Archivos Mensuales: julio 2019

Extranjero

Opinar como inmigrante siempre tiene un riesgo. Mi madre, que por su trabajo viajó mucho cuando yo era pequeña, me repetía una frase. “Puedes estar en un país que te recibe, que te trata bien, del que te enamoras, pero nunca será tu casa”.

Y sí. Es verdad. Llamar hogar a un sitio requiere el cariño de saber que te puedes quitar los zapatos, irte a la ducha, comer lo que se supone no debes de comer y echarte en un sofá.

En tiempos difíciles para cientos de miles de personas que buscan eso, un hogar, resulta vergonzoso para muchos que nos hemos visto en esa situación. Nunca te sientes cómodo. No puedes decir en tu idioma o en tus señales que estás bien. O que estás mal. Por más que te traten bien, jamás estarás bien. No hay nada como llegar a casa y sentir que has llegado a un hogar.

Quizá por eso el libro de Tim MacHabgann me ha despertado más que la curiosidad. ¿Cómo se ve mi país desde alguien que no tenía razones para llegar a este sitio? Cuando uno decide dejar el país que te vio nacer, debes tener razones fuertes para hacerlo. (Y de hecho, es de mala educación preguntarlas).

A veces es mejor que alguien que no viene de nuestro país nos explique cómo lo ve. Por eso es importante escuchar, siempre. Que uno haya tenido mejor suerte para dejar a las personas que quieres, a los amigos que te entienden, a los padres que, pese a todo, están ahí, tienen una gran lucidez.

En mi país, en el que las leyes no son para cumplirlas, sino simplemente sugerencias. ¿No les ha pasado que a veces un libro lo lees como agua y otros son tan difíciles que no los puedes ni entender? Eso se debe a la humildad del autor que te escribe desde la mayor autoridad de todas. La honestidad.

Las tragedias muchos las utilizan para llorar. Otros crean. Ojalá más lean a los que crean.

Más por los que crean de crear. Y también crean de creer.

 

Complejidades

Captura de pantalla 2019-07-12 a la(s) 4.25.43El diablo se esconde en Instagram.

Debo reconocer que el pie de foto es inmejorable. “Hay que cuidar a la banda que sabe que traes el pre menstrual [sic], que estás agüitada y que aún se rifa invitando la cerveza y escucha tus complejidades”.

Bueno, las complejidades son muy baratas si de cervezas se habla. Al final soy yo la que las paga (la mayoría de las veces) y soy yo la que acaba escuchando las disculpas de la “banda” por haberse tomado una mala foto.

Ocurre que al tipo de la foto le acabé escuchando sus propias complejidades. Varias veces. Por innumerables ocasiones. Incluso más de las que merece el territorio Telcel. No escuchó ni una de mis “complejidades”. Solo escuché las suyas para entonces.

Pero esperen, queridos cuatro lectores, se pone mejor. Siempre he creído que las peores decepciones vienen de amigos. No de amores, sino de alguien en quien pensabas que iba a estar ahí. Y ocurre que no. Estas personas, ya sea por culpa o por egoísmo, acaban ahí. A veces quedan tan frágiles como una foto de Instagram o un traje apretado para una foto.

 

Hay gente que no importa para una foto de Instagram. Incluso se roba tus lágrimas. Valen más las suyas.

 

(Y no se “rifó” las chelas. Las pagué yo).

 

Complejidades.

 

 

Yo ya estuve en esa fiesta

Hace unos días se lo contaba a P., una amiga que está por separarse y que en medio de sus muchos (y más importantes) agobios, necesitaba que la escucharan y que la distrajeran.

Y debo decir que soy buena para estos menesteres.

Han pasado muchas cosas en el último año y medio, desde que dejé de escribir aquí. Muertes, pérdidas, mudanzas. Dicen que eso es la vida, pero quizá he tenido más vida que de costumbre. Y no es queja. Es solo descripción.

Una de las cosas que ocurrieron en estos meses fue encontrarme de nuevo con Ajo, mi amiga más cósmica y poseedora de un duende muy especial, dicho en el sentido lorquiano de la palabra. Siempre que Ajo aterriza en mi vida, o mejor dicho, cuando en una de sus órbitas pasa por ella, pasan cosas. Y esta vez no fue la excepción. Hablaba con un amigo suyo, conocido de una vida pasada, y hablamos de quiénes éramos entonces -hace ya diez años-. Recordé lo que había sentido cuando vi “La Grande Bellezza”, la película de Sorrentino. Y que con la secuencia inicial recordaba aquella etapa de mi vida (o esa otra vida) y había dejado el cine pensando: “Yo estuve en esa fiesta”. El amigo de Ajo, E, me completó: “Yo ya he estado en esa fiesta”.

 

Captura de pantalla 2019-07-01 a la(s) 14.51.17(Me representa).

 

He llegado a la época de mi vida en que cuando hago cuentas de cuántos años hace de algunas de las cosas importantes que han pasado, me entero que ese año también nacieron personas que ya pueden votar. Lo raro es que ahora no me da nostalgia ni melancolía. Si acaso curiosidad por ver a la distancia lo que pasó y lo que me trajo aquí.

La ventaja de haber estado en “esa fiesta” es que ya no tengo curiosidad de hacerlo ahora y sí el conocimiento. Además de muchas anécdotas que solo puedo contar a amigos cercanos pues si las cuento demasiado sueno presuntuosa. A P. le conté de esas aventuras, etapa. La parte linda (la mañana lluviosa que corrí por El Retiro tras la noche que marcó mi bienvenida a Madrid) y la parte oscura, que me hace pensar que es muy bueno que ya no esté ahí -y preguntarme a veces cómo sobreviví-.

Quise “revivir” este blog con esa anécdota porque es quizá la que mejor define en qué punto estoy ahora. Ninguno de los mundos que conocí entonces son el mismo. Varios amigos han muerto, muchas personas se han ido y yo soy una persona muy distinta. La Guadalajara que había sido mi refugio provinciano ahora es tan violenta como el resto del país. La Madrid que me recibió hace diez años es gobernada ahora en parte gracias a un partido de ultraderecha que no existía. Y ahora soy chilanga. Hace poco uno de mis primos se mudó a la ciudad y mi padre me dijo que lo que más les había impresionado a él y a su chica era cómo llevaba mi vida, sola, a mis casi cuarenta años en una ciudad tan complicada como el DF. (Todavía me gusta decirle DF).

“Esa fiesta”, con la vida bohemia que siempre había querido llevar -créanme, no me quedé con un solo pendiente-, hace que tenga muchas cosas qué contar ahora. Intentaré hacerlo con más frecuencia.

Finalmente, ustedes mis cuatro lectores, saben que yo siempre escribo aquí de lo que se me da la gana pero lo intento hacer entretenido.