Archivos Mensuales: abril 2017

Agur

El día que mataron a Isaías Carrasco llevaba sólo tres meses en España. Venía de un país que comenzaba a atisbar la crueldad de la guerra y no entendía mucho de lo que aquí llaman “el problema vasco”. Creo, al día de hoy, que no lo he entendido. A Carrasco, un edil del PSOE retirado, le metieron cinco tiros frente a su esposa y su hija. Era una persona humilde. Trabajaba en el peaje de una autovía. Escuché en silencio los comentarios de mis compañeros. ETA era ese fantasma presente, que se negaba a desaparecer. Aun rendida, tenía un peso invisible en la costura de la sociedad española. Y me callé. Sabía que no entendía, así que era mejor no opinar.

Cuando mataron a Ignacio Uría ya había comenzado a desmarañar la complejísima historia que se esconde detrás de la supuesta “lucha” de ETA. Uría, de 71 años, fue asesinado cuando iba a reunirse con unos amigos a jugar una partida de cartas. “Mus”, le llaman por acá. El Mundo afirmaba, con cierta mala leche, que sus compañeros habían continuado la partida pese a la ausencia del amigo. “¡Pero qué cojones van a saber ellos!”, me dijo un vasco. “¿Qué saben de lo que ellos sentían? ¿Qué saben si ellos decidieron jugar ese día por él, por Natxo?”. Guardé silencio de nuevo. Qué iba a saber yo.

Cuando mataron a Eduardo Puelles, iba en un coche con el mismo vasco. Escuchamos en silencio el espantoso recuento de su muerte. Un testigo describía los gritos del pobre hombre en el interior de su automóvil. Lo quemaron vivo. Yo me quedé, literalmente, sin palabras. Quienes me conocen saben que eso es raro. Él solo musitó: “Hijos de puta”.

Hubo otro puñado de muertes en los tres años y medio que llevo en este país. A cuenta gotas, pero no por ello menos dolorosas. En un país en el que discutir (que no debatir) es el deporte nacional, llama la atención que ese tema no se aborda fácilmente. Y que hay una advertencia implícita para el recién llegado: simplemente no lo entiendes.

He visto a compañeros descorchando un vino el día que ganó Patxi López, a unos metros de otros que miraban en silencio, en contenida indignación, su investidura. He leído con sorpresa las amenazas que han sufrido personas que se sientan a unos pasos de mí, que nunca han hecho un comentario, pero que han sabido lo que es vivir en la mira de un grupo terrorista.

Hoy nos encontramos con que ETA anuncia que deja las armas. La palabra histórica en este caso es “definitivo”. Hoy vi lágrimas de júbilo, sonrisas discretas, emotividad contenida. La voluntad de creer que ahora, por fin, se ha acabado. En este, mi país adoptivo, es la primera vez que me siento una extranjera en toda regla. Me siento incapaz de opinar de algo que despierta sensibilidades muy contradictorias entre muchas personas que aprecio. Sólo sé que quiero pensar igual que la mayoría de ellos. Que esta es la buena. Que ahora sí. Que se acabó. Valga la esperanza. El recelo lo dejamos para otro día.

Sergio

Sergio, llevo todo el día buscando una foto que nos hicimos en el José Alfredo de Madrid. Y mira, odio entrar a Facebook. Solo entré porque he estado pensando todo el día en ti.

Me acuerdo cuando te conocí, en Morelia, y yo era muy tonta y tú ya eras muy brillante. Yo sigo probablemente igual de tonta, pero al menos puedo decir que tuve el privilegio de que estuvieras en mi vida y eso es bastante.

Me acuerdo cuando me tocó editar un suplemento del Festival de Cine de Morelia y estaba tan inexperta y nerviosa y me dijiste “Bonnnitaaaa, pero si estás en la cresta de la ola”. Y cómo no iba a ser la cresta de la ola.

Y me acuerdo cuando en Guadalajara encabezaste una delegación de auténticos caballeros tapatíos que me fue a llevar a mi casa, cuando me acababa de mudar. Y vivía tan lejos de la FIL y salió un perro de la nada y quiso morder a un escritor y por alguna razón todo nos parecía divertido.

Me acuerdo las veces que quemamos Madrid, cuando vimos aquel partido de nuestros Ratoncitos Verdes, nuestras charlas y cartas y todo lo que me enseñaste en el camino, siempre con risas y bajo ese grito: “¡Vamos a la vidaaaaaaa!”.

Y cómo nos reímos, y me enseñaste cosas, y me hablabas de tantas otras. Que si tal político, que si tal escritor, que nuestro amigo fulano, que tal escándalo. Que ese libro es un horror, que este hay que leerlo.

Un día tendré que contarle al mundo todas las aventuras que urdiste y de las que nos hiciste cómplices, como igual nos acompañaste en todas las locuras de los que somos tus amigos.

Me acuerdo que te encantaba la plaza Luis Cabrera, y de cuando me contaste por qué era uno de tus sitios favoritos del DF después de haber pasado una mañana desayunando chilaquiles. Y me acuerdo de cómo me contabas tu carrera de rockero en los años setenta, quizá uno de los hitos de tu vida de los que estabas más orgulloso.

Y tus gafas, y tus frases, y tu ironía, y tus consejos y tus bromas.

Ay, Sergio, te voy a extrañar mucho. Hoy estuve pensando que fuiste como el conejo que me guió al País de las Maravillas. Salvo que mi País de las Maravillas es el Periodismo y no es tan poético, aunque quizá sí tiene algo de mágico.

Sergio, todo fue mmmmmmmmmmmaravilloso. Y quién nos quita lo bailado.

Captura de pantalla 2017-04-03 a la(s) 23.18.37.png

Foto: Carlos Rosillo para EL PAÍS