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Extranjero

Opinar como inmigrante siempre tiene un riesgo. Mi madre, que por su trabajo viajó mucho cuando yo era pequeña, me repetía una frase. “Puedes estar en un país que te recibe, que te trata bien, del que te enamoras, pero nunca será tu casa”.

Y sí. Es verdad. Llamar hogar a un sitio requiere el cariño de saber que te puedes quitar los zapatos, irte a la ducha, comer lo que se supone no debes de comer y echarte en un sofá.

En tiempos difíciles para cientos de miles de personas que buscan eso, un hogar, resulta vergonzoso para muchos que nos hemos visto en esa situación. Nunca te sientes cómodo. No puedes decir en tu idioma o en tus señales que estás bien. O que estás mal. Por más que te traten bien, jamás estarás bien. No hay nada como llegar a casa y sentir que has llegado a un hogar.

Quizá por eso el libro de Tim MacHabgann me ha despertado más que la curiosidad. ¿Cómo se ve mi país desde alguien que no tenía razones para llegar a este sitio? Cuando uno decide dejar el país que te vio nacer, debes tener razones fuertes para hacerlo. (Y de hecho, es de mala educación preguntarlas).

A veces es mejor que alguien que no viene de nuestro país nos explique cómo lo ve. Por eso es importante escuchar, siempre. Que uno haya tenido mejor suerte para dejar a las personas que quieres, a los amigos que te entienden, a los padres que, pese a todo, están ahí, tienen una gran lucidez.

En mi país, en el que las leyes no son para cumplirlas, sino simplemente sugerencias. ¿No les ha pasado que a veces un libro lo lees como agua y otros son tan difíciles que no los puedes ni entender? Eso se debe a la humildad del autor que te escribe desde la mayor autoridad de todas. La honestidad.

Las tragedias muchos las utilizan para llorar. Otros crean. Ojalá más lean a los que crean.

Más por los que crean de crear. Y también crean de creer.

 

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Complejidades

Captura de pantalla 2019-07-12 a la(s) 4.25.43El diablo se esconde en Instagram.

Debo reconocer que el pie de foto es inmejorable. “Hay que cuidar a la banda que sabe que traes el pre menstrual [sic], que estás agüitada y que aún se rifa invitando la cerveza y escucha tus complejidades”.

Bueno, las complejidades son muy baratas si de cervezas se habla. Al final soy yo la que las paga (la mayoría de las veces) y soy yo la que acaba escuchando las disculpas de la “banda” por haberse tomado una mala foto.

Ocurre que al tipo de la foto le acabé escuchando sus propias complejidades. Varias veces. Por innumerables ocasiones. Incluso más de las que merece el territorio Telcel. No escuchó ni una de mis “complejidades”. Solo escuché las suyas para entonces.

Pero esperen, queridos cuatro lectores, se pone mejor. Siempre he creído que las peores decepciones vienen de amigos. No de amores, sino de alguien en quien pensabas que iba a estar ahí. Y ocurre que no. Estas personas, ya sea por culpa o por egoísmo, acaban ahí. A veces quedan tan frágiles como una foto de Instagram o un traje apretado para una foto.

 

Hay gente que no importa para una foto de Instagram. Incluso se roba tus lágrimas. Valen más las suyas.

 

(Y no se “rifó” las chelas. Las pagué yo).

 

Complejidades.

 

 

Yo ya estuve en esa fiesta

Hace unos días se lo contaba a P., una amiga que está por separarse y que en medio de sus muchos (y más importantes) agobios, necesitaba que la escucharan y que la distrajeran.

Y debo decir que soy buena para estos menesteres.

Han pasado muchas cosas en el último año y medio, desde que dejé de escribir aquí. Muertes, pérdidas, mudanzas. Dicen que eso es la vida, pero quizá he tenido más vida que de costumbre. Y no es queja. Es solo descripción.

Una de las cosas que ocurrieron en estos meses fue encontrarme de nuevo con Ajo, mi amiga más cósmica y poseedora de un duende muy especial, dicho en el sentido lorquiano de la palabra. Siempre que Ajo aterriza en mi vida, o mejor dicho, cuando en una de sus órbitas pasa por ella, pasan cosas. Y esta vez no fue la excepción. Hablaba con un amigo suyo, conocido de una vida pasada, y hablamos de quiénes éramos entonces -hace ya diez años-. Recordé lo que había sentido cuando vi “La Grande Bellezza”, la película de Sorrentino. Y que con la secuencia inicial recordaba aquella etapa de mi vida (o esa otra vida) y había dejado el cine pensando: “Yo estuve en esa fiesta”. El amigo de Ajo, E, me completó: “Yo ya he estado en esa fiesta”.

 

Captura de pantalla 2019-07-01 a la(s) 14.51.17(Me representa).

 

He llegado a la época de mi vida en que cuando hago cuentas de cuántos años hace de algunas de las cosas importantes que han pasado, me entero que ese año también nacieron personas que ya pueden votar. Lo raro es que ahora no me da nostalgia ni melancolía. Si acaso curiosidad por ver a la distancia lo que pasó y lo que me trajo aquí.

La ventaja de haber estado en “esa fiesta” es que ya no tengo curiosidad de hacerlo ahora y sí el conocimiento. Además de muchas anécdotas que solo puedo contar a amigos cercanos pues si las cuento demasiado sueno presuntuosa. A P. le conté de esas aventuras, etapa. La parte linda (la mañana lluviosa que corrí por El Retiro tras la noche que marcó mi bienvenida a Madrid) y la parte oscura, que me hace pensar que es muy bueno que ya no esté ahí -y preguntarme a veces cómo sobreviví-.

Quise “revivir” este blog con esa anécdota porque es quizá la que mejor define en qué punto estoy ahora. Ninguno de los mundos que conocí entonces son el mismo. Varios amigos han muerto, muchas personas se han ido y yo soy una persona muy distinta. La Guadalajara que había sido mi refugio provinciano ahora es tan violenta como el resto del país. La Madrid que me recibió hace diez años es gobernada ahora en parte gracias a un partido de ultraderecha que no existía. Y ahora soy chilanga. Hace poco uno de mis primos se mudó a la ciudad y mi padre me dijo que lo que más les había impresionado a él y a su chica era cómo llevaba mi vida, sola, a mis casi cuarenta años en una ciudad tan complicada como el DF. (Todavía me gusta decirle DF).

“Esa fiesta”, con la vida bohemia que siempre había querido llevar -créanme, no me quedé con un solo pendiente-, hace que tenga muchas cosas qué contar ahora. Intentaré hacerlo con más frecuencia.

Finalmente, ustedes mis cuatro lectores, saben que yo siempre escribo aquí de lo que se me da la gana pero lo intento hacer entretenido.

 

 

Allá afuera NO

En 15 años de periodista, he llorado muy pocas veces en el trabajo. Una de ellas ocurrió hace unos años. Ocurrió en Madrid.

Mi jefe no tenía un buen día. No tenía nada que ver conmigo, siendo honestos. De hecho lo respeto y estimo mucho hasta ahora. Pero las redacciones, al revés de lo que cuentan en el cine o en las novelas, tienen momentos caóticos. Y ese era uno de esos días.

No recuerdo ni por qué me gritó. Estaba de malas, no conmigo, pero bien decía otro querido jefe mío (los y las jefes que más admiro nunca dejan de serlo en mi cabeza) “la mierda siempre cae en cascada”. El punto es que yo me había equivocado y eso devino en una gritoniza épica. Recuerdo unos 20 minutos de un regaño que creo que solo me había dado mi padre.

Yo tampoco tenía un buen día. Aguanté, como hemos aguantado muchos y muchas, callada. En silencio esperé que se fuera. Él tenía una cena y a mí todavía me quedaban unas cuantas horas de guardia. Esas horas solitarias del periódico, cuando solo quedan los últimos toques, los “última hora”, lo que antes se llamaba “cierre”, cuando predominaba la prensa escrita.

En cuanto se fue, hice lo que toda “Strong Independent Woman” ha hecho al menos una vez en su vida. Corrí al baño, me encerré y me puse a llorar.

Y entonces ocurrió. Entró una Gran mujer: Ana Lorite. Otra veterana de esa redacción. Que había escuchado por muchos años regaños similares (y, estoy segura, había visto cosas mucho peores, pero este no es el sitio para discutirlo).

Ana Lorite tiene esa mezcla extraordinaria de inteligencia que salvaba los peores errores de reputados periodistas y la sencillez para nunca pedir crédito por su trabajo. Muchos han firmado novelas, reportajes y hasta han recogido premios. Lorite se merece todos esos honores y muchos más, pero nunca le importaron esos méritos. Tiene un rostro bellísimo, algunos le decían (sin exagerar) que tiene el porte de una Elizabeth Taylor y yo añadiría que también tiene la fuerza elegante que solo tiene una mujer andaluza.

Lorite comenzó a hablar. Fuerte. No con gritos, pero con voz tan firme que habría hecho temblar a cualquiera.

“Verónica. Sé que estás ahí. Escúchame bien. Yo he pasado más de 20 años trabajando. Y he visto muchas cosas. Solo te puedo decir algo. Es difícil. Lo es. Aquí llora todo lo que quieras. Pero no permitas nunca que se te note. No permitas que sepan que lo lograron. Te equivocas. Todos lo hacen. Pero no seas tan dura contigo como para pensar que eres la única. Llora todo lo que quieras. ¡Pero allá afuera NO!”.

Comencé a llorar más, pero ahora acompañada. Salí y ayudó a corregir mi ya de por sí desastroso maquillaje. Sacó un pequeño bolso de la nada. Con la paciencia de una enfermera y la fuerza de un general, me dejó lista en unos minutos. Me dio un abrazo y me dijo: “Y ahora vamos a salir, allá afuera. Y aquí no pasó nada”.

Salimos con la frente en alto. Mi rímel estaba perfecto y mis ojos todavía un poco hinchados. Nunca olvidé su consejo. Afuera, a esas horas, la mayoría de los presentes eran mujeres y unos pocos hombres a los que en España se llama pringaos: es decir, los que trabajan. Y aunque todos sabían, nadie mencionó el tema de nuevo.

Han pasado ya varios años. Y he hecho bastantes locuras. Por supuesto que me volvieron a regañar (y varias veces) pero no lloré de nuevo. Me han llegado a insultar, pero aprendí a defenderme. Y sí, a veces quiero llorar. Pero recuerdo siempre su consejo.

Hay ocasiones en que solo basta la voz de una mujer fuerte, decidida, veterana, que ha mantenido con la fuerza de un olivo un prudente silencio estando ahí afuera. La mía era la enésima escena que ha ocurrido y ocurrirán en redacciones y muchísimos otros sitios de trabajo, escenas que sé que han sufrido muchos y muchas.

Pero hoy es 8 de marzo. Así que Ana, hoy no te preocupes. Hoy salgo a la calle, y estoy dispuesta a decir lo que tenga que decir, a defenderme cuando lo tenga que hacer, a pelearme si lo considero necesario y llorar cuando es debido. Pero eso sí: lloraré, dentro, siempre. Aprendí a comprarme un rímel a prueba de agua. Eso sí, no he aprendido a maquillarme tan perfecta como ese día lo hiciste. Pero la frente en alto que me enseñaste a llevar, la llevo desde entonces.

No, no es fácil. La vida no es fácil. Pero para quejarse y llorar, hay que saberlo hacer cómo, con quién y dónde.

Llorar. Se vale.

Pero allá afuera NO.

*Las periodistas paramos. Pero no nos callamos.

Te doblas, pero no te quiebras

Tenía cinco años.

Era la primogénita de mis padres, así que cuando un día llegué llorando del kínder, fue un asunto que mis padres debían de analizar. Mi papá me enseñó a caerme (imaginen a un señor de 1.89 con una niña que no rebasaba el metro haciendo la misma maniobra). Y cuando me preguntó por qué lloraba, le respondí que era porque otros niños me pegaban.

Así que mi pá, como buen michoacano, me tuteló. “Tienes que defenderte”. ¿Y si me hace llorar? “Le respondes”. ¿Y si me pega? “Pues le pegas también”.

No recuerdo bien la fecha, pero a la siguiente afrenta de niños en mi kínder lo tenía claro. Hubo una pelea. Y respondí. Y me peleé. Y le pegué.

*Llamada de la directora del kínder a mi madre*

Digamos que mi mamá no estaba muy de acuerdo con el método de #autodefensa michoacana que mi padre me había tutelado. Acabamos regañados los dos. Eso sí. Nadie me volvió a pegar otra vez.

En Morelia estudié en un colegio de monjas la primaria. Largos años de planas con “letra bonita” y con amiguitas. En cuanto me dieron una opción, dónde quería estudiar la secundaria, ni lo pensé. “Quiero estudiar donde estudió mi papá”. El colegio de mi papá solo aceptaba niños en su época, pero -escándalo- ahora era mixto. Recuerdo su respuesta: “Si yo estudié ahí, ¿por qué mi hija no?”.

Estudié ahí, y aprendí. Mi abuelo materno era el primero que me enseñaba a opinar, debatir y llenarme de argumentos. Suena muy ingenuo, pero, entre ellos dos, jamás me di cuenta que era distinto ser mujer. Mi padre lo resumía bien. “Puedes ganarle a un hombre en todo. Salvo en fuerza física. En ese caso me llamas”.

Pasaron los años, y nunca fui consciente de la gran fortuna que había tenido. Mi abuela y mi mamá merecen mención aparte. Mujeres independientes, a su propia manera, que ejercían esa cosa que llaman ahora feminismo sin saberlo.

Después me hice periodista, y me fui a Guadalajara, y luego a Madrid, y luego al DF y eso creo que ya se lo saben.

Mi abuela Gregoria siempre fue la más orgullosa, y fue la última de mis abuelos que murió. Todavía recuerdo que en su aniversario de oro me llevó aparte y me dijo, en voz baja, lo orgullosa que estaba de mí. Mi abuela fue una mujer que era independiente en 1950, en un país que no le permitía ni votar aun cuando ya mantenía a toda su familia.

“Hija, no te preocupes. Yo me casé muy grande. Haz lo que quieras. Y he pensado muchas veces lo feliz que hubiera sido con mi tiendota… pero me enamoré”.

Lo decía casi como si hubiese sido una enfermedad. Como un “me rompí la rodilla”. Una mujer brillante que en un pueblo michoacano construyó su futuro. Y el de mi padre. Y el mío.

Mi madre merece un párrafo (o un artículo o quizá un libro) aparte. La hija de Don Benjamín no conoce barreras, al menos no hasta ahora. También fue independiente desde los 18 años. No le da cuentas a nadie desde entonces. Y si se casó con mi papá fue porque, en palabras de mi abuela, “se enamoró”.

Su canción favorita era de esas que se ponían en caset en esos viajes largos que vivimos los niños de los ochentas. “I am woman”, de Helen Reddy. Y su verso favorito: “You can bend, but never break me“. “Me doblarás, pero nunca me romperás”.

Mi padre al día de hoy le repite ese verso: “Te doblas pero no te quiebras”. Creo que no hay mejor frase para definir a mi má.

A veces leo todo lo que ocurre con las denuncias sobre el #MeToo, por acoso a las mujeres. Porque no nos pagan igual. Porque un jefe quiere “invitarte” a una “cena” para hablar de “tu carrera”. Porque una vez en una de esas cenas entre “reputados” periodistas y políticos me dejaron claro que porque, al ser mujer, lo único que tenía que hacer era pedir el postre y hacer ojitos. Porque nos dan los peores puestos. Porque tenemos que aguantarnos mil y una cantidad de insultos por tener un buen puesto. Porque hay que ser guapa. Porque sé que todas mis amigas han sufrido de una manera u otra algún tipo de acoso o abuso que tiene un solo motivo: eres mujer. Sé amable. Arréglate. No te quejes. Y cállate.

Me emociona pensar en mi abuela y que, 68 años después, su sueño comienza a hacerse realidad. Gracias a la ayuda del hombre del que se enamoró, del padre de mi madre, y de mi papá.

Yo también. Nadie me pudo callar entonces. Me enseñaron a defenderme. Y este es el momento de hablar y defenderse. Y si me pegan… les pego también.

 

Todos los crayones de la caja

Era un día de abril y estaba un poco cansada de leer noticias. Ya no podía más. Otra declaración desquiciada de Trump. Gente muriendo. Elecciones. Gente fascista. Gente fascista Y pedófila. Gente fascista, que acosa mujeres, que es homófoba, que es pedófila y que gana elecciones. Que son impunes. Que además nos dicen que nos callen.

AH, y México. Que, en serio, dejémoslo aquí por ahora.

Así que entenderán por qué necesitaba un descanso de la actualidad.

Entonces ocurrió. Abrí Netflix y me negué a buscar el siguiente documental deprimente o serie que me angustiara. Ya. Necesitaba algo que me distrajera y mucho.

Busqué lo más alejado de lo que leía que pudiera hallar. Para ese momento no descartaba, incluso, el show de las Kardashian. Así de grave la situación. Lo que fuera. YA.

Y lo encontré. El mejor antidepresivo del mundo se llama RuPaul’s Drag Race.

¡Colores! ¡Música! ¡Moda! ¡Drag Queens! ¡Drama! ¡Ru Paul!

 

Esto es lo que necesitaba. Y por la vena. Drastic times call for Dragtastic measures, indeed.

RuPaul es, entre muchas otras cosas, lo primero que yo recuerdo como Drag Queen en mi tierna y (ay) lejana adolescencia en Morelia. Era la Drag Queen que cantaba a dueto con Elton John Don’t go breaking my heart y no solo eso: ERA AMIGA DE LOS DE NIRVANA.

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A la llegada de los VMAs de 1993. Los noventa. Buenos tiempos.

Kurt Cobain dijo que Supermodel, el primer gran hit de RuPaul, era una de sus canciones favoritas. Y tiene sentido. Los dos, de maneras muy distintas, representan una de las principales quejas de la juventú de mis épocas, que se reponía de la resaca ochentera y el triunfo capitalista de la Guerra Fría. Decir, ya fuera gritando con baterías y guitarras furiosas o bailando en una discoteca, que no cabíamos en los esquemas. El cinismo de Cobain o el sarcasmo de RuPaul. Fuera como fuera, el mensaje era claro. Se acabó.

Here we are now, entertain us, I’m stupid and contagious“, gritaba Cobain.

It don’t matter what you wear. They’re checking out your savoir-faire“, cantaba RuPaul.

Daba igual. Y en una época en que decir que eras gay o VIH positivo era sentencia de muerte y paria automático, y no casarte y cumplir con los estereotipos sociales destinados -particularmente para una mujer- era un escándalo, digamos que esto representa lo que se sentía comenzar a romper techos de cristal.

¿Por qué el mundo drag atrae a una mujer heterosexual? En un mundo binario (hombre-mujer; blanco-negro; noche-día; Dios-Demonio; izquierda-derecha), la mezcla de una persona que, independientemente de su género, consigue mezclar las características de ambos sexos la vuelve, de inicio, interesante. Ejemplos sobran, comenzando por Nuestro Señor.

Estas últimas semanas pensé especialmente en las decisiones que me llevaron hasta donde sea que esté. Que incluyen, dentro de mi muy pequeña manera de hacerlo, haber roto esos esquemas. No me casé con quien se suponía debía casarme. No me quedé en mi ciudad. Conocí el antro gay subterráneo de mi ciudad (antes que se volviera mainstream, GRACIAS HIPSTERS). Acabé con amigos bailando en 2002 en la azotea de una casa del siglo XVIII en Morelia durante el Festival de Cine y ese fue uno de los pocos momentos en que sentí que sí, que valía la pena tomar ese camino.

Y ¿por qué todo este rollo tiene que ver con RuPaul? Porque cada semana me receto mi respectivo capítulo y me recuerda lo divertido, inesperado, creativo y hermoso que es ser lo que muchos califican como un “bicho raro”. RuPaul lo dice: ¿por qué, si la vida es tan corta, no utilizas todos los crayones que hay en la caja?

Deben hacerlo. Es muy divertido. Cuestionar a quien te dice que te calles. Gritarle que no piensas ser realista al que te dice que lo debes ser. Decir que no estás de acuerdo porque no estás de acuerdo. Y quejarse, y crear, y defender. Y usando todos los crayones. Coloreando y quitar el blanco y negro. Como lo hacíamos cuando éramos niños.

Este año todavía noto la mirada de conocidos que, ya se lo piensan dos veces antes de decírmelo, pero todavía piensan que por qué las mujeres nos hemos tardado tanto tiempo en denunciar abusos y que RuPaul es una cosa para “mujeres y maricones”. Y sí, lo veo en sus miradas y en algunos tuits. Cuesta mucho quitarse el largo peso de la discriminación y prejuicios inculcados por años.

El camino muy largo, pero al menos, a veces, puedo oler su miedo. Porque ellos saben que los tiempos están cambiando.

Una de las canciones favoritas de un gran amigo era I am what I am, el clásico de La cage aux folles. A él le gustaba la versión de Gloria Gaynor. Yo hallé esta y me emociona. Esta semana la he escuchado mucho por todo el amor y carcajadas que nos unió cantándola.

Lo dice la letra.

I am what I am
I don’t want praise, I don’t want pity
I bang my own drum
Some think it’s noise, I think it’s pretty
And so what if I love each sparkle and each bangle
Why not try to see things from a different angle
Your life is a sham
Till you can shout out
I am what I am.

 

 

Can I get an amen up in here?

En homenaje a R. A. S. (1980 – 2017)

 

‘Coco’ y mi día de muertos

Siempre me he preguntado si mi padre es un cinéfilo. Porque no es una persona que analice meticulosamente las películas. Él simplemente ADORA verlas. ¿Su crítica de Star Wars: Episodio VII? Harrison Ford ya está muy viejo y prefiere recordarlo como la primera vez que lo vio. Mi respuesta fue: “Papá, han pasado 40 años”. ¿Se acuerdan de Happy Feet? Una de las mejores películas que ha visto. “Excelente mensaje sobre la relación de los padres”, concluyó. Incluso mi madre le bromea que no hay película, por más mala que sea, a la que no le encuentre un mensaje o un sentido. Él ama ir al cine.

Así que cuando fui a ver Coco, supe que cuando él la viera sería un cañón. Mi padre es de Quiroga, un pueblito entre Morelia y Tzintzuntzan, justo a unos pasos de la ribera del Lago de Pátzcuaro. Ahí creció y ahí también muchos de mis primos, mis hermanos y yo corrimos en la plaza por tacos de carnitas para mi abuelo o entre las tiendas de los negocios de mi abuela. Porque sí, mi familia paterna también tiene una historia de un matriarcado construido por un oficio, pero para ahorrarles spoilers prefiero que vean la película.

A las pruebas me remito.

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A la izquierda, Santa Fe de la Laguna, Quiroga, el pueblo de mis abuelos. A la derecha, Santa Cecilia, en Coco.

Mi papá adora tocar la guitarra. Mi abuelo sabía afinarlas, pero él aprendió solo. Hay fotos de esas sepia en las que se le ve pequeñito con su guitarra. Y hay una escena en particular que me rompió el corazón y sabía que le ocurriría lo mismo a mi padre.

Hasta aquí de spoilers.

Al salir del cine, esta vez mi padre prefirió no hacer una larga reflexión sobre la película. Apenas hablamos entre nosotros de todo lo que significó. El padre que tiene que emigrar para mantener a su familia. La familia llena de cicatrices emocionales de las que no se hablan, pero ahí siguen. Y un mundo de los muertos que no tiene cielo ni infierno. Tiene personas buenas e hijos de puta, como el mundo de los vivos.

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Tumba en Tzintzuntzan, Michoacán, México. Esta ofrenda tiene una bicicleta hecha con cempásuchil, lo que quiere decir que al muerto homenajeado le gustaba ir en bicicleta.

Coco es para mí mucho más que la nueva película de Pixar. Es un homenaje a mis recuerdos de niña y las historias de mi familia. Me recordó la primera vez que acompañé a mi nana al panteón a dejar una ofrenda y recuerdo ese olor de cempasúchil, las velas y ese color naranja. Créanme, pensarán que exagero, pero es que se ve ASÍ.

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Foto: Adid Jiménez

¿Qué significa el Día de Muertos?

No puedo hablar a nombre de todos los mexicanos, puedo hablar sobre cómo se celebra en el ambiente en que yo crecí. Es una fiesta, pero no una celebración sin control. De hecho, es muy mal visto que la gente no respete a quienes están en el panteón. Las ofrendas se ponen con fotos, cuando se puede, y se colocan los objetos que le gustaban a quien se le honra. Si le gustaba el café, el mole, las galletas, el pan de muerto o hasta una bandera de su equipo favorito. Se pone pan y un vaso de agua. “Los muertos siempre tienen sed”, me decían en el pueblo. Nunca entendí eso muy bien, pero bueno, ahí lo dejo.

Se pone un poco de sal y, por supuesto, el cempásuchil (que en náhuatl significa “flor de veinte pétalos”) y las velas, para que el muerto sepa llegar a donde está su altar. Y entonces se habla de él o ella en todo el proceso. Y es en ese momento en que, para mí, yace la tradición. Porque recuerdas. Y de repente te ríes de pensar lo que diría tu abuelo, abuela, tío, hermano o primo si te viera. No falta quien recuerda su canción favorita. Otro más que comparte algo que no sabían los demás. No hay terror en el panteón. Los niños van de noche y los adultos están con las ofrendas. Hay recuerdos, el olor de las velas, el color y olor del cempásuchil y música que puede ser alegre pero nunca estruendosa.

Y por cierto, lo de Halloween. A los niños mexicanos nos tocan tres días que nos den dulces o cosas y además estamos libres de ir a la escuela. Así que no hay quejas por aquí. De hecho he llegado a pensar que son tradiciones que al final se complementan. Para mexicanos chauvinistas, seguro que hallarán a otros sesudos analistas que pueden buscar en Google que les hablarán de la grandeza de mi patria como si no fuéramos el producto de un mestizaje continuo. Y culturas de las que me siento muy orgullosa, además.

Mi padre y yo nos hicimos la misma pregunta, como michoacanos que salimos casi deshidratados del cine. ¿Cómo recibirán esta película en el extranjero? ¿Nos entenderán? “Es muy, pero muy mexicana”, repetimos casi como disculpa. Quién nos manda ser tan raros que ponemos a calaveras vestidas de lujo, lloramos con las mismas canciones y nos reímos de lo más sagrado (no solo me refiero a la muerte. En el caso de Coco, ¡hasta de Frida Kahlo!).

Yo recuerdo que cuando acabé de verla y llegué a casa, solo volteé a ver las fotos de mis abuelos y me puse a llorar otra vez. Pero no lágrimas feas. Lágrimas de saber que, al menos en mi cultura, ellos siempre están aquí.

Espero de corazón que les guste y espero también sus comentarios. Me ahorré los spoilers para que la vean. Sé que en Estados Unidos llega el 22 de noviembre y en España el 1 de diciembre. ¡Corran al cine!

 

*Este post no está patrocinado por Pixar, Apple o ninguna empresa relacionada con Coco. Si quieren patrocinarlo, manden correo.

To-lu-ca

Esa fue la primera palabra que leí en mi vida.

O al menos la primera que mis padres recuerdan.

Mi abuelo tenía una costumbre: enseñar a leer a su descendencia lo antes posible. La lección era simple. Un letrero que leía en voz alta, separando las sílabas.

Cho-co-la-te”.

Le-che”.

Fe-li-ci-da-des”.

En los viajes se convertía en un juego. Repetía los letreros con los nombres de los pueblos que pasábamos. Aprendí muy pronto a jugar. Al día de hoy me sé de memoria el recorrido de la vieja carretera entre Morelia y el DF.

Cha-ro.

Que-rén-da-ro.

Ma-ra-va-tí-o.

Tlal-pu-ja-hua.

michoacan

El O-ro. 

A-tla-co-mul-co.

Ix-tla-hua-ca.

To-lu-ca.

Cuentan mis padres que a mis cuatro años, en un viaje al DF, vi el último letrero, me puse de pie y exclamé al mundo:

¡TO-LU-CA!”

Sí, la primera palabra que leí en mi vida fue Toluca. Quizá habría preferido leer una palabra más épica que el nombre de la gris e industrializada capital del Estado de México, en la que tantas horas pasé atrapada por su pavimento lleno de baches, tráfico insufrible (te odio y te odiaré siempre, paseo Tollocan) e intrigada por la peculiar obsesión mexiquense de bautizar TODO con los nombres de sus egregios políticos.

Porque, amigos, como algunos de ustedes saben de sobra y como yo me enteré pocos años después de la primera vez que leí “Toluca”, el Estado de México tiene una característica que lo distingue de los demás. Casi un siglo de gobierno de un partido hegemónico dejó, sin duda, su huella en todo el país. Pero en ningún sitio como aquí.

Para mí, el paisaje más mexiquense de todos no es Valle de Bravo ni Malinalco, ni las espectaculares vistas de la Sierra Madre Oriental, con hondonadas de más de 500 metros.

No. Para mí, el paisaje más mexiquense de todos es una casa pobre, pequeña, sin pintura, triste y gris. Cuatro paredes y un techo. Una antena de televisión y una bandera de México. Y en un muro, el escudo del PRI.

Para entendernos: el PRI nunca ha perdido unas elecciones gubernamentales en el Estado de México. El priista mexiquense es la quintaesencia del partido que mantuvo el poder hegemónico en mi país durante casi un siglo. Es el Estado que más aporta al PIB de México y tiene el mayor padrón electoral del país. También es el estado mexicano que más aporta dinero al PRI.

Aquí hay dinero, y mucho. Pero para hallarlo hay que buscar. No en esas miles de casas grises, sin pintar. 

Vayamos a otro nombre de esa lista. Atlacomulco. Palabra más difícil para aprenderse de niña. Mi abuelo no se ocupó en contarme todo lo que encerraba esa palabra. Esperó a que yo me diera cuenta poco después de que mi país no era como los otros. Que aquí no había democracia. Que las elecciones se las robaban. Que los políticos eran corruptos.

Mi abuelo esperó a que, por primera vez, México me rompiera el corazón.

Después de eso ya me contaba cómo le decían a aquel pueblo. ¿Atlacomulco? “Atraco-mucho”.

El ego inconmensurable del priismo mexiquense hizo que el gobernador Arturo Montiel Rojas bautizara con su nombre una avenida por la que TODOS los que viajamos debemos pasar. Para que la veamos y leamos su nombre. Para que no se nos olvide que él estuvo ahí.

 

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El Distribuidor Vial Licenciado Arturo Montiel Rojas de Atlacomulco, Estado de México. 

 

Hace unos años me contaron una historia. Va de un periodista que entrevistó a uno de los miembros más ilustres del sombrío grupo de políticos que ha gobernado el Estado de México desde que terminó la Revolución Mexicana, el grupo Atlacomulco. Un club al que pertenecen Isidro Fabela, todos los Alfredos del Mazo, Arturo Montiel Rojas y Enrique Peña Nieto, entre otros.

Eran inicios de los noventa y el periodista no se iba a encontrar con cualquiera. Le esperaba el propio Carlos Hank González. Gengis Hank.

El periodista, no mexicano, fue invitado al rancho de Carlos Hank. Le decimos rancho pero aquello era una propiedad digna de un jeque. Decenas de hectáreas, animales exóticos. El periodista fue conducido a un salón enorme, donde le esperaba el mítico profesor mexicano que dijo que un político pobre era un pobre político.

(Sí, así de cínicos son).

El periodista disimuló su sorpresa cuando una amable camarera atendió su orden, como si se estuviera en un lujoso restaurante y no en una casa particular. Se sentaron frente a frente, pero separados por un incómodo florero que le impedía mirar a los ojos a Hank.

Pronto detectó algo inusual en la mesa. Un estuche negro rectangular que reposaba junto a su plato.

La entrevista duró una larga e incómoda hora.

Al terminar, el periodista intentó ignorar el estuche y anunció que se retiraba.

De ninguna manera”, dijo Hank. “Tiene que llevarse mi regalo”.

Pero mi medio no me deja aceptar el regalo”, dijo el periodista.

Por favor, es una costumbre mexicana”, insistió Hank.

Entiéndame, no puedo aceptarlo”, repitió el periodista.

Así un intercambio que duró minutos, quizá una media hora.

Hasta que a Hank se le colmó la paciencia y, molesto, le dijo al periodista que se llevase el estuche o, de lo contrario, se lo tomaría personal.

El periodista aceptó llevarse el regalo. 

Llegó a su hotel, y abrió el estuche en su habitación. Y en su interior no había un Rólex, como esperaba. Ni un fajo de billetes. Tampoco un dedo, como pensaría un sádico.

No. Lo que había dentro era un pequeño botón, con el logo del PRI.

Eso es lo que pienso cuando pienso en el Estado de México. Tres imágenes, tres recuerdos.

To-lu-ca”.

Una casa gris y pobre, en medio de la nada, con una bandera.

Un logo del PRI.

El fin de una era

bastenier

Acabo de escribir ese titular y es como si lo pudiera escuchar ahora mismo.

Pero qué titular has puesto, niña Verónica, pero qué exageración es esa. Vamos a ver, vamos a ver. [tose]. El fin de una era es como la caída del Imperio Romano, pero qué melodramática es la Verónica. Pero es que vosotros no lo sabéis, pero Verónica es de la Nueva España, de M-É-X-I-C-O. Y allá les gusta el melodrama, les gusta el melodrama… De allá era Marina, ¡La Malinche! Allá llegó Hernán Cortés… ah, el mejor español de todos los tiempos…”.

Así lo recuerdo. Tecleé lo primero que se me vino a la mente al pensar en su muerte y de inmediato pensé en lo que habría dicho si hubiésemos estado en una de las aulas del máster de la Escuela de Periodismo de El País, hace ya nueve años. Recordé el día en que hizo un provocador (y convincente) argumento sobre por qué Cortés era tan heroico. Con la sonrisa traviesa de un hombre profundamente sabio pero que nunca perdió la picardía, entendida en el mejor sentido de la palabra. Le gustaba retar y le fascinaba hallar a un interlocutor que se atrevía a contradecirle. Sobra decir que, casi siempre por no decir siempre, ganaba por knock out.

Como un boxeador.

Ah, ya cargándote el Libro de Estilo. Pero si ya sabes que el box es el único deporte del que no podemos hablar, que así lo dice el Libro de Estilo… yo no sé, yo no sé, yo puede que no esté de acuerdo, no lo sé, pero las reglas son así y en los periódicos no escribimos como se nos da la gana, que para eso no nos pagan…”

A Bastenier le gustaba revisar un texto con la pericia de un boxeador experimentado, de esos que pelearon combates legendarios. The thrilla’ in Manila. Y por eso recordé una frase que dijo Billy Crystal sobre Muhammad Ali. “There’s very little that I can say about Muhammad Ali that he hasn’t already said himself”.

Es así. No hay mucho que pueda decir de Bastenier que no haya dicho él sobre sí mismo. Y que no lo hubiese dicho mejor, con más ingenio, más cultura y en menos espacio.

Lo recuerdo en un restaurante en una esquina de Miguel Yuste. En los casi seis años que viví ahí solíamos comer al menos una vez al mes. Y sí, era una delicia escucharle. De periodismo, de periodistas, de periolistos. De historia, de Cataluña, de Oriente Próximo, de Europa (casi se ponía de pie cuando mencionaba Europa). Todavía lo recuerdo con su bella mujer, Pepa, hace no tanto tiempo, en una boda en México. Estaba feliz de que yo me hubiese enamorado de Madrid con la misma pasión que él sentía por América Latina. “Pero si tú eres más madrileña que yo”, me decía en un tuit.

Lo recuerdo haciendo memoria de sus alumnos y cómo recordaba el estilo de cada uno. Recuerdo que me confesó quiénes pensaba que eran los mejores, o los más divertidos, o los más listos, o los que más ponían atención. Joder, qué orgulloso estaba. Joder, qué orgulloso estaría de que una mexicana escriba el españolísimo “joder”.

Yo le pedí consejos de casi todo. Le mandaba reportajes, el esbozo de mi libro, las nuevas noticias del “curro”. Y siempre respondió. La última vez, unos días antes de que muriera.

Recuerdo que el día que dijo que Hernán Cortés era el mejor español de todos los tiempos respondí exactamente como él esperaba que lo haría. Bastó alguna torpe frase mía para que derribase el argumento, cuando ni siquiera había comenzado a elaborar mi respuesta en nombre de la Soberanía Nacional Mexicana y la Raza Cósmica de Vasconcelos (sí, él había leído más de Vasconcelos que la GRAN mayoría de mexicanos que conozco).

¿Pero tú has leído a Vasconcelos? Vamos a ver. [Se arremanga la camisa, como el boxeador experimentado que quiere dar una buena lección y sube el tono de su voz metálica]. Vosotros, los mexicanos, sois LOS MÁS ESPAÑOLES de todos. Porque no hay nada más español que renegar de España”.

Me quedé fría. Les digo, un perfecto jab. Limpio. De esos que despiertan admiración. Y luego dijo algo que me emociona al día de hoy.

“Si fuésemos todos, a nombre de España, a pedir perdón a América Latina por todo lo que hicimos, ¿quién me acompañaría? A ver, quiero ver, porque yo iría el primero, pero quiero ver quién me acompañaría”.

Y mis compañeros, los otros nueve que estaban conmigo en ese momento en el aula, comenzaron a subir lentamente las manos. Eso no se le hace a una mexicana en el exterior, sobra decir. Melodramática, si ya lo decía él.

Un amigo me dijo el viernes que sentía como si se nos estuvieran yendo los últimos periodistas que podían decir: “Eso que acabas de publicar es una auténtica barbaridad” con toda la autoridad moral del mundo. Por eso pensé que sí que era el fin de una era. Y por eso al menos quiero pensar lo que diría si me leyese, para detenerme, antes de que escriba esas auténticas barbaridades. Que las escribiré. Las escribiremos.

Pero qué tontería, qué tontería, si tú lo que tienes que hacer es ponerte a leer esto de nuevo y pensar en cómo lo harías mejor, que si la gente nos lee por algo, que la gente tiene algo mejor qué hacer que leer un periódico, que eso no se te tiene que olvidar nunca. Que bueno, que te equivocas, pues ya está, te equivocas, pero sigues, y lo vuelves a hacer y ya está”.

Y miren, ahora que se usa tanto adjetivo para el periodista (que si el periodista multimedia, el periodista narrativo, el periodista literario, el periodista chisgarabís –y vaya que sobran de estos últimos), Bastenier no era “un” periodista. Era Periodista.

Sí, es difícil ponerme frente a un teclado en estos días y no acordarme de él.

“¿Tenéis fuego?”

To Sir, with love.

En recuerdo de M. Á. Bastenier (Barcelona, 1940 – Madrid, 2017).