Archivos Mensuales: junio 2017

To-lu-ca

Esa fue la primera palabra que leí en mi vida.

O al menos la primera que mis padres recuerdan.

Mi abuelo tenía una costumbre: enseñar a leer a su descendencia lo antes posible. La lección era simple. Un letrero que leía en voz alta, separando las sílabas.

Cho-co-la-te”.

Le-che”.

Fe-li-ci-da-des”.

En los viajes se convertía en un juego. Repetía los letreros con los nombres de los pueblos que pasábamos. Aprendí muy pronto a jugar. Al día de hoy me sé de memoria el recorrido de la vieja carretera entre Morelia y el DF.

Cha-ro.

Que-rén-da-ro.

Ma-ra-va-tí-o.

Tlal-pu-ja-hua.

michoacan

El O-ro. 

A-tla-co-mul-co.

Ix-tla-hua-ca.

To-lu-ca.

Cuentan mis padres que a mis cuatro años, en un viaje al DF, vi el último letrero, me puse de pie y exclamé al mundo:

¡TO-LU-CA!”

Sí, la primera palabra que leí en mi vida fue Toluca. Quizá habría preferido leer una palabra más épica que el nombre de la gris e industrializada capital del Estado de México, en la que tantas horas pasé atrapada por su pavimento lleno de baches, tráfico insufrible (te odio y te odiaré siempre, paseo Tollocan) e intrigada por la peculiar obsesión mexiquense de bautizar TODO con los nombres de sus egregios políticos.

Porque, amigos, como algunos de ustedes saben de sobra y como yo me enteré pocos años después de la primera vez que leí “Toluca”, el Estado de México tiene una característica que lo distingue de los demás. Casi un siglo de gobierno de un partido hegemónico dejó, sin duda, su huella en todo el país. Pero en ningún sitio como aquí.

Para mí, el paisaje más mexiquense de todos no es Valle de Bravo ni Malinalco, ni las espectaculares vistas de la Sierra Madre Oriental, con hondonadas de más de 500 metros.

No. Para mí, el paisaje más mexiquense de todos es una casa pobre, pequeña, sin pintura, triste y gris. Cuatro paredes y un techo. Una antena de televisión y una bandera de México. Y en un muro, el escudo del PRI.

Para entendernos: el PRI nunca ha perdido unas elecciones gubernamentales en el Estado de México. El priista mexiquense es la quintaesencia del partido que mantuvo el poder hegemónico en mi país durante casi un siglo. Es el Estado que más aporta al PIB de México y tiene el mayor padrón electoral del país. También es el estado mexicano que más aporta dinero al PRI.

Aquí hay dinero, y mucho. Pero para hallarlo hay que buscar. No en esas miles de casas grises, sin pintar. 

Vayamos a otro nombre de esa lista. Atlacomulco. Palabra más difícil para aprenderse de niña. Mi abuelo no se ocupó en contarme todo lo que encerraba esa palabra. Esperó a que yo me diera cuenta poco después de que mi país no era como los otros. Que aquí no había democracia. Que las elecciones se las robaban. Que los políticos eran corruptos.

Mi abuelo esperó a que, por primera vez, México me rompiera el corazón.

Después de eso ya me contaba cómo le decían a aquel pueblo. ¿Atlacomulco? “Atraco-mucho”.

El ego inconmensurable del priismo mexiquense hizo que el gobernador Arturo Montiel Rojas bautizara con su nombre una avenida por la que TODOS los que viajamos debemos pasar. Para que la veamos y leamos su nombre. Para que no se nos olvide que él estuvo ahí.

 

montiel

El Distribuidor Vial Licenciado Arturo Montiel Rojas de Atlacomulco, Estado de México. 

 

Hace unos años me contaron una historia. Va de un periodista que entrevistó a uno de los miembros más ilustres del sombrío grupo de políticos que ha gobernado el Estado de México desde que terminó la Revolución Mexicana, el grupo Atlacomulco. Un club al que pertenecen Isidro Fabela, todos los Alfredos del Mazo, Arturo Montiel Rojas y Enrique Peña Nieto, entre otros.

Eran inicios de los noventa y el periodista no se iba a encontrar con cualquiera. Le esperaba el propio Carlos Hank González. Gengis Hank.

El periodista, no mexicano, fue invitado al rancho de Carlos Hank. Le decimos rancho pero aquello era una propiedad digna de un jeque. Decenas de hectáreas, animales exóticos. El periodista fue conducido a un salón enorme, donde le esperaba el mítico profesor mexicano que dijo que un político pobre era un pobre político.

(Sí, así de cínicos son).

El periodista disimuló su sorpresa cuando una amable camarera atendió su orden, como si se estuviera en un lujoso restaurante y no en una casa particular. Se sentaron frente a frente, pero separados por un incómodo florero que le impedía mirar a los ojos a Hank.

Pronto detectó algo inusual en la mesa. Un estuche negro rectangular que reposaba junto a su plato.

La entrevista duró una larga e incómoda hora.

Al terminar, el periodista intentó ignorar el estuche y anunció que se retiraba.

De ninguna manera”, dijo Hank. “Tiene que llevarse mi regalo”.

Pero mi medio no me deja aceptar el regalo”, dijo el periodista.

Por favor, es una costumbre mexicana”, insistió Hank.

Entiéndame, no puedo aceptarlo”, repitió el periodista.

Así un intercambio que duró minutos, quizá una media hora.

Hasta que a Hank se le colmó la paciencia y, molesto, le dijo al periodista que se llevase el estuche o, de lo contrario, se lo tomaría personal.

El periodista aceptó llevarse el regalo. 

Llegó a su hotel, y abrió el estuche en su habitación. Y en su interior no había un Rólex, como esperaba. Ni un fajo de billetes. Tampoco un dedo, como pensaría un sádico.

No. Lo que había dentro era un pequeño botón, con el logo del PRI.

Eso es lo que pienso cuando pienso en el Estado de México. Tres imágenes, tres recuerdos.

To-lu-ca”.

Una casa gris y pobre, en medio de la nada, con una bandera.

Un logo del PRI.