(Sobre)vivir al DF

El DF se ha convertido en una suerte de ciudad de novela negra invadida de hípsters, y taxistas, y Godínez, y maleantes, y niños en la calle, y la élite más adinerada del país y tantos pobres. Sobrevivientes. Porque en el DF no se vive: se sobrevive. El DF vive en una gigantesca contradicción en la que el alcalde dice que no existe el crimen organizado cuando todos reconocen que han sido asaltados después de las dos de la mañana. La ciudad no se inmuta. Es una mezcla entre un escenario de Blade Runner, una chabola hindú, un fuerte olor a garnachas en el Centro Histórico y unas mesas en barrios caros, donde se concentra una burguesía que lo más lejos que conoce de la provincia, con suerte, es Valle de Bravo.

A veces pienso en lo que fue el DF. Hay unos párrafos de la Historia Mínima de México que describen Tenochtitlán como una urbe tan caótica como lo es ahora. Escenas de guerreros aztecas que corrían por sus calles con la cabeza de sus enemigos en los brazos, y un mercado, y ladrones, y vagabundos, y un caos ordenado de una ciudad que creció en medio de un lago, en una zona sísmica, junto a un volcán.

Hay días en que la Ciudad hace llorar. Hace unos pocos que por solo hacer tres citas pasé más tiempo sentada en un coche que paseando. Un tráfico caótico que, a veces me pregunto, de gente que pasa más tiempo en trayecto que en su destino. Y a veces llueve, y caen tormentas atronadoras, y nadie entiende qué es lo que ha ocurrido y nos limitamos a reconocer que al DF hay que tenerle respeto, que es un deporte de alto riesgo. Aquí se viene a competir, no a descansar.

Pero hay mañanas en las que uno puede disfrutar el silencio y ahí está, dormida. Todavía es posible, en ciertas zonas, ver los volcanes en el horizonte cuando son las cinco de la mañana y el monstruo dormita, porque en realidad nunca está quieto. Y entonces uno mira y escucha por un momento, en que no hay el silbido intenso del camotero ni la grabación de una niña que compra hierro el silencio. Esos momentos raros en que se puede todavía escuchar el silencio. Y quizá esa es una de las cosas que valen la pena del DF. Un segundo, en silencio, para saber que aquí no se vive: se sobrevive.

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