Archivos Mensuales: enero 2017

Soy mexicana

Hay un poema que siempre recuerdo cuando aterrizo en la ciudad de México. “Alta Traición”, de José Emilio Pacheco. “Una ciudad gris / Monstruosa…”. Un poema tan manido que es fácil citar, lo cual es difícil en un país como el mío, en que la lectura no es el pan de todos los días.

Pero “Alta Traición” define como muy pocas cosas el sentimiento agridulce que implica ser y ejercer de mexicano.

Yo no amo a mi patria. Yo soy mexicana.

Soy mexicana porque aquí nací, porque mis padres se conocieron en la UNAM, porque mis raíces son incomprensibles sin tamales, ni tacos, ni pozole ni enchiladas placeras. Soy mexicana porque lloré el día que hallé una salsa Valentina en el Corte Inglés cuando llevaba tres meses en Madrid y soy mexicana porque no me he olvidado de Maxi Rodríguez y su gol de 2006. (NO NOS HEMOS OLVIDADO, MAXI, POR CIERTO).

Soy mexicana porque no era penal.

Soy mexicana porque sí, le pongo limón a todo. Menos a las carnitas, que son de mi tierra. Soy mexicana porque este fin de semana compré limones porque son de Buenavista Tomatlán, un municipio golpeado por la guerra, el narco y la pobreza y quiero pensar que quizá quien recogió esos limones algún día sentirá que este país lo recibe.

Soy mexicana aunque México no nos incluye a todos. Al menos la idea que el Gobierno vende de México, que repite hasta el cansancio que no hay que hablar mal de México cuando se critica al gobernador al presidente. Porque no hablo mal de México, hablo mal de su trabajo. Y porque soy mexicana lo puedo hacer.

Soy mexicana porque lloro de impotencia cuando veo la inmensa corrupción de mi país y el infinito debate que sigue: ¿es parte de nuestra naturaleza? ¿En realidad somos así? ¿Es nuestra cultura, como dijo el presidente Peña Nieto?

Y sobre todo, soy mexicana porque reconozco los muchos errores de mi patria, racista, clasista, corrupta e injusta. Pero porque me importan esos errores es porque sé que soy mexicana.

La patria es inasible, decía Pacheco. Lo mexicana no me lo quita nadie.

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Trump y yo

La primera vez que fui a Estados Unidos tenía ocho años. Recuerdo la imagen cuando bajaba del avión en el aeropuerto. Un retrato sonriente del señor que era presidente de Estados Unidos. A mí me recibió George H. W. Bush (el padre del otro Bush). Y esperen que lo explique: en mis tiempos pre-9/11, eso era una garantía de seguridad. Mis padres nos criaron, a mis hermanos y a mí, con Estados Unidos como un ejemplo a seguir.

Aprendimos inglés desde niños, viajábamos todos los veranos y creo que estuve siete veces en Disneylandia para entonces. Íbamos en todas las vacaciones.

Fui adolescente y los tiempos cambiaron. Ahora me recibía Bill Clinton. Era una época rara. México vivía los peores años de la crisis del 94 (no lo he olvidado al día de hoy, PRI), y recuerdo que hacíamos cuentas de cuánto se deshacía nuestro peso frente al dólar.
Después vino Bush hijo, la guerra estúpida contra Irak, y la elección de Obama en 2008. En todas esas veces me sentía bien bajando del mismo avión, viendo la imagen del mismo presidente, pese a que para un mexicano no es fácil llegar allá. “Reasonable suspicious”, nos llamó la señora gobernadora de Arizona en ese entonces. Pero sabíamos que había un punto de complicidad. Uno de cada tres mexicanos tiene a un familiar viviendo en Estados Unidos, sabíamos que su futuro iba con el nuestro.

Y luego vino 2016.

Esa cosa. Esa cosa Naranja. Desde el minuto uno sabía de su riesgo. El primer día nos insultó a los mexicanos. Pensé que no pasaba nada. Finalmente éramos el enemigo común, el fácil. Después insultó a John McCain, senador por Arizona y un tipo que no puede elevar los brazos por encima de su cabeza después de todas las torturas que recibió en Vietnam. Entonces iba en serio.

El día de la elección fue algo que merece contarse. Abrí mi laptop y, lo juro, en el momento en que la abrí en la Ciudad de México cayó un trueno. Eran las seis de la tarde del 8 de noviembre de 2016.

Ese día recibí llamadas y mensajes de toda la gente importante en mi vida. Mi madre, mi hermano, mis primos, mis amigos, mi mejor amiga, ¡mi casero! La noche triste mexicana y en México no paró de llover.

La mañana siguiente estaba enfurecida con los periodistas, mi oficio, que pese a que muchos habíamos advertido de que Trump iba en serio y que podía ganar, nos había tirado de locos. Pero un mensaje, desde Madrid, de un amigo, me hizo llorar. Thiago Ferrer me escribió: “Te mando un abrazo”. Y lloré.

Ahora no tengo idea de lo terrible de lo que ha pasado. Veo que la moneda de mi país, otra vez, está devaluándose todos los días. Veo a los actores políticos de México intentando ganar rajada del caos (y digo TODOS, Morena). Y nosotros, como siempre, tristes. Haciendo cuentas de cuánto nos va a salir un dólar, buscando un porqué de todo lo que ocurrido.

No puedo imaginarme cómo será, otra vez, bajar de ese avión, y ver la foto de Donald J. Trump como presidente de ahí. Sé que han perdido todo el respeto de quienes les admirábamos. Y sé que su futuro va con el nuestro.

Quiero pensar que en estas ocasiones sacaremos lo mejor. Somos el país que reconstruyó la Ciudad de México tras el terremoto. El país que derribó al PRI de la presidencia en 2000 (con todos sus defectos). Y resistimos. Quizá más de lo que todos creen. Pero no nos despierten. El día que despertemos será peor de todo lo que he contado aquí.

Quiero tener esperanza. Hay historias que contar. Y los tiempos así nos lo piden.

Periodismo onanista

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Hoy compré el periódico. Compré un escuálido ejemplar de unas cuantas páginas, con una diminuta sección de anuncios clasificados, una sección A compuesta por Nacional, Internacional, Cultura y lo que haga falta y unos tres cuadernillos más. Yo compraba ese diario hace unos 20 años y aquel periódico no podría ser más lejano del que tenía hoy en las manos. Los diarios se han vuelto anoréxicos. Y los periodistas nos estamos convirtiendo en la señorita Havisham de Grandes Esperanzas. Obsesionados por un pasado que nos ha abandonado, hace mucho tiempo ya.

Primero explico. Yo no me considero una pesimista frente al escenario. He abrazado con entusiasmo las redes sociales, las nuevas formas de narrativa, el multimedia e, incluso, aun teniendo a 2017 enfrente (y todo lo que ello implica) creo que estamos ante uno de los años más intensos de nuestra vida. Y que eso no será necesariamente malo.

Pero también creo que, más allá de los múltiple mea culpa después de las monumentales equivocaciones del periodismo en 2016 (no hay otra manera de calificarlas, muchachos), estamos llegando a una época en la que no nos atrevemos a explicar lo que está ocurriendo: estamos perdiendo fe en los periódicos.

No me miren de esa manera. Sean honestos con ustedes mismos: ¿cuándo fue la última vez que compraron un diario? ¿Con cuánta frecuencia lo hacían hace cinco años?

Vamos, los dejo un momento. Solo piénsenlo para ustedes. No me lo digan.

¿Ven?

Pues eso.

Algo estamos haciendo profundamente mal cuando la confianza del público en los medios está por los suelos (una tercera parte del público en Estados Unidos, así que imagínense cómo están los demás) y las personas prefieren informarse por Facebook que por medios.

Sí, porque no nos hagamos tontos: la culpa no es sólo del algoritmo de Facebook. Es también de que tanto peleamos por los mentados clics que acabaron por abandonarnos.
Lo que más me preocupa es que no veo una reflexión madura sobre lo que ha ocurrido. Leo las mismas reflexiones sobre todo lo que la gente “debe de” leer y hemos dejado de contar a la gente lo que le pasa a la gente. Ahora le contamos lo difícil que es contar a la gente lo que le pasa a la gente. Y, ¿saben qué? A la gente le da igual. ¿A ustedes les importa si un chef tuvo que recorrer cinco mercados para conseguir los ingredientes para una cena? ¿Les importa más ese cuento o la cena? Nos hemos olvidado de contar cosas para hacer periodismo onanista: el peor de todos.

Tengo esperanza de que el próximo año será un terremoto en más de un sentido y servirá para que muchos despabilemos y hallemos caminos nuevos (y que no nos habíamos imaginado) para contar historias. Pero algo tengo muy claro también: no vamos a sobrevivir todos.

Así que solo quería dejar constancia. El periodismo sobre periodistas no le interesa a nadie. Y si lo seguimos haciendo nos quedaremos hablando solos, como la señorita Havisham, vestidos de unas galas roídas en una mansión abandonada, culpando a todos y sin alguien que nos escuche. Levantando un vaso ante una sala vacía por los tiempos pasados que no fueron tan maravillosos como los contamos, pero qué más da. Ya no queda nadie nos pueda contradecir.