Querido abuelito

Mi abuelo Benjamín García (1909-1998) y yo intercambiamos muchísimas cartas y telegramas desde que pude leer (a los tres años, debo presumir). Hoy estoy triste, y siempre que estoy triste pienso en él.

México, DF; a 13 de julio de 2015.

Querido abuelito,

Hace ya diecisiete años que no estás aquí. Te fuiste un verano, en 1998, y todavía recuerdo la vez que hablamos de la última elección a la que votaste, en 1997, cuando por primera vez el partido en el Gobierno, el PRI, no tendría el control del Congreso. Recuerdo que hablamos. Yo en mi ingenuidad adolescente, emocionada, y tú en los últimos años de tu larga vida. Recuerdo que me habías contado que en la primera elección que votaste, cuando Vasconcelos era el contrincante de Plutarco Elías Calles, fundador del PRI, había soldados en las casillas. Y recuerdo que me dijiste que era muy afortunada porque yo podía votar sin un militar que vigilase que el voto no fuera el “correcto”. Recuerdo nuestro diálogo.

– “Abuelito, ¡ha ocurrido algo histórico!
– “Mi niña bonita, será porque soy viejo, pero tengo muy poca fe”.
– “¡Pero las cosas van a cambiar!”
– No sé, mi muchachita, no lo sé. Acuérdate de lo que decía don Fidel [Velázquez, líder de la Central de Trabajadores de México]: ‘A balazos entramos y sólo a balazos nos van a sacar’”.

Don Fidel acababa de morir. Falleció un año antes que tú. Yo mantenía mi optimismo. Voté, en 2000. Te recordé mil veces ese día. Te eché de menos tanto. Y echo menos al día de hoy tus consejos. No lo dijiste y nunca lo viste, pero sé que tú sabías que yo iba a ser periodista. Todos los días me lo recuerdo. Pienso en lo que dirías, en los debates larguísimos por la tarde sobre política que manteníamos desde que yo aprendí a hablar, en todo lo que opinarías si vieras todo lo que ha pasado en este, nuestro país, desde entonces.

Me pregunto qué dirías si hubieras visto en lo que se convirtió aquella “fiesta de la democracia”. He visto cuánta razón tenías en tu escepticismo en que este país iba a realmente a cambiar. Agradezco que nunca viste la espiral de violencia que desencadenó aquel cambio. Ya se escuchaban los primeros tiros en el norte, en Tijuana y Ciudad Juárez, cuando estabas todavía aquí. Agradezco que nunca viste cómo el narcotráfico ha mostrado su peor cara en las instituciones y rincones que antes eran tranquilos. Me acuerdo cuando paseábamos por Morelia y me señalabas los paisajes boscosos de Michoacán, esa tierra donde fue a parar tu hija enamorada de un michoacano, y me decías que los viera con atención, que eso no se hallaba en todos lados.

Me gustaría saber qué consejos me darías. Sé que te habrías hinchado de orgullo en mis primeros pinitos en este oficio que elegí, en buena parte, por culpa tuya. ¿Te acuerdas? Tú leías esos periódicos, siempre hablabas de la radio, de la actualidad internacional. Y me hablabas no como se le habla a una niña, sino esperando que mis respuestas fueran fundadas, con la exigencia de un profesor bondadoso que aplicaba la práctica socrática para una niña mexicana.

Abuelito, me duele pensar que tenías razón. Que cada vez tengo menos fe. Recuerdo que me contaste que te enteraste que la Revolución había llegado a tu pueblo en la Huasteca veracruzana el día que tu madre fue a buscarte al colegio asustada en medio de un ataque. No sabes cuánta tristeza me causa enterarme de que hay centenares de niños que viven en ese estado de sitio perpetuo.

Me gustaría haber escuchado tu opinión cuando estuve en España, y sé que me habrías contado tantas cosas de ese país que yo no me he enterado porque no tengo tu hambre por la historia ni tu sabiduría. Sé que te habrías reído con mis ideas, y que habrías disfrutado tomarte un vermú con alguno de los ancianos de los pueblos españoles que visité. Eran como esos sitios de Ozuluama, en los que adorabas debatir de política con extraños y en los que nunca te ganaste un enemigo a muerte porque siempre supiste ejercer tu prudencia.

Me habría encantado escuchar tus consejos al volver a México y encontrarlo en unos límites de impunidad que ni siquiera tú habrías imaginado. Lo único que intento hacer es lo que me enseñaste, intentar mantener la honradez ante todo. Te habría encantado verme en Michoacán, aunque sé que me habrías mirado con esa mezcla de preocupación y admiración con la que me esforzaba tanto en deslumbrarte.

Abuelito, recuerdo que tú fuiste alcalde de tu pueblo y que mandaste quitar todos los letreros que tenían tu nombre en él para que no quedara el más mínimo reconocimiento de todo lo que hiciste ahí. Porque no estabas de acuerdo. Porque sabías que en ese entonces no había más opciones para un funcionario en un pueblo tan lejos del DF.

Sé que valorabas la educación sobre todas las cosas y, abuelito, me he equivocado en muchísimas cosas, pero al menos cada paso que he intentado dar en mi carrera ha sido en tu nombre. Mantengo tu ironía, y ahora entiendo por qué decías era mejor guardarla a veces. La ironía es un deporte para especialistas, no es para cualquiera.

Pero sé también que estarías orgulloso. He trabajado duro para que así sea. Lo que no sé es que dirías de la penumbra en la que se encuentra nuestro país. ¿Qué me aconsejarías? ¿Qué es lo que debemos hacer? A veces creo que nos hemos olvidado de la historia, que te apasionaba, y vivimos en una mezcla de frivolidad y superficialidad que detestarías tanto como lo hago yo.

Recuerdo tu gusto por la literatura, por la historia de los demás, por intentar no juzgar al otro con la facilidad que lo hacen tantos en este momento. Hago lo mejor que puedo. Sólo te quiero decir que me gustaría tener un minuto en que me dijeras qué opinas de la espiral de corrupción, impunidad (hemos llegado al 98% de crímenes no castigados), pobreza (somos el único país de la OCDE que no ha reducido su índice) y cinismo en que estamos entrampados.

Me gustaría platicar contigo (platicar, ese maravilloso verbo mexicano que tanto practiqué contigo). Del béisbol que te encantaba (nunca fuiste de nuestros ratoncitos verdes y mejor que ni te cuente de sus pasos en los últimos campeonatos internacionales). De la política internacional, de la crisis griega, de la española, de que a EE UU lo atacaron en 2001 y que ahora tiene un presidente negro (te apuesto: esa SÍ que no la viste venir). De que te fascinaría cómo nos podemos comunicar ahora. Ya no tengo que esperar esos telegramas que enviabas puntualmente en cada uno de mis cumpleaños. Ahora hay una cosa que se llama Twitter de la que estoy segura estarías escéptico, pero que te tendría más que curioso.

Eso sí. Heredé tu memoria. Recuerdo todos y cada uno de los momentos que compartí contigo y de tus enseñanzas. De mirar siempre a los ojos y hacer lo mejor por intentar entender a los demás. Que, como tu me dijiste una vez, es lo más importante porque nunca sabes lo que ha pasado una persona ni qué es lo que le ha llevado a que piense o actúe así.

Y recuerdo mucho tu poema favorito, que enviaste a Toño cuando se graduó de la secundaria, que te acompaña allá desde 2005:

Piu Avanti

No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer, que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora …
¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza!

Te quiero mucho. Te extraño más.

Tu niña bonita,

Veroniquita.

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