Todas las entradas por veronicalderon

Acerca de veronicalderon

Periodista mexicana. Curiosa profesional. Adicta a redes sociales. Y a los gansitos.

Te doblas, pero no te quiebras

Tenía cinco años.

Era la primogénita de mis padres, así que cuando un día llegué llorando del kínder, fue un asunto que mis padres debían de analizar. Mi papá me enseñó a caerme (imaginen a un señor de 1.89 con una niña que no rebasaba el metro haciendo la misma maniobra). Y cuando me preguntó por qué lloraba, le respondí que era porque otros niños me pegaban.

Así que mi pá, como buen michoacano, me tuteló. “Tienes que defenderte”. ¿Y si me hace llorar? “Le respondes”. ¿Y si me pega? “Pues le pegas también”.

No recuerdo bien la fecha, pero a la siguiente afrenta de niños en mi kínder lo tenía claro. Hubo una pelea. Y respondí. Y me peleé. Y le pegué.

*Llamada de la directora del kínder a mi madre*

Digamos que mi mamá no estaba muy de acuerdo con el método de #autodefensa michoacana que mi padre me había tutelado. Acabamos regañados los dos. Eso sí. Nadie me volvió a pegar otra vez.

En Morelia estudié en un colegio de monjas la primaria. Largos años de planas con “letra bonita” y con amiguitas. En cuanto me dieron una opción, dónde quería estudiar la secundaria, ni lo pensé. “Quiero estudiar donde estudió mi papá”. El colegio de mi papá solo aceptaba niños en su época, pero -escándalo- ahora era mixto. Recuerdo su respuesta: “Si yo estudié ahí, ¿por qué mi hija no?”.

Estudié ahí, y aprendí. Mi abuelo materno, era el primero que me enseñaba a opinar, debatir y llenarme de argumentos. Suena muy ingenuo, pero entre ellos dos, jamás me di cuenta que era distinto ser mujer. Mi padre lo resumía bien. “Puedes ganarle a un hombre en todo. Salvo en fuerza física. En ese caso me llamas”.

Pasaron los años, y nunca fui consciente de la gran fortuna que había tenido. Mi abuela y mi mamá merecen mención aparte. Mujeres independientes, a su propia manera, que ejercían esa cosa que llaman ahora feminismo sin saberlo.

Después me hice periodista, y me fui a Guadalajara, y luego a Madrid, y luego al DF y eso creo que ya se lo saben.

Mi abuela Gregoria siempre fue la más orgullosa, y fue la última de mis abuelos que murió. Todavía recuerdo que en su aniversario de oro me llevó aparte y me dijo, en voz baja, lo orgullosa que estaba de mí. Mi abuela fue una mujer que era independiente en 1950, en un país que no le permitía ni votar aun cuando ya mantenía a toda su familia.

“Hija, no te preocupes. Yo me casé muy grande. Haz lo que quieras. Y he pensado muchas veces lo feliz que hubiera sido con mi tiendota… pero me enamoré”.

Lo decía casi como si hubiese sido una enfermedad. Como un “me rompí la rodilla”. Una mujer brillante que en un pueblo michoacano construyó su futuro. Y el de mi padre. Y el mío.

Mi madre merece un párrafo (o un artículo o quizá un libro) aparte. La hija de Don Benjamín no conoce barreras, al menos no hasta ahora. También fue independiente desde los 18 años. No le da cuentas a nadie desde entonces. Y si se casó con mi papá fue porque, en palabras de mi abuela, “se enamoró”.

Su canción favorita era de esas que se ponían en caset en esos viajes largos que vivimos los niños de los ochentas. “I am woman”, de Helen Reddy. Y su verso favorito: “You can bend, but never break me“. “Me doblarás, pero nunca me romperás”.

Mi padre al día de hoy le repite ese verso: “Te doblas pero no te quiebras”. Creo que no hay mejor frase para definir a mi má.

A veces leo todo lo que ocurre con las denuncias sobre el #MeToo, por acoso a las mujeres. Porque no nos pagan igual. Porque un jefe quiere “invitarte” a una “cena” para hablar de “tu carrera”. Porque una vez en una de esas cenas entre “reputados” periodistas y políticos me dejaron claro que porque, al ser mujer, lo único que tenía que hacer era pedir el postre y hacer ojitos. Porque nos dan los peores puestos. Porque tenemos que aguantarnos mil y una cantidad de insultos por tener un buen puesto. Porque hay que ser guapa. Porque sé que todas mis amigas han sufrido de una manera u otra algún tipo de acoso o abuso que tiene un solo motivo: eres mujer. Sé amable. Arréglate. No te quejes. Y cállate.

Me emociona pensar en mi abuela y que, 68 años después, su sueño comienza a hacerse realidad. Gracias a la ayuda del hombre del que se enamoró, del padre de mi madre, y de mi papá.

Yo también. Nadie me pudo callar entonces. Me enseñaron a defenderme. Y este es el momento de hablar y defenderse. Y si me pegan… les pego también.

 

Anuncios

Todos los crayones de la caja

Era un día de abril y estaba un poco cansada de leer noticias. Ya no podía más. Otra declaración desquiciada de Trump. Gente muriendo. Elecciones. Gente fascista. Gente fascista Y pedófila. Gente fascista, que acosa mujeres, que es homófoba, que es pedófila y que gana elecciones. Que son impunes. Que además nos dicen que nos callen.

AH, y México. Que, en serio, dejémoslo aquí por ahora.

Así que entenderán por qué necesitaba un descanso de la actualidad.

Entonces ocurrió. Abrí Netflix y me negué a buscar el siguiente documental deprimente o serie que me angustiara. Ya. Necesitaba algo que me distrajera y mucho.

Busqué lo más alejado de lo que leía que pudiera hallar. Para ese momento no descartaba, incluso, el show de las Kardashian. Así de grave la situación. Lo que fuera. YA.

Y lo encontré. El mejor antidepresivo del mundo se llama RuPaul’s Drag Race.

¡Colores! ¡Música! ¡Moda! ¡Drag Queens! ¡Drama! ¡Ru Paul!

 

Esto es lo que necesitaba. Y por la vena. Drastic times call for Dragtastic measures, indeed.

RuPaul es, entre muchas otras cosas, lo primero que yo recuerdo como Drag Queen en mi tierna y (ay) lejana adolescencia en Morelia. Era la Drag Queen que cantaba a dueto con Elton John Don’t go breaking my heart y no solo eso: ERA AMIGA DE LOS DE NIRVANA.

Captura de pantalla 2017-12-17 a la(s) 12.15.08

A la llegada de los VMAs de 1993. Los noventa. Buenos tiempos.

Kurt Cobain dijo que Supermodel, el primer gran hit de RuPaul, era una de sus canciones favoritas. Y tiene sentido. Los dos, de maneras muy distintas, representan una de las principales quejas de la juventú de mis épocas, que se reponía de la resaca ochentera y el triunfo capitalista de la Guerra Fría. Decir, ya fuera gritando con baterías y guitarras furiosas o bailando en una discoteca, que no cabíamos en los esquemas. El cinismo de Cobain o el sarcasmo de RuPaul. Fuera como fuera, el mensaje era claro. Se acabó.

Here we are now, entertain us, I’m stupid and contagious“, gritaba Cobain.

It don’t matter what you wear. They’re checking out your savoir-faire“, cantaba RuPaul.

Daba igual. Y en una época en que decir que eras gay o VIH positivo era sentencia de muerte y paria automático, y no casarte y cumplir con los estereotipos sociales destinados -particularmente para una mujer- era un escándalo, digamos que esto representa lo que se sentía comenzar a romper techos de cristal.

¿Por qué el mundo drag atrae a una mujer heterosexual? En un mundo binario (hombre-mujer; blanco-negro; noche-día; Dios-Demonio; izquierda-derecha), la mezcla de una persona que, independientemente de su género, consigue mezclar las características de ambos sexos la vuelve, de inicio, interesante. Ejemplos sobran, comenzando por Nuestro Señor.

Estas últimas semanas pensé especialmente en las decisiones que me llevaron hasta donde sea que esté. Que incluyen, dentro de mi muy pequeña manera de hacerlo, haber roto esos esquemas. No me casé con quien se suponía debía casarme. No me quedé en mi ciudad. Conocí el antro gay subterráneo de mi ciudad (antes que se volviera mainstream, GRACIAS HIPSTERS). Acabé con amigos bailando en 2002 en la azotea de una casa del siglo XVIII en Morelia durante el Festival de Cine y ese fue uno de los pocos momentos en que sentí que sí, que valía la pena tomar ese camino.

Y ¿por qué todo este rollo tiene que ver con RuPaul? Porque cada semana me receto mi respectivo capítulo y me recuerda lo divertido, inesperado, creativo y hermoso que es ser lo que muchos califican como un “bicho raro”. RuPaul lo dice: ¿por qué, si la vida es tan corta, no utilizas todos los crayones que hay en la caja?

Deben hacerlo. Es muy divertido. Cuestionar a quien te dice que te calles. Gritarle que no piensas ser realista al que te dice que lo debes ser. Decir que no estás de acuerdo porque no estás de acuerdo. Y quejarse, y crear, y defender. Y usando todos los crayones. Coloreando y quitar el blanco y negro. Como lo hacíamos cuando éramos niños.

Este año todavía noto la mirada de conocidos que, ya se lo piensan dos veces antes de decírmelo, pero todavía piensan que por qué las mujeres nos hemos tardado tanto tiempo en denunciar abusos y que RuPaul es una cosa para “mujeres y maricones”. Y sí, lo veo en sus miradas y en algunos tuits. Cuesta mucho quitarse el largo peso de la discriminación y prejuicios inculcados por años.

El camino muy largo, pero al menos, a veces, puedo oler su miedo. Porque ellos saben que los tiempos están cambiando.

Una de las canciones favoritas de un gran amigo era I am what I am, el clásico de La cage aux folles. A él le gustaba la versión de Gloria Gaynor. Yo hallé esta y me emociona. Esta semana la he escuchado mucho por todo el amor y carcajadas que nos unió cantándola.

Lo dice la letra.

I am what I am
I don’t want praise, I don’t want pity
I bang my own drum
Some think it’s noise, I think it’s pretty
And so what if I love each sparkle and each bangle
Why not try to see things from a different angle
Your life is a sham
Till you can shout out
I am what I am.

 

 

Can I get an amen up in here?

En homenaje a R. A. S. (1980 – 2017)

 

‘Coco’ y mi día de muertos

Siempre me he preguntado si mi padre es un cinéfilo. Porque no es una persona que analice meticulosamente las películas. Él simplemente ADORA verlas. ¿Su crítica de Star Wars: Episodio VII? Harrison Ford ya está muy viejo y prefiere recordarlo como la primera vez que lo vio. Mi respuesta fue: “Papá, han pasado 40 años”. ¿Se acuerdan de Happy Feet? Una de las mejores películas que ha visto. “Excelente mensaje sobre la relación de los padres”, concluyó. Incluso mi madre le bromea que no hay película, por más mala que sea, a la que no le encuentre un mensaje o un sentido. Él ama ir al cine.

Así que cuando fui a ver Coco, supe que cuando él la viera sería un cañón. Mi padre es de Quiroga, un pueblito entre Morelia y Tzintzuntzan, justo a unos pasos de la ribera del Lago de Pátzcuaro. Ahí creció y ahí también muchos de mis primos, mis hermanos y yo corrimos en la plaza por tacos de carnitas para mi abuelo o entre las tiendas de los negocios de mi abuela. Porque sí, mi familia paterna también tiene una historia de un matriarcado construido por un oficio, pero para ahorrarles spoilers prefiero que vean la película.

A las pruebas me remito.

Captura de pantalla 2017-11-19 a la(s) 09.40.31

A la izquierda, Santa Fe de la Laguna, Quiroga, el pueblo de mis abuelos. A la derecha, Santa Cecilia, en Coco.

Mi papá adora tocar la guitarra. Mi abuelo sabía afinarlas, pero él aprendió solo. Hay fotos de esas sepia en las que se le ve pequeñito con su guitarra. Y hay una escena en particular que me rompió el corazón y sabía que le ocurriría lo mismo a mi padre.

Hasta aquí de spoilers.

Al salir del cine, esta vez mi padre prefirió no hacer una larga reflexión sobre la película. Apenas hablamos entre nosotros de todo lo que significó. El padre que tiene que emigrar para mantener a su familia. La familia llena de cicatrices emocionales de las que no se hablan, pero ahí siguen. Y un mundo de los muertos que no tiene cielo ni infierno. Tiene personas buenas e hijos de puta, como el mundo de los vivos.

Captura de pantalla 2017-11-19 a la(s) 09.42.38

Tumba en Tzintzuntzan, Michoacán, México. Esta ofrenda tiene una bicicleta hecha con cempásuchil, lo que quiere decir que al muerto homenajeado le gustaba ir en bicicleta.

Coco es para mí mucho más que la nueva película de Pixar. Es un homenaje a mis recuerdos de niña y las historias de mi familia. Me recordó la primera vez que acompañé a mi nana al panteón a dejar una ofrenda y recuerdo ese olor de cempasúchil, las velas y ese color naranja. Créanme, pensarán que exagero, pero es que se ve ASÍ.

Captura de pantalla 2017-11-19 a la(s) 09.47.52

Foto: Adid Jiménez

¿Qué significa el Día de Muertos?

No puedo hablar a nombre de todos los mexicanos, puedo hablar sobre cómo se celebra en el ambiente en que yo crecí. Es una fiesta, pero no una celebración sin control. De hecho, es muy mal visto que la gente no respete a quienes están en el panteón. Las ofrendas se ponen con fotos, cuando se puede, y se colocan los objetos que le gustaban a quien se le honra. Si le gustaba el café, el mole, las galletas, el pan de muerto o hasta una bandera de su equipo favorito. Se pone pan y un vaso de agua. “Los muertos siempre tienen sed”, me decían en el pueblo. Nunca entendí eso muy bien, pero bueno, ahí lo dejo.

Se pone un poco de sal y, por supuesto, el cempásuchil (que en náhuatl significa “flor de veinte pétalos”) y las velas, para que el muerto sepa llegar a donde está su altar. Y entonces se habla de él o ella en todo el proceso. Y es en ese momento en que, para mí, yace la tradición. Porque recuerdas. Y de repente te ríes de pensar lo que diría tu abuelo, abuela, tío, hermano o primo si te viera. No falta quien recuerda su canción favorita. Otro más que comparte algo que no sabían los demás. No hay terror en el panteón. Los niños van de noche y los adultos están con las ofrendas. Hay recuerdos, el olor de las velas, el color y olor del cempásuchil y música que puede ser alegre pero nunca estruendosa.

Y por cierto, lo de Halloween. A los niños mexicanos nos tocan tres días que nos den dulces o cosas y además estamos libres de ir a la escuela. Así que no hay quejas por aquí. De hecho he llegado a pensar que son tradiciones que al final se complementan. Para mexicanos chauvinistas, seguro que hallarán a otros sesudos analistas que pueden buscar en Google que les hablarán de la grandeza de mi patria como si no fuéramos el producto de un mestizaje continuo. Y culturas de las que me siento muy orgullosa, además.

Mi padre y yo nos hicimos la misma pregunta, como michoacanos que salimos casi deshidratados del cine. ¿Cómo recibirán esta película en el extranjero? ¿Nos entenderán? “Es muy, pero muy mexicana”, repetimos casi como disculpa. Quién nos manda ser tan raros que ponemos a calaveras vestidas de lujo, lloramos con las mismas canciones y nos reímos de lo más sagrado (no solo me refiero a la muerte. En el caso de Coco, ¡hasta de Frida Kahlo!).

Yo recuerdo que cuando acabé de verla y llegué a casa, solo volteé a ver las fotos de mis abuelos y me puse a llorar otra vez. Pero no lágrimas feas. Lágrimas de saber que, al menos en mi cultura, ellos siempre están aquí.

Espero de corazón que les guste y espero también sus comentarios. Me ahorré los spoilers para que la vean. Sé que en Estados Unidos llega el 22 de noviembre y en España el 1 de diciembre. ¡Corran al cine!

 

*Este post no está patrocinado por Pixar, Apple o ninguna empresa relacionada con Coco. Si quieren patrocinarlo, manden correo.

To-lu-ca

Esa fue la primera palabra que leí en mi vida.

O al menos la primera que mis padres recuerdan.

Mi abuelo tenía una costumbre: enseñar a leer a su descendencia lo antes posible. La lección era simple. Un letrero que leía en voz alta, separando las sílabas.

Cho-co-la-te”.

Le-che”.

Fe-li-ci-da-des”.

En los viajes se convertía en un juego. Repetía los letreros con los nombres de los pueblos que pasábamos. Aprendí muy pronto a jugar. Al día de hoy me sé de memoria el recorrido de la vieja carretera entre Morelia y el DF.

Cha-ro.

Que-rén-da-ro.

Ma-ra-va-tí-o.

Tlal-pu-ja-hua.

michoacan

El O-ro. 

A-tla-co-mul-co.

Ix-tla-hua-ca.

To-lu-ca.

Cuentan mis padres que a mis cuatro años, en un viaje al DF, vi el último letrero, me puse de pie y exclamé al mundo:

¡TO-LU-CA!”

Sí, la primera palabra que leí en mi vida fue Toluca. Quizá habría preferido leer una palabra más épica que el nombre de la gris e industrializada capital del Estado de México, en la que tantas horas pasé atrapada por su pavimento lleno de baches, tráfico insufrible (te odio y te odiaré siempre, paseo Tollocan) e intrigada por la peculiar obsesión mexiquense de bautizar TODO con los nombres de sus egregios políticos.

Porque, amigos, como algunos de ustedes saben de sobra y como yo me enteré pocos años después de la primera vez que leí “Toluca”, el Estado de México tiene una característica que lo distingue de los demás. Casi un siglo de gobierno de un partido hegemónico dejó, sin duda, su huella en todo el país. Pero en ningún sitio como aquí.

Para mí, el paisaje más mexiquense de todos no es Valle de Bravo ni Malinalco, ni las espectaculares vistas de la Sierra Madre Oriental, con hondonadas de más de 500 metros.

No. Para mí, el paisaje más mexiquense de todos es una casa pobre, pequeña, sin pintura, triste y gris. Cuatro paredes y un techo. Una antena de televisión y una bandera de México. Y en un muro, el escudo del PRI.

Para entendernos: el PRI nunca ha perdido unas elecciones gubernamentales en el Estado de México. El priista mexiquense es la quintaesencia del partido que mantuvo el poder hegemónico en mi país durante casi un siglo. Es el Estado que más aporta al PIB de México y tiene el mayor padrón electoral del país. También es el estado mexicano que más aporta dinero al PRI.

Aquí hay dinero, y mucho. Pero para hallarlo hay que buscar. No en esas miles de casas grises, sin pintar. 

Vayamos a otro nombre de esa lista. Atlacomulco. Palabra más difícil para aprenderse de niña. Mi abuelo no se ocupó en contarme todo lo que encerraba esa palabra. Esperó a que yo me diera cuenta poco después de que mi país no era como los otros. Que aquí no había democracia. Que las elecciones se las robaban. Que los políticos eran corruptos.

Mi abuelo esperó a que, por primera vez, México me rompiera el corazón.

Después de eso ya me contaba cómo le decían a aquel pueblo. ¿Atlacomulco? “Atraco-mucho”.

El ego inconmensurable del priismo mexiquense hizo que el gobernador Arturo Montiel Rojas bautizara con su nombre una avenida por la que TODOS los que viajamos debemos pasar. Para que la veamos y leamos su nombre. Para que no se nos olvide que él estuvo ahí.

 

montiel

El Distribuidor Vial Licenciado Arturo Montiel Rojas de Atlacomulco, Estado de México. 

 

Hace unos años me contaron una historia. Va de un periodista que entrevistó a uno de los miembros más ilustres del sombrío grupo de políticos que ha gobernado el Estado de México desde que terminó la Revolución Mexicana, el grupo Atlacomulco. Un club al que pertenecen Isidro Fabela, todos los Alfredos del Mazo, Arturo Montiel Rojas y Enrique Peña Nieto, entre otros.

Eran inicios de los noventa y el periodista no se iba a encontrar con cualquiera. Le esperaba el propio Carlos Hank González. Gengis Hank.

El periodista, no mexicano, fue invitado al rancho de Carlos Hank. Le decimos rancho pero aquello era una propiedad digna de un jeque. Decenas de hectáreas, animales exóticos. El periodista fue conducido a un salón enorme, donde le esperaba el mítico profesor mexicano que dijo que un político pobre era un pobre político.

(Sí, así de cínicos son).

El periodista disimuló su sorpresa cuando una amable camarera atendió su orden, como si se estuviera en un lujoso restaurante y no en una casa particular. Se sentaron frente a frente, pero separados por un incómodo florero que le impedía mirar a los ojos a Hank.

Pronto detectó algo inusual en la mesa. Un estuche negro rectangular que reposaba junto a su plato.

La entrevista duró una larga e incómoda hora.

Al terminar, el periodista intentó ignorar el estuche y anunció que se retiraba.

De ninguna manera”, dijo Hank. “Tiene que llevarse mi regalo”.

Pero mi medio no me deja aceptar el regalo”, dijo el periodista.

Por favor, es una costumbre mexicana”, insistió Hank.

Entiéndame, no puedo aceptarlo”, repitió el periodista.

Así un intercambio que duró minutos, quizá una media hora.

Hasta que a Hank se le colmó la paciencia y, molesto, le dijo al periodista que se llevase el estuche o, de lo contrario, se lo tomaría personal.

El periodista aceptó llevarse el regalo. 

Llegó a su hotel, y abrió el estuche en su habitación. Y en su interior no había un Rólex, como esperaba. Ni un fajo de billetes. Tampoco un dedo, como pensaría un sádico.

No. Lo que había dentro era un pequeño botón, con el logo del PRI.

Eso es lo que pienso cuando pienso en el Estado de México. Tres imágenes, tres recuerdos.

To-lu-ca”.

Una casa gris y pobre, en medio de la nada, con una bandera.

Un logo del PRI.

El fin de una era

bastenier

Acabo de escribir ese titular y es como si lo pudiera escuchar ahora mismo.

Pero qué titular has puesto, niña Verónica, pero qué exageración es esa. Vamos a ver, vamos a ver. [tose]. El fin de una era es como la caída del Imperio Romano, pero qué melodramática es la Verónica. Pero es que vosotros no lo sabéis, pero Verónica es de la Nueva España, de M-É-X-I-C-O. Y allá les gusta el melodrama, les gusta el melodrama… De allá era Marina, ¡La Malinche! Allá llegó Hernán Cortés… ah, el mejor español de todos los tiempos…”.

Así lo recuerdo. Tecleé lo primero que se me vino a la mente al pensar en su muerte y de inmediato pensé en lo que habría dicho si hubiésemos estado en una de las aulas del máster de la Escuela de Periodismo de El País, hace ya nueve años. Recordé el día en que hizo un provocador (y convincente) argumento sobre por qué Cortés era tan heroico. Con la sonrisa traviesa de un hombre profundamente sabio pero que nunca perdió la picardía, entendida en el mejor sentido de la palabra. Le gustaba retar y le fascinaba hallar a un interlocutor que se atrevía a contradecirle. Sobra decir que, casi siempre por no decir siempre, ganaba por knock out.

Como un boxeador.

Ah, ya cargándote el Libro de Estilo. Pero si ya sabes que el box es el único deporte del que no podemos hablar, que así lo dice el Libro de Estilo… yo no sé, yo no sé, yo puede que no esté de acuerdo, no lo sé, pero las reglas son así y en los periódicos no escribimos como se nos da la gana, que para eso no nos pagan…”

A Bastenier le gustaba revisar un texto con la pericia de un boxeador experimentado, de esos que pelearon combates legendarios. The thrilla’ in Manila. Y por eso recordé una frase que dijo Billy Crystal sobre Muhammad Ali. “There’s very little that I can say about Muhammad Ali that he hasn’t already said himself”.

Es así. No hay mucho que pueda decir de Bastenier que no haya dicho él sobre sí mismo. Y que no lo hubiese dicho mejor, con más ingenio, más cultura y en menos espacio.

Lo recuerdo en un restaurante en una esquina de Miguel Yuste. En los casi seis años que viví ahí solíamos comer al menos una vez al mes. Y sí, era una delicia escucharle. De periodismo, de periodistas, de periolistos. De historia, de Cataluña, de Oriente Próximo, de Europa (casi se ponía de pie cuando mencionaba Europa). Todavía lo recuerdo con su bella mujer, Pepa, hace no tanto tiempo, en una boda en México. Estaba feliz de que yo me hubiese enamorado de Madrid con la misma pasión que él sentía por América Latina. “Pero si tú eres más madrileña que yo”, me decía en un tuit.

Lo recuerdo haciendo memoria de sus alumnos y cómo recordaba el estilo de cada uno. Recuerdo que me confesó quiénes pensaba que eran los mejores, o los más divertidos, o los más listos, o los que más ponían atención. Joder, qué orgulloso estaba. Joder, qué orgulloso estaría de que una mexicana escriba el españolísimo “joder”.

Yo le pedí consejos de casi todo. Le mandaba reportajes, el esbozo de mi libro, las nuevas noticias del “curro”. Y siempre respondió. La última vez, unos días antes de que muriera.

Recuerdo que el día que dijo que Hernán Cortés era el mejor español de todos los tiempos respondí exactamente como él esperaba que lo haría. Bastó alguna torpe frase mía para que derribase el argumento, cuando ni siquiera había comenzado a elaborar mi respuesta en nombre de la Soberanía Nacional Mexicana y la Raza Cósmica de Vasconcelos (sí, él había leído más de Vasconcelos que la GRAN mayoría de mexicanos que conozco).

¿Pero tú has leído a Vasconcelos? Vamos a ver. [Se arremanga la camisa, como el boxeador experimentado que quiere dar una buena lección y sube el tono de su voz metálica]. Vosotros, los mexicanos, sois LOS MÁS ESPAÑOLES de todos. Porque no hay nada más español que renegar de España”.

Me quedé fría. Les digo, un perfecto jab. Limpio. De esos que despiertan admiración. Y luego dijo algo que me emociona al día de hoy.

“Si fuésemos todos, a nombre de España, a pedir perdón a América Latina por todo lo que hicimos, ¿quién me acompañaría? A ver, quiero ver, porque yo iría el primero, pero quiero ver quién me acompañaría”.

Y mis compañeros, los otros nueve que estaban conmigo en ese momento en el aula, comenzaron a subir lentamente las manos. Eso no se le hace a una mexicana en el exterior, sobra decir. Melodramática, si ya lo decía él.

Un amigo me dijo el viernes que sentía como si se nos estuvieran yendo los últimos periodistas que podían decir: “Eso que acabas de publicar es una auténtica barbaridad” con toda la autoridad moral del mundo. Por eso pensé que sí que era el fin de una era. Y por eso al menos quiero pensar lo que diría si me leyese, para detenerme, antes de que escriba esas auténticas barbaridades. Que las escribiré. Las escribiremos.

Pero qué tontería, qué tontería, si tú lo que tienes que hacer es ponerte a leer esto de nuevo y pensar en cómo lo harías mejor, que si la gente nos lee por algo, que la gente tiene algo mejor qué hacer que leer un periódico, que eso no se te tiene que olvidar nunca. Que bueno, que te equivocas, pues ya está, te equivocas, pero sigues, y lo vuelves a hacer y ya está”.

Y miren, ahora que se usa tanto adjetivo para el periodista (que si el periodista multimedia, el periodista narrativo, el periodista literario, el periodista chisgarabís –y vaya que sobran de estos últimos), Bastenier no era “un” periodista. Era Periodista.

Sí, es difícil ponerme frente a un teclado en estos días y no acordarme de él.

“¿Tenéis fuego?”

To Sir, with love.

En recuerdo de M. Á. Bastenier (Barcelona, 1940 – Madrid, 2017).

Agur

El día que mataron a Isaías Carrasco llevaba sólo tres meses en España. Venía de un país que comenzaba a atisbar la crueldad de la guerra y no entendía mucho de lo que aquí llaman “el problema vasco”. Creo, al día de hoy, que no lo he entendido. A Carrasco, un edil del PSOE retirado, le metieron cinco tiros frente a su esposa y su hija. Era una persona humilde. Trabajaba en el peaje de una autovía. Escuché en silencio los comentarios de mis compañeros. ETA era ese fantasma presente, que se negaba a desaparecer. Aun rendida, tenía un peso invisible en la costura de la sociedad española. Y me callé. Sabía que no entendía, así que era mejor no opinar.

Cuando mataron a Ignacio Uría ya había comenzado a desmarañar la complejísima historia que se esconde detrás de la supuesta “lucha” de ETA. Uría, de 71 años, fue asesinado cuando iba a reunirse con unos amigos a jugar una partida de cartas. “Mus”, le llaman por acá. El Mundo afirmaba, con cierta mala leche, que sus compañeros habían continuado la partida pese a la ausencia del amigo. “¡Pero qué cojones van a saber ellos!”, me dijo un vasco. “¿Qué saben de lo que ellos sentían? ¿Qué saben si ellos decidieron jugar ese día por él, por Natxo?”. Guardé silencio de nuevo. Qué iba a saber yo.

Cuando mataron a Eduardo Puelles, iba en un coche con el mismo vasco. Escuchamos en silencio el espantoso recuento de su muerte. Un testigo describía los gritos del pobre hombre en el interior de su automóvil. Lo quemaron vivo. Yo me quedé, literalmente, sin palabras. Quienes me conocen saben que eso es raro. Él solo musitó: “Hijos de puta”.

Hubo otro puñado de muertes en los tres años y medio que llevo en este país. A cuenta gotas, pero no por ello menos dolorosas. En un país en el que discutir (que no debatir) es el deporte nacional, llama la atención que ese tema no se aborda fácilmente. Y que hay una advertencia implícita para el recién llegado: simplemente no lo entiendes.

He visto a compañeros descorchando un vino el día que ganó Patxi López, a unos metros de otros que miraban en silencio, en contenida indignación, su investidura. He leído con sorpresa las amenazas que han sufrido personas que se sientan a unos pasos de mí, que nunca han hecho un comentario, pero que han sabido lo que es vivir en la mira de un grupo terrorista.

Hoy nos encontramos con que ETA anuncia que deja las armas. La palabra histórica en este caso es “definitivo”. Hoy vi lágrimas de júbilo, sonrisas discretas, emotividad contenida. La voluntad de creer que ahora, por fin, se ha acabado. En este, mi país adoptivo, es la primera vez que me siento una extranjera en toda regla. Me siento incapaz de opinar de algo que despierta sensibilidades muy contradictorias entre muchas personas que aprecio. Sólo sé que quiero pensar igual que la mayoría de ellos. Que esta es la buena. Que ahora sí. Que se acabó. Valga la esperanza. El recelo lo dejamos para otro día.

Sergio

Sergio, llevo todo el día buscando una foto que nos hicimos en el José Alfredo de Madrid. Y mira, odio entrar a Facebook. Solo entré porque he estado pensando todo el día en ti.

Me acuerdo cuando te conocí, en Morelia, y yo era muy tonta y tú ya eras muy brillante. Yo sigo probablemente igual de tonta, pero al menos puedo decir que tuve el privilegio de que estuvieras en mi vida y eso es bastante.

Me acuerdo cuando me tocó editar un suplemento del Festival de Cine de Morelia y estaba tan inexperta y nerviosa y me dijiste “Bonnnitaaaa, pero si estás en la cresta de la ola”. Y cómo no iba a ser la cresta de la ola.

Y me acuerdo cuando en Guadalajara encabezaste una delegación de auténticos caballeros tapatíos que me fue a llevar a mi casa, cuando me acababa de mudar. Y vivía tan lejos de la FIL y salió un perro de la nada y quiso morder a un escritor y por alguna razón todo nos parecía divertido.

Me acuerdo las veces que quemamos Madrid, cuando vimos aquel partido de nuestros Ratoncitos Verdes, nuestras charlas y cartas y todo lo que me enseñaste en el camino, siempre con risas y bajo ese grito: “¡Vamos a la vidaaaaaaa!”.

Y cómo nos reímos, y me enseñaste cosas, y me hablabas de tantas otras. Que si tal político, que si tal escritor, que nuestro amigo fulano, que tal escándalo. Que ese libro es un horror, que este hay que leerlo.

Un día tendré que contarle al mundo todas las aventuras que urdiste y de las que nos hiciste cómplices, como igual nos acompañaste en todas las locuras de los que somos tus amigos.

Me acuerdo que te encantaba la plaza Luis Cabrera, y de cuando me contaste por qué era uno de tus sitios favoritos del DF después de haber pasado una mañana desayunando chilaquiles. Y me acuerdo de cómo me contabas tu carrera de rockero en los años setenta, quizá uno de los hitos de tu vida de los que estabas más orgulloso.

Y tus gafas, y tus frases, y tu ironía, y tus consejos y tus bromas.

Ay, Sergio, te voy a extrañar mucho. Hoy estuve pensando que fuiste como el conejo que me guió al País de las Maravillas. Salvo que mi País de las Maravillas es el Periodismo y no es tan poético, aunque quizá sí tiene algo de mágico.

Sergio, todo fue mmmmmmmmmmmaravilloso. Y quién nos quita lo bailado.

Captura de pantalla 2017-04-03 a la(s) 23.18.37.png

Foto: Carlos Rosillo para EL PAÍS

La planta cuatro

Hace unos meses, por trabajo, viajé a Estados Unidos. Tenía una cita en la sede de una empresa muy famosa. Había solo un par de personas que hablaban español en la planta donde se desarrolló la reunión, la planta cuatro. Por contexto, ahí trabajan al menos unas 100 personas. Terminé una reunión y bajé al comedor.

En el comedor había fila para la comida. Y ahí me encontré a un señor estadounidense que intentaba explicar a un cocinero mexicano qué quería para comer. El mexicano no entendía el inglés muy bien. Entré e hice de traductora. Algo así como “él quiere pollo y papas”. Nada importante.

Cuando el cocinero cumplió con su trabajo, le pregunté de dónde era. “Yo soy de Morelos, de un pueblo muy chiquito. Llevo dos meses aquí y apenas le estoy agarrando al inglés”. Le expliqué que yo también era mexicana.

Vio mi gafete. “¿Pero usted trabaja en la planta cuatro?” Le dije que no, que solo estaba por una reunión. Le dije que era periodista. Me dijo que él estaba trabajando para pagar a su hijo de 10 años sus estudios. “Yo quiero que llegue a la universidad”.

Y salió de la barra de la cocina y me dio un abrazo. Un abrazo mexicano. De palmada y puño. Yo solo alcancé a responder que estaba segura que su hijo, un día, no solo trabajaría en un sitio como “la planta cuatro” si se animaba a estudiar. Que su esfuerzo no era en vano. Su hijo, si se lo proponía, llegaría más lejos.

No lloramos, pero ha sido el único momento “paisano” que he tenido en Estados Unidos.

Ahí estábamos, un señor de un pueblito de Morelos que paga con su sueldo de cocinero los sueños de su hijo y yo, una michoacana que tuvo la fortuna de estar ahí. Como el maíz, nos sembraron en el mismo país. Y somos mexicanos.

Soy mexicana

Hay un poema que siempre recuerdo cuando aterrizo en la ciudad de México. “Alta Traición”, de José Emilio Pacheco. “Una ciudad gris / Monstruosa…”. Un poema tan manido que es fácil citar, lo cual es difícil en un país como el mío, en que la lectura no es el pan de todos los días.

Pero “Alta Traición” define como muy pocas cosas el sentimiento agridulce que implica ser y ejercer de mexicano.

Yo no amo a mi patria. Yo soy mexicana.

Soy mexicana porque aquí nací, porque mis padres se conocieron en la UNAM, porque mis raíces son incomprensibles sin tamales, ni tacos, ni pozole ni enchiladas placeras. Soy mexicana porque lloré el día que hallé una salsa Valentina en el Corte Inglés cuando llevaba tres meses en Madrid y soy mexicana porque no me he olvidado de Maxi Rodríguez y su gol de 2006. (NO NOS HEMOS OLVIDADO, MAXI, POR CIERTO).

Soy mexicana porque no era penal.

Soy mexicana porque sí, le pongo limón a todo. Menos a las carnitas, que son de mi tierra. Soy mexicana porque este fin de semana compré limones porque son de Buenavista Tomatlán, un municipio golpeado por la guerra, el narco y la pobreza y quiero pensar que quizá quien recogió esos limones algún día sentirá que este país lo recibe.

Soy mexicana aunque México no nos incluye a todos. Al menos la idea que el Gobierno vende de México, que repite hasta el cansancio que no hay que hablar mal de México cuando se critica al gobernador al presidente. Porque no hablo mal de México, hablo mal de su trabajo. Y porque soy mexicana lo puedo hacer.

Soy mexicana porque lloro de impotencia cuando veo la inmensa corrupción de mi país y el infinito debate que sigue: ¿es parte de nuestra naturaleza? ¿En realidad somos así? ¿Es nuestra cultura, como dijo el presidente Peña Nieto?

Y sobre todo, soy mexicana porque reconozco los muchos errores de mi patria, racista, clasista, corrupta e injusta. Pero porque me importan esos errores es porque sé que soy mexicana.

La patria es inasible, decía Pacheco. Lo mexicana no me lo quita nadie.