Periodismo onanista

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Hoy compré el periódico. Compré un escuálido ejemplar de unas cuantas páginas, con una diminuta sección de anuncios clasificados, una sección A compuesta por Nacional, Internacional, Cultura y lo que haga falta y unos tres cuadernillos más. Yo compraba ese diario hace unos 20 años y aquel periódico no podría ser más lejano del que tenía hoy en las manos. Los diarios se han vuelto anoréxicos. Y los periodistas nos estamos convirtiendo en la señorita Havisham de Grandes Esperanzas. Obsesionados por un pasado que nos ha abandonado, hace mucho tiempo ya.

Primero explico. Yo no me considero una pesimista frente al escenario. He abrazado con entusiasmo las redes sociales, las nuevas formas de narrativa, el multimedia e, incluso, aun teniendo a 2017 enfrente (y todo lo que ello implica) creo que estamos ante uno de los años más intensos de nuestra vida. Y que eso no será necesariamente malo.

Pero también creo que, más allá de los múltiple mea culpa después de las monumentales equivocaciones del periodismo en 2016 (no hay otra manera de calificarlas, muchachos), estamos llegando a una época en la que no nos atrevemos a explicar lo que está ocurriendo: estamos perdiendo fe en los periódicos.

No me miren de esa manera. Sean honestos con ustedes mismos: ¿cuándo fue la última vez que compraron un diario? ¿Con cuánta frecuencia lo hacían hace cinco años?

Vamos, los dejo un momento. Solo piénsenlo para ustedes. No me lo digan.

¿Ven?

Pues eso.

Algo estamos haciendo profundamente mal cuando la confianza del público en los medios está por los suelos (una tercera parte del público en Estados Unidos, así que imagínense cómo están los demás) y las personas prefieren informarse por Facebook que por medios.

Sí, porque no nos hagamos tontos: la culpa no es sólo del algoritmo de Facebook. Es también de que tanto peleamos por los mentados clics que acabaron por abandonarnos.
Lo que más me preocupa es que no veo una reflexión madura sobre lo que ha ocurrido. Leo las mismas reflexiones sobre todo lo que la gente “debe de” leer y hemos dejado de contar a la gente lo que le pasa a la gente. Ahora le contamos lo difícil que es contar a la gente lo que le pasa a la gente. Y, ¿saben qué? A la gente le da igual. ¿A ustedes les importa si un chef tuvo que recorrer cinco mercados para conseguir los ingredientes para una cena? ¿Les importa más ese cuento o la cena? Nos hemos olvidado de contar cosas para hacer periodismo onanista: el peor de todos.

Tengo esperanza de que el próximo año será un terremoto en más de un sentido y servirá para que muchos despabilemos y hallemos caminos nuevos (y que no nos habíamos imaginado) para contar historias. Pero algo tengo muy claro también: no vamos a sobrevivir todos.

Así que solo quería dejar constancia. El periodismo sobre periodistas no le interesa a nadie. Y si lo seguimos haciendo nos quedaremos hablando solos, como la señorita Havisham, vestidos de unas galas roídas en una mansión abandonada, culpando a todos y sin alguien que nos escuche. Levantando un vaso ante una sala vacía por los tiempos pasados que no fueron tan maravillosos como los contamos, pero qué más da. Ya no queda nadie nos pueda contradecir.

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Un comentario en “Periodismo onanista

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