Trump y yo

La primera vez que fui a Estados Unidos tenía ocho años. Recuerdo la imagen cuando bajaba del avión en el aeropuerto. Un retrato sonriente del señor que era presidente de Estados Unidos. A mí me recibió George H. W. Bush (el padre del otro Bush). Y esperen que lo explique: en mis tiempos pre-9/11, eso era una garantía de seguridad. Mis padres nos criaron, a mis hermanos y a mí, con Estados Unidos como un ejemplo a seguir.

Aprendimos inglés desde niños, viajábamos todos los veranos y creo que estuve siete veces en Disneylandia para entonces. Íbamos en todas las vacaciones.

Fui adolescente y los tiempos cambiaron. Ahora me recibía Bill Clinton. Era una época rara. México vivía los peores años de la crisis del 94 (no lo he olvidado al día de hoy, PRI), y recuerdo que hacíamos cuentas de cuánto se deshacía nuestro peso frente al dólar.
Después vino Bush hijo, la guerra estúpida contra Irak, y la elección de Obama en 2008. En todas esas veces me sentía bien bajando del mismo avión, viendo la imagen del mismo presidente, pese a que para un mexicano no es fácil llegar allá. “Reasonable suspicious”, nos llamó la señora gobernadora de Arizona en ese entonces. Pero sabíamos que había un punto de complicidad. Uno de cada tres mexicanos tiene a un familiar viviendo en Estados Unidos, sabíamos que su futuro iba con el nuestro.

Y luego vino 2016.

Esa cosa. Esa cosa Naranja. Desde el minuto uno sabía de su riesgo. El primer día nos insultó a los mexicanos. Pensé que no pasaba nada. Finalmente éramos el enemigo común, el fácil. Después insultó a John McCain, senador por Arizona y un tipo que no puede elevar los brazos por encima de su cabeza después de todas las torturas que recibió en Vietnam. Entonces iba en serio.

El día de la elección fue algo que merece contarse. Abrí mi laptop y, lo juro, en el momento en que la abrí en la Ciudad de México cayó un trueno. Eran las seis de la tarde del 8 de noviembre de 2016.

Ese día recibí llamadas y mensajes de toda la gente importante en mi vida. Mi madre, mi hermano, mis primos, mis amigos, mi mejor amiga, ¡mi casero! La noche triste mexicana y en México no paró de llover.

La mañana siguiente estaba enfurecida con los periodistas, mi oficio, que pese a que muchos habíamos advertido de que Trump iba en serio y que podía ganar, nos había tirado de locos. Pero un mensaje, desde Madrid, de un amigo, me hizo llorar. Thiago Ferrer me escribió: “Te mando un abrazo”. Y lloré.

Ahora no tengo idea de lo terrible de lo que ha pasado. Veo que la moneda de mi país, otra vez, está devaluándose todos los días. Veo a los actores políticos de México intentando ganar rajada del caos (y digo TODOS, Morena). Y nosotros, como siempre, tristes. Haciendo cuentas de cuánto nos va a salir un dólar, buscando un porqué de todo lo que ocurrido.

No puedo imaginarme cómo será, otra vez, bajar de ese avión, y ver la foto de Donald J. Trump como presidente de ahí. Sé que han perdido todo el respeto de quienes les admirábamos. Y sé que su futuro va con el nuestro.

Quiero pensar que en estas ocasiones sacaremos lo mejor. Somos el país que reconstruyó la Ciudad de México tras el terremoto. El país que derribó al PRI de la presidencia en 2000 (con todos sus defectos). Y resistimos. Quizá más de lo que todos creen. Pero no nos despierten. El día que despertemos será peor de todo lo que he contado aquí.

Quiero tener esperanza. Hay historias que contar. Y los tiempos así nos lo piden.

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