Agur

El día que mataron a Isaías Carrasco llevaba sólo tres meses en España. Venía de un país que comenzaba a atisbar la crueldad de la guerra y no entendía mucho de lo que aquí llaman “el problema vasco”. Creo, al día de hoy, que no lo he entendido. A Carrasco, un edil del PSOE retirado, le metieron cinco tiros frente a su esposa y su hija. Era una persona humilde. Trabajaba en el peaje de una autovía. Escuché en silencio los comentarios de mis compañeros. ETA era ese fantasma presente, que se negaba a desaparecer. Aun rendida, tenía un peso invisible en la costura de la sociedad española. Y me callé. Sabía que no entendía, así que era mejor no opinar.

Cuando mataron a Ignacio Uría ya había comenzado a desmarañar la complejísima historia que se esconde detrás de la supuesta “lucha” de ETA. Uría, de 71 años, fue asesinado cuando iba a reunirse con unos amigos a jugar una partida de cartas. “Mus”, le llaman por acá. El Mundo afirmaba, con cierta mala leche, que sus compañeros habían continuado la partida pese a la ausencia del amigo. “¡Pero qué cojones van a saber ellos!”, me dijo un vasco. “¿Qué saben de lo que ellos sentían? ¿Qué saben si ellos decidieron jugar ese día por él, por Natxo?”. Guardé silencio de nuevo. Qué iba a saber yo.

Cuando mataron a Eduardo Puelles, iba en un coche con el mismo vasco. Escuchamos en silencio el espantoso recuento de su muerte. Un testigo describía los gritos del pobre hombre en el interior de su automóvil. Lo quemaron vivo. Yo me quedé, literalmente, sin palabras. Quienes me conocen saben que eso es raro. Él solo musitó: “Hijos de puta”.

Hubo otro puñado de muertes en los tres años y medio que llevo en este país. A cuenta gotas, pero no por ello menos dolorosas. En un país en el que discutir (que no debatir) es el deporte nacional, llama la atención que ese tema no se aborda fácilmente. Y que hay una advertencia implícita para el recién llegado: simplemente no lo entiendes.

He visto a compañeros descorchando un vino el día que ganó Patxi López, a unos metros de otros que miraban en silencio, en contenida indignación, su investidura. He leído con sorpresa las amenazas que han sufrido personas que se sientan a unos pasos de mí, que nunca han hecho un comentario, pero que han sabido lo que es vivir en la mira de un grupo terrorista.

Hoy nos encontramos con que ETA anuncia que deja las armas. La palabra histórica en este caso es “definitivo”. Hoy vi lágrimas de júbilo, sonrisas discretas, emotividad contenida. La voluntad de creer que ahora, por fin, se ha acabado. En este, mi país adoptivo, es la primera vez que me siento una extranjera en toda regla. Me siento incapaz de opinar de algo que despierta sensibilidades muy contradictorias entre muchas personas que aprecio. Sólo sé que quiero pensar igual que la mayoría de ellos. Que esta es la buena. Que ahora sí. Que se acabó. Valga la esperanza. El recelo lo dejamos para otro día.

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