Sergio

Sergio, llevo todo el día buscando una foto que nos hicimos en el José Alfredo de Madrid. Y mira, odio entrar a Facebook. Solo entré porque he estado pensando todo el día en ti.

Me acuerdo cuando te conocí, en Morelia, y yo era muy tonta y tú ya eras muy brillante. Yo sigo probablemente igual de tonta, pero al menos puedo decir que tuve el privilegio de que estuvieras en mi vida y eso es bastante.

Me acuerdo cuando me tocó editar un suplemento del Festival de Cine de Morelia y estaba tan inexperta y nerviosa y me dijiste “Bonnnitaaaa, pero si estás en la cresta de la ola”. Y cómo no iba a ser la cresta de la ola.

Y me acuerdo cuando en Guadalajara encabezaste una delegación de auténticos caballeros tapatíos que me fue a llevar a mi casa, cuando me acababa de mudar. Y vivía tan lejos de la FIL y salió un perro de la nada y quiso morder a un escritor y por alguna razón todo nos parecía divertido.

Me acuerdo las veces que quemamos Madrid, cuando vimos aquel partido de nuestros Ratoncitos Verdes, nuestras charlas y cartas y todo lo que me enseñaste en el camino, siempre con risas y bajo ese grito: “¡Vamos a la vidaaaaaaa!”.

Y cómo nos reímos, y me enseñaste cosas, y me hablabas de tantas otras. Que si tal político, que si tal escritor, que nuestro amigo fulano, que tal escándalo. Que ese libro es un horror, que este hay que leerlo.

Un día tendré que contarle al mundo todas las aventuras que urdiste y de las que nos hiciste cómplices, como igual nos acompañaste en todas las locuras de los que somos tus amigos.

Me acuerdo que te encantaba la plaza Luis Cabrera, y de cuando me contaste por qué era uno de tus sitios favoritos del DF después de haber pasado una mañana desayunando chilaquiles. Y me acuerdo de cómo me contabas tu carrera de rockero en los años setenta, quizá uno de los hitos de tu vida de los que estabas más orgulloso.

Y tus gafas, y tus frases, y tu ironía, y tus consejos y tus bromas.

Ay, Sergio, te voy a extrañar mucho. Hoy estuve pensando que fuiste como el conejo que me guió al País de las Maravillas. Salvo que mi País de las Maravillas es el Periodismo y no es tan poético, aunque quizá sí tiene algo de mágico.

Sergio, todo fue mmmmmmmmmmmaravilloso. Y quién nos quita lo bailado.

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Foto: Carlos Rosillo para EL PAÍS

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