Allá afuera NO

En 15 años de periodista, he llorado muy pocas veces en el trabajo. Una de ellas ocurrió hace unos años. Ocurrió en Madrid.

Mi jefe no tenía un buen día. No tenía nada que ver conmigo, siendo honestos. De hecho lo respeto y estimo mucho hasta ahora. Pero las redacciones, al revés de lo que cuentan en el cine o en las novelas, tienen momentos caóticos. Y ese era uno de esos días.

No recuerdo ni por qué me gritó. Estaba de malas, no conmigo, pero bien decía otro querido jefe mío (los y las jefes que más admiro nunca dejan de serlo en mi cabeza) “la mierda siempre cae en cascada”. El punto es que yo me había equivocado y eso devino en una gritoniza épica. Recuerdo unos 20 minutos de un regaño que creo que solo me había dado mi padre.

Yo tampoco tenía un buen día. Aguanté, como hemos aguantado muchos y muchas, callada. En silencio esperé que se fuera. Él tenía una cena y a mí todavía me quedaban unas cuantas horas de guardia. Esas horas solitarias del periódico, cuando solo quedan los últimos toques, los “última hora”, lo que antes se llamaba “cierre”, cuando predominaba la prensa escrita.

En cuanto se fue, hice lo que toda “Strong Independent Woman” ha hecho al menos una vez en su vida. Corrí al baño, me encerré y me puse a llorar.

Y entonces ocurrió. Entró una Gran mujer: Ana Lorite. Otra veterana de esa redacción. Que había escuchado por muchos años regaños similares (y, estoy segura, había visto cosas mucho peores, pero este no es el sitio para discutirlo).

Ana Lorite tiene esa mezcla extraordinaria de inteligencia que salvaba los peores errores de reputados periodistas y la sencillez para nunca pedir crédito por su trabajo. Muchos han firmado novelas, reportajes y hasta han recogido premios. Lorite se merece todos esos honores y muchos más, pero nunca le importaron esos méritos. Tiene un rostro bellísimo, algunos le decían (sin exagerar) que tiene el porte de una Elizabeth Taylor y yo añadiría que también tiene la fuerza elegante que solo tiene una mujer andaluza.

Lorite comenzó a hablar. Fuerte. No con gritos, pero con voz tan firme que habría hecho temblar a cualquiera.

“Verónica. Sé que estás ahí. Escúchame bien. Yo he pasado más de 20 años trabajando. Y he visto muchas cosas. Solo te puedo decir algo. Es difícil. Lo es. Aquí llora todo lo que quieras. Pero no permitas nunca que se te note. No permitas que sepan que lo lograron. Te equivocas. Todos lo hacen. Pero no seas tan dura contigo como para pensar que eres la única. Llora todo lo que quieras. ¡Pero allá afuera NO!”.

Comencé a llorar más, pero ahora acompañada. Salí y ayudó a corregir mi ya de por sí desastroso maquillaje. Sacó un pequeño bolso de la nada. Con la paciencia de una enfermera y la fuerza de un general, me dejó lista en unos minutos. Me dio un abrazo y me dijo: “Y ahora vamos a salir, allá afuera. Y aquí no pasó nada”.

Salimos con la frente en alto. Mi rímel estaba perfecto y mis ojos todavía un poco hinchados. Nunca olvidé su consejo. Afuera, a esas horas, la mayoría de los presentes eran mujeres y unos pocos hombres a los que en España se llama pringaos: es decir, los que trabajan. Y aunque todos sabían, nadie mencionó el tema de nuevo.

Han pasado ya varios años. Y he hecho bastantes locuras. Por supuesto que me volvieron a regañar (y varias veces) pero no lloré de nuevo. Me han llegado a insultar, pero aprendí a defenderme. Y sí, a veces quiero llorar. Pero recuerdo siempre su consejo.

Hay ocasiones en que solo basta la voz de una mujer fuerte, decidida, veterana, que ha mantenido con la fuerza de un olivo un prudente silencio estando ahí afuera. La mía era la enésima escena que ha ocurrido y ocurrirán en redacciones y muchísimos otros sitios de trabajo, escenas que sé que han sufrido muchos y muchas.

Pero hoy es 8 de marzo. Así que Ana, hoy no te preocupes. Hoy salgo a la calle, y estoy dispuesta a decir lo que tenga que decir, a defenderme cuando lo tenga que hacer, a pelearme si lo considero necesario y llorar cuando es debido. Pero eso sí: lloraré, dentro, siempre. Aprendí a comprarme un rímel a prueba de agua. Eso sí, no he aprendido a maquillarme tan perfecta como ese día lo hiciste. Pero la frente en alto que me enseñaste a llevar, la llevo desde entonces.

No, no es fácil. La vida no es fácil. Pero para quejarse y llorar, hay que saberlo hacer cómo, con quién y dónde.

Llorar. Se vale.

Pero allá afuera NO.

*Las periodistas paramos. Pero no nos callamos.

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