‘Coco’ y mi día de muertos

Siempre me he preguntado si mi padre es un cinéfilo. Porque no es una persona que analice meticulosamente las películas. Él simplemente ADORA verlas. ¿Su crítica de Star Wars: Episodio VII? Harrison Ford ya está muy viejo y prefiere recordarlo como la primera vez que lo vio. Mi respuesta fue: “Papá, han pasado 40 años”. ¿Se acuerdan de Happy Feet? Una de las mejores películas que ha visto. “Excelente mensaje sobre la relación de los padres”, concluyó. Incluso mi madre le bromea que no hay película, por más mala que sea, a la que no le encuentre un mensaje o un sentido. Él ama ir al cine.

Así que cuando fui a ver Coco, supe que cuando él la viera sería un cañón. Mi padre es de Quiroga, un pueblito entre Morelia y Tzintzuntzan, justo a unos pasos de la ribera del Lago de Pátzcuaro. Ahí creció y ahí también muchos de mis primos, mis hermanos y yo corrimos en la plaza por tacos de carnitas para mi abuelo o entre las tiendas de los negocios de mi abuela. Porque sí, mi familia paterna también tiene una historia de un matriarcado construido por un oficio, pero para ahorrarles spoilers prefiero que vean la película.

A las pruebas me remito.

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A la izquierda, Santa Fe de la Laguna, Quiroga, el pueblo de mis abuelos. A la derecha, Santa Cecilia, en Coco.

Mi papá adora tocar la guitarra. Mi abuelo sabía afinarlas, pero él aprendió solo. Hay fotos de esas sepia en las que se le ve pequeñito con su guitarra. Y hay una escena en particular que me rompió el corazón y sabía que le ocurriría lo mismo a mi padre.

Hasta aquí de spoilers.

Al salir del cine, esta vez mi padre prefirió no hacer una larga reflexión sobre la película. Apenas hablamos entre nosotros de todo lo que significó. El padre que tiene que emigrar para mantener a su familia. La familia llena de cicatrices emocionales de las que no se hablan, pero ahí siguen. Y un mundo de los muertos que no tiene cielo ni infierno. Tiene personas buenas e hijos de puta, como el mundo de los vivos.

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Tumba en Tzintzuntzan, Michoacán, México. Esta ofrenda tiene una bicicleta hecha con cempásuchil, lo que quiere decir que al muerto homenajeado le gustaba ir en bicicleta.

Coco es para mí mucho más que la nueva película de Pixar. Es un homenaje a mis recuerdos de niña y las historias de mi familia. Me recordó la primera vez que acompañé a mi nana al panteón a dejar una ofrenda y recuerdo ese olor de cempasúchil, las velas y ese color naranja. Créanme, pensarán que exagero, pero es que se ve ASÍ.

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Foto: Adid Jiménez

¿Qué significa el Día de Muertos?

No puedo hablar a nombre de todos los mexicanos, puedo hablar sobre cómo se celebra en el ambiente en que yo crecí. Es una fiesta, pero no una celebración sin control. De hecho, es muy mal visto que la gente no respete a quienes están en el panteón. Las ofrendas se ponen con fotos, cuando se puede, y se colocan los objetos que le gustaban a quien se le honra. Si le gustaba el café, el mole, las galletas, el pan de muerto o hasta una bandera de su equipo favorito. Se pone pan y un vaso de agua. “Los muertos siempre tienen sed”, me decían en el pueblo. Nunca entendí eso muy bien, pero bueno, ahí lo dejo.

Se pone un poco de sal y, por supuesto, el cempásuchil (que en náhuatl significa “flor de veinte pétalos”) y las velas, para que el muerto sepa llegar a donde está su altar. Y entonces se habla de él o ella en todo el proceso. Y es en ese momento en que, para mí, yace la tradición. Porque recuerdas. Y de repente te ríes de pensar lo que diría tu abuelo, abuela, tío, hermano o primo si te viera. No falta quien recuerda su canción favorita. Otro más que comparte algo que no sabían los demás. No hay terror en el panteón. Los niños van de noche y los adultos están con las ofrendas. Hay recuerdos, el olor de las velas, el color y olor del cempásuchil y música que puede ser alegre pero nunca estruendosa.

Y por cierto, lo de Halloween. A los niños mexicanos nos tocan tres días que nos den dulces o cosas y además estamos libres de ir a la escuela. Así que no hay quejas por aquí. De hecho he llegado a pensar que son tradiciones que al final se complementan. Para mexicanos chauvinistas, seguro que hallarán a otros sesudos analistas que pueden buscar en Google que les hablarán de la grandeza de mi patria como si no fuéramos el producto de un mestizaje continuo. Y culturas de las que me siento muy orgullosa, además.

Mi padre y yo nos hicimos la misma pregunta, como michoacanos que salimos casi deshidratados del cine. ¿Cómo recibirán esta película en el extranjero? ¿Nos entenderán? “Es muy, pero muy mexicana”, repetimos casi como disculpa. Quién nos manda ser tan raros que ponemos a calaveras vestidas de lujo, lloramos con las mismas canciones y nos reímos de lo más sagrado (no solo me refiero a la muerte. En el caso de Coco, ¡hasta de Frida Kahlo!).

Yo recuerdo que cuando acabé de verla y llegué a casa, solo volteé a ver las fotos de mis abuelos y me puse a llorar otra vez. Pero no lágrimas feas. Lágrimas de saber que, al menos en mi cultura, ellos siempre están aquí.

Espero de corazón que les guste y espero también sus comentarios. Me ahorré los spoilers para que la vean. Sé que en Estados Unidos llega el 22 de noviembre y en España el 1 de diciembre. ¡Corran al cine!

 

*Este post no está patrocinado por Pixar, Apple o ninguna empresa relacionada con Coco. Si quieren patrocinarlo, manden correo.

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