Archivos Mensuales: mayo 2017

El fin de una era

bastenier

Acabo de escribir ese titular y es como si lo pudiera escuchar ahora mismo.

Pero qué titular has puesto, niña Verónica, pero qué exageración es esa. Vamos a ver, vamos a ver. [tose]. El fin de una era es como la caída del Imperio Romano, pero qué melodramática es la Verónica. Pero es que vosotros no lo sabéis, pero Verónica es de la Nueva España, de M-É-X-I-C-O. Y allá les gusta el melodrama, les gusta el melodrama… De allá era Marina, ¡La Malinche! Allá llegó Hernán Cortés… ah, el mejor español de todos los tiempos…”.

Así lo recuerdo. Tecleé lo primero que se me vino a la mente al pensar en su muerte y de inmediato pensé en lo que habría dicho si hubiésemos estado en una de las aulas del máster de la Escuela de Periodismo de El País, hace ya nueve años. Recordé el día en que hizo un provocador (y convincente) argumento sobre por qué Cortés era tan heroico. Con la sonrisa traviesa de un hombre profundamente sabio pero que nunca perdió la picardía, entendida en el mejor sentido de la palabra. Le gustaba retar y le fascinaba hallar a un interlocutor que se atrevía a contradecirle. Sobra decir que, casi siempre por no decir siempre, ganaba por knock out.

Como un boxeador.

Ah, ya cargándote el Libro de Estilo. Pero si ya sabes que el box es el único deporte del que no podemos hablar, que así lo dice el Libro de Estilo… yo no sé, yo no sé, yo puede que no esté de acuerdo, no lo sé, pero las reglas son así y en los periódicos no escribimos como se nos da la gana, que para eso no nos pagan…”

A Bastenier le gustaba revisar un texto con la pericia de un boxeador experimentado, de esos que pelearon combates legendarios. The thrilla’ in Manila. Y por eso recordé una frase que dijo Billy Crystal sobre Muhammad Ali. “There’s very little that I can say about Muhammad Ali that he hasn’t already said himself”.

Es así. No hay mucho que pueda decir de Bastenier que no haya dicho él sobre sí mismo. Y que no lo hubiese dicho mejor, con más ingenio, más cultura y en menos espacio.

Lo recuerdo en un restaurante en una esquina de Miguel Yuste. En los casi seis años que viví ahí solíamos comer al menos una vez al mes. Y sí, era una delicia escucharle. De periodismo, de periodistas, de periolistos. De historia, de Cataluña, de Oriente Próximo, de Europa (casi se ponía de pie cuando mencionaba Europa). Todavía lo recuerdo con su bella mujer, Pepa, hace no tanto tiempo, en una boda en México. Estaba feliz de que yo me hubiese enamorado de Madrid con la misma pasión que él sentía por América Latina. “Pero si tú eres más madrileña que yo”, me decía en un tuit.

Lo recuerdo haciendo memoria de sus alumnos y cómo recordaba el estilo de cada uno. Recuerdo que me confesó quiénes pensaba que eran los mejores, o los más divertidos, o los más listos, o los que más ponían atención. Joder, qué orgulloso estaba. Joder, qué orgulloso estaría de que una mexicana escriba el españolísimo “joder”.

Yo le pedí consejos de casi todo. Le mandaba reportajes, el esbozo de mi libro, las nuevas noticias del “curro”. Y siempre respondió. La última vez, unos días antes de que muriera.

Recuerdo que el día que dijo que Hernán Cortés era el mejor español de todos los tiempos respondí exactamente como él esperaba que lo haría. Bastó alguna torpe frase mía para que derribase el argumento, cuando ni siquiera había comenzado a elaborar mi respuesta en nombre de la Soberanía Nacional Mexicana y la Raza Cósmica de Vasconcelos (sí, él había leído más de Vasconcelos que la GRAN mayoría de mexicanos que conozco).

¿Pero tú has leído a Vasconcelos? Vamos a ver. [Se arremanga la camisa, como el boxeador experimentado que quiere dar una buena lección y sube el tono de su voz metálica]. Vosotros, los mexicanos, sois LOS MÁS ESPAÑOLES de todos. Porque no hay nada más español que renegar de España”.

Me quedé fría. Les digo, un perfecto jab. Limpio. De esos que despiertan admiración. Y luego dijo algo que me emociona al día de hoy.

“Si fuésemos todos, a nombre de España, a pedir perdón a América Latina por todo lo que hicimos, ¿quién me acompañaría? A ver, quiero ver, porque yo iría el primero, pero quiero ver quién me acompañaría”.

Y mis compañeros, los otros nueve que estaban conmigo en ese momento en el aula, comenzaron a subir lentamente las manos. Eso no se le hace a una mexicana en el exterior, sobra decir. Melodramática, si ya lo decía él.

Un amigo me dijo el viernes que sentía como si se nos estuvieran yendo los últimos periodistas que podían decir: “Eso que acabas de publicar es una auténtica barbaridad” con toda la autoridad moral del mundo. Por eso pensé que sí que era el fin de una era. Y por eso al menos quiero pensar lo que diría si me leyese, para detenerme, antes de que escriba esas auténticas barbaridades. Que las escribiré. Las escribiremos.

Pero qué tontería, qué tontería, si tú lo que tienes que hacer es ponerte a leer esto de nuevo y pensar en cómo lo harías mejor, que si la gente nos lee por algo, que la gente tiene algo mejor qué hacer que leer un periódico, que eso no se te tiene que olvidar nunca. Que bueno, que te equivocas, pues ya está, te equivocas, pero sigues, y lo vuelves a hacer y ya está”.

Y miren, ahora que se usa tanto adjetivo para el periodista (que si el periodista multimedia, el periodista narrativo, el periodista literario, el periodista chisgarabís –y vaya que sobran de estos últimos), Bastenier no era “un” periodista. Era Periodista.

Sí, es difícil ponerme frente a un teclado en estos días y no acordarme de él.

“¿Tenéis fuego?”

To Sir, with love.

En recuerdo de M. Á. Bastenier (Barcelona, 1940 – Madrid, 2017).

Anuncios