

Pero también creo que, más allá de los múltiple mea culpa después de las monumentales equivocaciones del periodismo en 2016 (no hay otra manera de calificarlas, muchachos), estamos llegando a una época en la que no nos atrevemos a explicar lo que está ocurriendo: estamos perdiendo fe en los periódicos.

No me miren de esa manera. Sean honestos con ustedes mismos: ¿cuándo fue la última vez que compraron un diario? ¿Con cuánta frecuencia lo hacían hace cinco años?

Vamos, los dejo un momento. Solo piénsenlo para ustedes. No me lo digan.

¿Ven?

Pues eso.

Algo estamos haciendo profundamente mal cuando la confianza del público en los medios está por los suelos (una tercera parte del público en Estados Unidos, así que imagínense cómo están los demás) y las personas prefieren informarse por Facebook que por medios.

Sí, porque no nos hagamos tontos: la culpa no es sólo del algoritmo de Facebook. Es también de que tanto peleamos por los mentados clics que acabaron por abandonarnos.
Lo que más me preocupa es que no veo una reflexión madura sobre lo que ha ocurrido. Leo las mismas reflexiones sobre todo lo que la gente “debe de” leer y hemos dejado de contar a la gente lo que le pasa a la gente. Ahora le contamos lo difícil que es contar a la gente lo que le pasa a la gente. Y, ¿saben qué? A la gente le da igual. ¿A ustedes les importa si un chef tuvo que recorrer cinco mercados para conseguir los ingredientes para una cena? ¿Les importa más ese cuento o la cena? Nos hemos olvidado de contar cosas para hacer periodismo onanista: el peor de todos.

Tengo esperanza de que el próximo año será un terremoto en más de un sentido y servirá para que muchos despabilemos y hallemos caminos nuevos (y que no nos habíamos imaginado) para contar historias. Pero algo tengo muy claro también: no vamos a sobrevivir todos.

Así que solo quería dejar constancia. El periodismo sobre periodistas no le interesa a nadie. Y si lo seguimos haciendo nos quedaremos hablando solos, como la señorita Havisham, vestidos de unas galas roídas en una mansión abandonada, culpando a todos y sin alguien que nos escuche. Levantando un vaso ante una sala vacía por los tiempos pasados que no fueron tan maravillosos como los contamos, pero qué más da. Ya no queda nadie nos pueda contradecir.

Elecciones gringas para principiantes. Horarios y estados a seguir.

¿Cansado de leer sin parar sobre las elecciones de Estados Unidos? ¿Agotado de escuchar el nombre Donald Trump al menos diez veces al día? ¿Harto por escuchar de unos emails que nadie termina de explicar bien por qué son relevantes? ¡No se preocupe más! Por fin la elección estadounidense llega a su fin: tras unos eternos 16 meses, mañana es el día, y más allá de los análisis, las predicciones y el vecino que siempre quiere dejarle claro su conocimiento de la política gringa, he aquí una guía sencilla y fácil para seguir los resultados electorales e impresionar a sus amigos y seres queridos.

Como se habrá dado cuenta a estas alturas, el sistema electoral gringo es todo menos sencillo. Aquí puede enterarse más de los detalles sobre por qué se celebran 50 elecciones que dan el resultado final y puede llevar (esperemos que esta no sea la ocasión) a que un candidato sea ganador con el voto popular y aun así pierda en el colegio electoral, como ocurrió con Al Gore en 2000.

Pero vayamos al grano.

No entraremos en detalles en este post sobre los entresijos de la elección. Usted lo único que necesita es seguir estos horarios y resultados para saber qué ocurrirá. Los primeros comenzarán a conocerse a partir de las 18.00 (hora de la Ciudad de México, una de la mañana en Madrid).

Estos son los resultados que usted debe seguir para saber si Estados Unidos nos dará la sorpresa del año. Los resultados se han previsto de acuerdo con los sondeos más holgados.

18.00 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • Vermont: demócrata (es el estado de Bernie Sanders, además).
  • Kentucky, Indiana, Carolina del Sur y Georgia: republicanos.

Ojo con:

  • Virginia: Trump necesita estos trece votos electorales si quiere mantenerse en la pelea, un resultado cerrado o una victoria del mejor amigo de México en 2016 puede ser la primera señal de una noche larga. Las últimas encuestas indican una ventaja de cinco puntos para Hillary Clinton. Barack Obama ganó con una diferencia de menos de cuatro puntos en 2012. Datos curiosos: Virginia es una de las regiones más antiguas de Estados Unidos, obtuvo su nombre por Isabel I (la reina virgen) y también fue el hogar de Pocahontas.

18.30 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • West Virgina: republicano.

Ojo con:

  • Carolina del Norte: Un estado tradicionalmente republicano que Obama ganó en 2008 con una diferencia de menos de un punto y que Romney consiguió en 2012. Los demócratas han hecho campaña aquí como si no hubiera mañana. Los sondeos están muy divididos.
  • Ohio: ¿se acuerdan de 2004? Ah, qué tiempos aquellos. Es un estado de clase trabajadora, el hogar de Ted Mosby y LeBron James y tiene 18 votos electorales. Las encuestas pronostican una victoria a Trump.

19.00 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • Massachussets, Rhode Island, Connecticut, New Jersey, Maryland, el distrito de Columbia (Washington) y Maine: demócratas.
  • Missouri, Oklahoma, Tennessee, Alabama y Mississipi: republicanos.

Ojo con:

  • New Hampshire, Pensilvania y Florida: Aquí la cosa se pone emocionante. Si Trump consigue dos de tres de estos estados (y ha conseguido ganar los que ya hemos mencionado hasta ahora), hay una posibilidad real de que gane. Si Clinton vence, igualmente, en al menos dos, usted ya puede comenzar a zapear o a preparar su serie de Netflix consentida. Las encuestas dan un empate técnico en Florida y New Hampshire y una ventaja mínima a Clinton en Pensilvania. Si planea trasladarse de un punto a otro, este es un buen momento para hacerlo. El siguiente corte es solo un estado y es…

19.30 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • Arkansas. Sí, el estado natal de Bill Clinton votará republicano.

20.00 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • New York, Wisconsin, Minnesota y Nueo México: demócratas.
  • Wyoming, Dakota del Sur, Nebraska, Kansas, Louisiana y Texas: republicanos.

Ojo con:

  • Colorado, Arizona y Michigan. Trump consiguió recortar una distancia de 20 puntos en Michigan (el estado donde está Detroit, la ciudad industrial que en otros tiempos simbolizó el Estados Unidos pujante y hoy representa el porqué llegamos a este punto). Hoy la ventaja de Clinton es de solo tres puntos. En Arizona los sondeos dan una victoria cerrada a Trump y en Colorado, a Clinton.

21.00 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • Montana: republicano.

Ojo con:

  • Utah: Un estado tradicionalmente republicano pero también el único con un candidato independiente fuerte como para cambiar el resultado, Evan McMullins.
  • Nevada: uno de los grandes objetivos de la campaña en español de Clinton. Obama lo ganó con una diferencia de 12 puntos en 2008 y de seis en 2012. Ahora Trump adelanta por menos de dos puntos. También es el estado de Sheldon Adelson, dueño de uno de los tres periódicos que respaldaron a Trump y uno de los principales asesores de su campaña.

22.00 CDMX

A estas alturas, si usted sigue pendiente de la elección, es porque alguno de los estados que mencionamos antes no han obtenido un resultado claro. ¿Por qué? Porque a esta hora ya no esperamos sorpresas.

  • Idaho y Dakota del Norte: republicano.
  • Washington, Oregon y California: la costa pacífica de Estados Unidos será demócrata.

Más tarde cierran Alaska (republicano) y Hawaii (demócrata). En conclusión: a esta hora todo dependerá de lo peleadas que sean las elecciones de los estados que cerraron antes de las ocho de la noche. Aquí tiene una lista de tuiteros para seguir la noche electoral. Haga su hoja de predicciones y disfrute de la elección.

Volví.

De los fracasos se escribe la mejor literatura. De las pérdidas, los mejores poemas. Del dolor, la enseñanza.

No sé qué decirte, abuelo. Cuando te fuiste en 1998, te puedo contar que el mundo ha cambiado mucho. No tengo muy claro qué pensarías de las redes sociales. Sé que te horrorizaría que todo el mundo te cuente sus intimidades pero al mismo tiempo sé que te gustaría esta nueva herramienta.

Viviste el siglo XX como nadie. Kennedy, Castro, el Che, Kissinger, Arafat y todos ellos. Educaste a una hija que es una feminista política de cuidado. A mí me hiciste observadora (es tu culpa).

Sé que te gustaría que te contara de Teté y Pole, mis nanas. Ellas me educaron y me hicieron la persona que soy, para bien o mal. Sé que te gustaría que escribiera, porque me educaste para hacer eso, cada quince días, y perfecto.

Te encantaría saber las aventuras en las que me he metido. Y sé que no te sorprenderían. Me educaste para esto.

Quizá es una paradoja. Me educaste para preguntar. La quinta W es el ¿por qué? Y eso es lo que intento hacer.

Te quiero,

 

 

Verónica

Por qué soy periodista

Todo empezó en los ochenta. Mi abuelo Benjamín, un excelente lector e historiador, me tuteló. Vivíamos en el DF. Yo tendría unos cinco años. Mi abuelo organizaba tertulias los domingos por la tarde. A los niños nos daban cocacola en esos vasos de cristal que siempre están en casa de abuelos. Y entonces nos preguntaba, a las niñas, (éramos dos las nietas; una, sobrina), ¿qué opinan de esta noticia?

Era una casa muy politizada. Mi prima Paula sabía dónde estaba el libro rojo de Mao antes de saber hablar. Y yo, imitaba a los presidentes priistas a los dos-tres años para risas de los asistentes. Nunca me di cuenta de lo afortunadas que éramos de no oír cuentos de Blancanieves sino de escuchar historias.

Mi abuelo tenía siempre dos periódicos en la mesa. Una enorme. O al menos me parecía así de niña. De esos diarios grandes, que ya casi no se usan. Lo admiraba tanto. Anotaba, subrayaba, llevaba un diario. En fin, era un historiador. Un dia, cuando tenía cinco años, pasé por La Esquina de la Información en la Ciudad de México. Y era uno de esos domingos. Serían las siete de la noche, según mis recuerdos. Recuerdo haberle preguntado a mi mamá, intrigada: ¿por qué están entrando señores a ese edificio si es domingo?. Mi madre respondió: “Son periodistas, hija. ¿Cómo crees que sale el periódico mañana?”. Ahí. En ese momento supe que yo quería hacer eso. Lo que adoraba mi abuelo y un trabajo al que ibas a deshoras por la pasión.

Empecé entrevistando a mis hermanos, haciendo juegos, hice hasta una revista para mi secundaria, adoraba todo. Mi vocación estaba marcada desde el inicio.

Yo estaba en la universidad cuando mi abuelo murió. Nunca me vio periodista.

Y de ahí, han sido unos viajes estupendos. Conocí a políticos, escritores, militares, me metí a donde nadie se debe de meter (como buen periodista), pero siempre respeté la opinión de los demás. Aun cuando estuviera 100% en contra de ella. Lo único que no tolero es la incongruencia. Si tienes valores, vívelos. Sean los que sean. Pero si dices que tienes unos valores y practicas otros, pierdes todo mi respeto.

Fui ingenua, viví aventuras. Fui muy feliz.

Pero también descubrí el lado oscuro del periodismo. Los que están ahí porque solo quieren poder o alimentación al ego. Mi intolerancia a la incongruencia me ha metido en muchos problemas, porque suelo decir las cosas en la cara. No me gusta murmurear detrás de alguien. Si tengo que decir algo, se lo digo. En la cara.

Hoy puedo decir que he aprendido. De mis errores, de mis derrotas, de todo lo que he hecho mal. Pero que tengo muchas ganas de vivir y de seguir adelante. El mayor derrotado de la historia es El Quijote y, mira, también es el más recordado.

Por eso soy periodista. Porque hay que saber escuchar, y reconocer cuando te has equivocado.

 

 

 

 

 

 

 

 

(Sobre)vivir al DF

El DF se ha convertido en una suerte de ciudad de novela negra invadida de hípsters, y taxistas, y Godínez, y maleantes, y niños en la calle, y la élite más adinerada del país y tantos pobres. Sobrevivientes. Porque en el DF no se vive: se sobrevive. El DF vive en una gigantesca contradicción en la que el alcalde dice que no existe el crimen organizado cuando todos reconocen que han sido asaltados después de las dos de la mañana. La ciudad no se inmuta. Es una mezcla entre un escenario de Blade Runner, una chabola hindú, un fuerte olor a garnachas en el Centro Histórico y unas mesas en barrios caros, donde se concentra una burguesía que lo más lejos que conoce de la provincia, con suerte, es Valle de Bravo.

A veces pienso en lo que fue el DF. Hay unos párrafos de la Historia Mínima de México que describen Tenochtitlán como una urbe tan caótica como lo es ahora. Escenas de guerreros aztecas que corrían por sus calles con la cabeza de sus enemigos en los brazos, y un mercado, y ladrones, y vagabundos, y un caos ordenado de una ciudad que creció en medio de un lago, en una zona sísmica, junto a un volcán.

Hay días en que la Ciudad hace llorar. Hace unos pocos que por solo hacer tres citas pasé más tiempo sentada en un coche que paseando. Un tráfico caótico que, a veces me pregunto, de gente que pasa más tiempo en trayecto que en su destino. Y a veces llueve, y caen tormentas atronadoras, y nadie entiende qué es lo que ha ocurrido y nos limitamos a reconocer que al DF hay que tenerle respeto, que es un deporte de alto riesgo. Aquí se viene a competir, no a descansar.

Pero hay mañanas en las que uno puede disfrutar el silencio y ahí está, dormida. Todavía es posible, en ciertas zonas, ver los volcanes en el horizonte cuando son las cinco de la mañana y el monstruo dormita, porque en realidad nunca está quieto. Y entonces uno mira y escucha por un momento, en que no hay el silbido intenso del camotero ni la grabación de una niña que compra hierro el silencio. Esos momentos raros en que se puede todavía escuchar el silencio. Y quizá esa es una de las cosas que valen la pena del DF. Un segundo, en silencio, para saber que aquí no se vive: se sobrevive.

México no está colombianizado. Y está mal.

El problema de muchos contadores de historias es que se olvidan de la historia, del contexto. Y de la amenaza del narcotráfico que nos atenaza. He escuchado las comparaciones entre Colombia en los ochentas y México desde 2006. Y está mal.

México no ha tenido un Luis Carlos Galán. Colosio, y lo pueden ver aquí, defendía el priismo de siempre.

Colombia se aventuró a mantener un cerco cerrado contra el narco. Perdónenme, en México no lo veo.

México no vivió una dictadura perfecta. Vivió una dictadura a secas que aún al día de hoy mantiene el miedo.

Colombia tiene una revisión de memoria histórica sobre lo que le pasó. En México, la verdad histórica no existe y me secundan historiadores. Está la verdad, a secas. Y aquí la seguimos esperando.

Colombia tuvo un ministro de Justicia que denunció al mayor narcotraficante del mundo frente a su Congreso. En México, no.

Colombia tuvo valentía. En México, no tenemos verdad. Ni historia.

Ojalá México se colombianizara. Ojalá México aprenda de Colombia.

#oidoenlaredacción

He sido muy feliz en redacciones. Hoy recordé que, hace un tiempo, me dediqué a recopilar algunas de las frases que mis colegas decían. La identidad de los autores se mantiene, como lo marcan las reglas del #oidoenlaredacción, en secreto. Aquí una selección.

  1. “La semana que entra tendré una cena en mi casa y he decidido que todo lo haré a base de pepinos”. (2 de junio de 2011).
  2. “Géneros de periodismo que no aguanto: El periodista que entrevista al coche”. (27 de junio de 2011).
  3. “Una manera de conocer la situación de una empresa es la calidad del papel de baño que ponen en los aseos”. (27 de junio de 2011).
  4. “Un periodista sin vanidad no es periodista”. (22 de julio de 2011).
  5. “¿Pero quién paga 423 euros por ver a Julio Iglesias en épocas de crisis?”. (5 de agosto de 2011).
  6. “La mantequilla es buenísima para el estómago de los perros”. (10 de agosto de 2011).
  7. “¿Alguien se ha dado cuenta de que si el Madrid gana la Súpercopa no puede ir a Cibeles?”. (16 de agosto de 2011. El papa Benedicto XVI estaba en España y el centro de Madrid estaba cerrado. El Real Madrid perdió 2-3).
  8. “Estoy creando. Nadie toque nada”. (3 de octubre de 2011).
  9. “¡No entiendo este ordenador! ¡Tengo tantas ventanas abiertas que parece que estoy en un palacio veneciano!”. (9 de octubre de 2011).
  10. “Antes en las redacciones se bebía. Ahora se comen manzanas”. (25 de octubre de 2011).
  11. “¿Se ha ido Berlusconi? ¿Se va mañana? ¿Se va pasado mañana?” (8 de noviembre de 2011. Se fue el 12 de noviembre, cuatro días después).
  12. “La cena de Navidad. ¿Italiano o marroquí?”. (1 de diciembre de 2011. Fue marroquí).
  13. — “Que gane el mejor”.
    — “No, porque así gana el Barça”.
    (25 de enero de 2012. Cuartos de final de la Copa del Rey. Ganó el Barça).
  14. “¿Cómo se hace vomitar a un perro?”. (2 de febrero de 2011. No pregunten).
  15. “¡Esto es un periódico, no una comuna!”. (1 de marzo de 2012.)
  16. “En el mundo no hay topos [infiltrados]. Hay cabrones”. (6 de marzo de 2012).
  17. “Me levanté periodista y me acosté zombie”. (15 de marzo de 2012).
  18. — “Tienes una misión urgente. Averiguar en qué canal pasan al Barça”.
    — “No lo sé”.
    — “¡No lo sé no es una respuesta!”.
    (24 de marzo de 2012).
  19. “Mi hijo está en una fase difícil. Es del Atleti y en su clase casi todos son del Madrid”. (25 de marzo de 2012).
  20. “Yo soy un profesional. Sólo insulto en mis ratos libres”. (27 de marzo de 2012).
  21. “Sufro mucho con tanto odio a mi alrededor”. (1 de abril de 2012).
  22. “Yo prefiero un Gobierno técnico presidido por [Jaime de] Marichalar que por [Eduardo] Punset”. (10 de abril de 2012).
  23. “Hoy es el día de la Iglesia Jedi. No le jodamos la vida a la corresponsal”. (4 de mayo de 2012.) Día de la Iglesia Jedi.
  24. “La ironía en Twitter no se entiende”. (19 de mayo de 2012). Acabé hablando en Twitter con un exsecretario general de la OTAN por este tuit.
  25. “Estoy por cortarme el pelo a lo Merkel”. (4 de junio de 2012). Y se lo cortó. Le quedó bien, eh.
  26. “Sólo hace 36 grados centígrados. Sois unos histéricos”. (27 de junio de 2012. Verano en Madrid. Tres días después, acabó colgando salmos en Twitter por no poder dormir con 38 grados a las tres de la mañana).
  27. “¿Por qué parece que los periodistas nunca comen? Cada vez que hay merienda, parece que no han comido nunca”. (28 de junio de 2012. Había merienda. Aquello parecía el Superbowl).
  28. “Verónica está viendo tíos en el jacuzzi”. (7 de agosto de 2012. Yo seguía con atención el desempeño de los atletas mexicanos).
  29. “Si por mí fuera, volvería a la máquina de escribir en un segundo”. (9 de agosto de 2012).
  30. “¡Enhorabuena! ¡Es un milagro de Chavela Vargas!”. (11 de agosto de 2012. México había ganado la medalla de oro en fútbol en Londres 2012. *Lagrimita*).
  31. “¡Venga, con cojones!”. (14 de octubre de 2012. Junto con el resto del mundo, estábamos viendo a un tipo que saltó de la estratósfera patrocinado por RedBull. Sí, eso pasó).
  32. “Qué ganas tengo de que te cases”. (1 de noviembre de 2012. Sí, los invitaré).
  33. “El Gangnam Style tiene un mensaje muy poderoso contra el consumismo”. (26 de noviembre de 2011. Y, aunque no lo crean, tenía razón).
  34. “¿Quién de vosotros tiene súperpoderes?”. (26 de noviembre de 2012. La respuesta era evidente. Todos).
  35. “Acaban de llamar preguntando por Oriana Fallaci”. (3 de diciembre de 2012. #TrueStory).
  36. “No hay hombre heterosexual, sino mal seducido”. (8 de diciembre de 2012. Discuss).
  37. “Jamás pensé que una Cumbre climática fuera interesante, pero según lo que cuenta , lo es”. (8 de diciembre de 2012. Y ciertísimo).
  38. “Con el Atleti no hay que fiarse. Todavía podemos perder este partido”. (9 de diciembre de 2012. El Atlético de Madrid ganaba 6-0. Lo decía en serio).
  39. “Yo creo que voy a empezar a venir al trabajo en chándal [pants]”. (15 de febrero de 2013).
  40. — “¿Hacías muchas fiestas?”
    — “Sí. En aquella época no había Internet, así que había que divertirse de otra manera”. (26 de mayo de 2013).

Malas noticias

Esta foto es la que más me ha roto el corazón. Cámaras que tantas veces he visto usar a fotógrafos, que en mi teoría son los cazadores del periodismo. Los que siempre están más alertas, los que disimulan mejor el miedo. Los que saben ser prudentes, los que no temen a la intimidación. Los mismos que en una redacción parecen leones enjaulados, hambrientos por salir por su próxima presa. Son las cámaras que colegas dejaron junto a la tumba de Rubén Espinosa, un reportero mexicano asesinado hace unos días en mi país junto con cuatro mujeres: Diana, una valiente activista. Yesenia, una hermosa chica jovencita en el DF. Una chica colombiana como tantas otras que he conocido al que nadie ha podido dar nombre, pero que también es una víctima y también merece justicia. Y Alejandra, la trabajadora de limpieza del Estado de México que murió en ese espantoso crimen cometido a menos de dos kilómetros de donde escribo esto.

Captura de pantalla 2015-08-06 a la(s) 01.32.08Foto: Marco Ugarte (Associated Press).

Leí en este texto de Alfredo Corchado una frase de Marcela Turati: “Nunca había visto a tantos periodistas con miedo”.

Y tiene toda la razón del mundo. México es un país con un índice de un 98% de impunidad, basado en un escandaloso bajo porcentaje de crímenes que no son denunciados. La desconfianza de los mexicanos en las autoridades es enorme y eso en sí es un espantoso diagnóstico.

He escuchado a queridos compañeros decir frases que rebasan la tristeza. “En México los asesinatos a periodistas son como las matanzas en Estados Unidos. Nos indignamos un rato y ya. No pasa nada”. “No pensaba que iba a llegar a pegarnos tan cerca”. “Parece que todo lo que hemos hecho no ha servido de nada. Sólo para exponernos”. “¿Y qué va a pasar? La próxima vez que maten a otro aquí nos veremos otra vez”. “Mira, yo no sé que he hecho de mi carrera. Sólo sé que he trabajado con honradez y que al menos no me han matado”.

Corchado cita una terrible (pero certera) frase: En México te matan dos veces. Te matan y luego te vuelven a matar esparciendo rumores falsos sobre lo que fuiste. Un intento para quitarle importancia a que eras periodista, o activista, o a que simplemente estabas en el lugar incorrecto en el momento incorrecto. La impunidad (basada en la maldad, la ineficacia o la mezcla de ambas) hace que las especulaciones reemplacen a la verdad. Y duele.

Y lo más triste de todo es que es la primera vez que decir: “Todo va a estar bien” parece una mentira. Porque no está bien. Tenemos miedo. Miedo por los que sufren la violencia en la mayor parte del país y miedo por los que se atreven a contarla como debe de ser.

Mi abuela me repite, una y otra vez, que mi oficio es difícil. “Hija, los periodistas tienen que pensar mucho antes de hacer su trabajo. Tienen que pensar mucho para no equivocarse”. La última vez que la vi, hace un mes, me lo dijo entre lágrimas. Siempre pensaba, muy ingenuamente, que se refería a una errata o a un nombre mal citado. Pero no. Ahora tengo claro que se refiere a no equivocarse en mencionar a alguien más poderoso. Porque nadie nos va a proteger.

Esa sensación de desamparo, que en mi caso es diminuto, es compartida por miles de periodistas en México. Los más valientes, los que trabajan en la provincia mexicana, con sueldos ínfimos, sin apoyo de sus directivos y esperando que algún día podamos decir lo que vemos sin el temor a quien nos observe, amenace o intimide.

Por eso creo que los fotógrafos son de los más valientes de todos. Y por eso sus cámaras, junto a la tumba de Rubén Espinosa, me rompen el corazón. El miedo es nuestro editor, dijo un querido amigo en estos días. Y sí. Tenemos miedo.

Querido abuelito

Mi abuelo Benjamín García (1909-1998) y yo intercambiamos muchísimas cartas y telegramas desde que pude leer (a los tres años, debo presumir). Hoy estoy triste, y siempre que estoy triste pienso en él.

México, DF; a 13 de julio de 2015.

Querido abuelito,

Hace ya diecisiete años que no estás aquí. Te fuiste un verano, en 1998, y todavía recuerdo la vez que hablamos de la última elección a la que votaste, en 1997, cuando por primera vez el partido en el Gobierno, el PRI, no tendría el control del Congreso. Recuerdo que hablamos. Yo en mi ingenuidad adolescente, emocionada, y tú en los últimos años de tu larga vida. Recuerdo que me habías contado que en la primera elección que votaste, cuando Vasconcelos era el contrincante de Plutarco Elías Calles, fundador del PRI, había soldados en las casillas. Y recuerdo que me dijiste que era muy afortunada porque yo podía votar sin un militar que vigilase que el voto no fuera el “correcto”. Recuerdo nuestro diálogo.

– “Abuelito, ¡ha ocurrido algo histórico!
– “Mi niña bonita, será porque soy viejo, pero tengo muy poca fe”.
– “¡Pero las cosas van a cambiar!”
– No sé, mi muchachita, no lo sé. Acuérdate de lo que decía don Fidel [Velázquez, líder de la Central de Trabajadores de México]: ‘A balazos entramos y sólo a balazos nos van a sacar’”.

Don Fidel acababa de morir. Falleció un año antes que tú. Yo mantenía mi optimismo. Voté, en 2000. Te recordé mil veces ese día. Te eché de menos tanto. Y echo menos al día de hoy tus consejos. No lo dijiste y nunca lo viste, pero sé que tú sabías que yo iba a ser periodista. Todos los días me lo recuerdo. Pienso en lo que dirías, en los debates larguísimos por la tarde sobre política que manteníamos desde que yo aprendí a hablar, en todo lo que opinarías si vieras todo lo que ha pasado en este, nuestro país, desde entonces.

Me pregunto qué dirías si hubieras visto en lo que se convirtió aquella “fiesta de la democracia”. He visto cuánta razón tenías en tu escepticismo en que este país iba a realmente a cambiar. Agradezco que nunca viste la espiral de violencia que desencadenó aquel cambio. Ya se escuchaban los primeros tiros en el norte, en Tijuana y Ciudad Juárez, cuando estabas todavía aquí. Agradezco que nunca viste cómo el narcotráfico ha mostrado su peor cara en las instituciones y rincones que antes eran tranquilos. Me acuerdo cuando paseábamos por Morelia y me señalabas los paisajes boscosos de Michoacán, esa tierra donde fue a parar tu hija enamorada de un michoacano, y me decías que los viera con atención, que eso no se hallaba en todos lados.

Me gustaría saber qué consejos me darías. Sé que te habrías hinchado de orgullo en mis primeros pinitos en este oficio que elegí, en buena parte, por culpa tuya. ¿Te acuerdas? Tú leías esos periódicos, siempre hablabas de la radio, de la actualidad internacional. Y me hablabas no como se le habla a una niña, sino esperando que mis respuestas fueran fundadas, con la exigencia de un profesor bondadoso que aplicaba la práctica socrática para una niña mexicana.

Abuelito, me duele pensar que tenías razón. Que cada vez tengo menos fe. Recuerdo que me contaste que te enteraste que la Revolución había llegado a tu pueblo en la Huasteca veracruzana el día que tu madre fue a buscarte al colegio asustada en medio de un ataque. No sabes cuánta tristeza me causa enterarme de que hay centenares de niños que viven en ese estado de sitio perpetuo.

Me gustaría haber escuchado tu opinión cuando estuve en España, y sé que me habrías contado tantas cosas de ese país que yo no me he enterado porque no tengo tu hambre por la historia ni tu sabiduría. Sé que te habrías reído con mis ideas, y que habrías disfrutado tomarte un vermú con alguno de los ancianos de los pueblos españoles que visité. Eran como esos sitios de Ozuluama, en los que adorabas debatir de política con extraños y en los que nunca te ganaste un enemigo a muerte porque siempre supiste ejercer tu prudencia.

Me habría encantado escuchar tus consejos al volver a México y encontrarlo en unos límites de impunidad que ni siquiera tú habrías imaginado. Lo único que intento hacer es lo que me enseñaste, intentar mantener la honradez ante todo. Te habría encantado verme en Michoacán, aunque sé que me habrías mirado con esa mezcla de preocupación y admiración con la que me esforzaba tanto en deslumbrarte.

Abuelito, recuerdo que tú fuiste alcalde de tu pueblo y que mandaste quitar todos los letreros que tenían tu nombre en él para que no quedara el más mínimo reconocimiento de todo lo que hiciste ahí. Porque no estabas de acuerdo. Porque sabías que en ese entonces no había más opciones para un funcionario en un pueblo tan lejos del DF.

Sé que valorabas la educación sobre todas las cosas y, abuelito, me he equivocado en muchísimas cosas, pero al menos cada paso que he intentado dar en mi carrera ha sido en tu nombre. Mantengo tu ironía, y ahora entiendo por qué decías era mejor guardarla a veces. La ironía es un deporte para especialistas, no es para cualquiera.

Pero sé también que estarías orgulloso. He trabajado duro para que así sea. Lo que no sé es que dirías de la penumbra en la que se encuentra nuestro país. ¿Qué me aconsejarías? ¿Qué es lo que debemos hacer? A veces creo que nos hemos olvidado de la historia, que te apasionaba, y vivimos en una mezcla de frivolidad y superficialidad que detestarías tanto como lo hago yo.

Recuerdo tu gusto por la literatura, por la historia de los demás, por intentar no juzgar al otro con la facilidad que lo hacen tantos en este momento. Hago lo mejor que puedo. Sólo te quiero decir que me gustaría tener un minuto en que me dijeras qué opinas de la espiral de corrupción, impunidad (hemos llegado al 98% de crímenes no castigados), pobreza (somos el único país de la OCDE que no ha reducido su índice) y cinismo en que estamos entrampados.

Me gustaría platicar contigo (platicar, ese maravilloso verbo mexicano que tanto practiqué contigo). Del béisbol que te encantaba (nunca fuiste de nuestros ratoncitos verdes y mejor que ni te cuente de sus pasos en los últimos campeonatos internacionales). De la política internacional, de la crisis griega, de la española, de que a EE UU lo atacaron en 2001 y que ahora tiene un presidente negro (te apuesto: esa SÍ que no la viste venir). De que te fascinaría cómo nos podemos comunicar ahora. Ya no tengo que esperar esos telegramas que enviabas puntualmente en cada uno de mis cumpleaños. Ahora hay una cosa que se llama Twitter de la que estoy segura estarías escéptico, pero que te tendría más que curioso.

Eso sí. Heredé tu memoria. Recuerdo todos y cada uno de los momentos que compartí contigo y de tus enseñanzas. De mirar siempre a los ojos y hacer lo mejor por intentar entender a los demás. Que, como tu me dijiste una vez, es lo más importante porque nunca sabes lo que ha pasado una persona ni qué es lo que le ha llevado a que piense o actúe así.

Y recuerdo mucho tu poema favorito, que enviaste a Toño cuando se graduó de la secundaria, que te acompaña allá desde 2005:

Piu Avanti

No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer, que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora …
¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza!

Te quiero mucho. Te extraño más.

Tu niña bonita,

Veroniquita.