Guadalajara y la gente bien

Nunca dejará de sorprenderme el poder de negación de la sociedad tapatía. Así como Morelia es una ciudad (pequeña) de provincias con la capacidad de destruir a cualquier forastero como el cuerpo que rechaza un trasplante, la “gente bien” de Guadalajara no se permite siquiera pensar que la ciudad —que insiste e insistirá siempre que es la segunda urbe mexicana, no importa lo que diga Monterrey— ha sido y es uno de los principales focos rojos en la ya añeja lucha contra las drogas en México.

Me explico. Guadalajara no es una ciudad de provincia mexicana: Guadalajara ES la provincia mexicana. Tuve la enorme suerte de vivir ahí durante poco más de un año y creo que apenas alcancé a avistar la complejidad de Jalisco, de Guadalajara y de su gente. ¿Creen que Michoacán es complejo? Den un paseo por Jalisco.

Encontrarán una ciudad que hierve en creatividad, pero que al mismo tiempo luce con orgullo su conservadurismo. Una ciudad que es capaz de tener uno de los ambientes más abiertos para la población gay pero que, al mismo tiempo, mantiene una velada postura de “don’t ask, don’t tell” cuando se aborda el asunto. Una comunidad cultural activa, joven y participativa, y al mismo tiempo algunos de los más exclusivos suplementos que retratan a la “gente bien”: esos que solo se identifican por el apellido y por el “los fulanos o zutanos de toda la vida”. Una de las ciudades más modernas y pujantes del país, pero también una que recibe el cambio de manera tan dura que es uno de los principales focos de estudio para los expertos de marketing en México. Si un producto consigue posicionarse en Guadalajara, lo hará en todo el país. Pero no es en absoluto fácil.

El tráfico es pesado “pero no tanto como en el DF”. La violencia anda por las calles “pero no tanto como en Michoacán o Sinaloa”. El trabajo escasea “pero no tanto como en otras partes del país”. No hay sitio en México que resuma mejor nuestra infinita capacidad de negación valiéndonos del infalible “y tú también” que Guadalajara.

Los terribles sucesos de hace una semana no son más sino la erupción de la violencia que en realidad nunca ha dejado del todo a la ciudad, cuna del cartel de Guadalajara (el decano de las organizaciones criminales mexicanas dedicadas al narcotráfico). Una de las tres mayores fosas comunes del país fue hallada en La Barca. La cifra de desaparecidos en Jalisco ha crecido, sin parar, en los últimos 10 años. Es una de las pocas ciudades de México (junto con Morelia y Ciudad Juárez) que ha sido escenario de un ataque terrorista a manos de los narcotraficantes: un cochebomba aparcado en la entrada del Camino Real causó cinco muertos en 1994. La guerra entre carteles ha llegado al nivel de que decenas de cadáveres fueron dejados a unos metros de la ExpoGuadalajara unos días antes de que comenzara uno de los mayores orgullos de la ciudad: su Feria Internacional del Libro (la-más-grande-de-América-Latina-todos-los-derechos-reservados).

Pero no importa qué tan grandes o escandalosos sean los sucesos que ocurran en Jalisco. Siempre habrá un “pero eso no es aquí, es en otro lado”. O mejor aún: es “culpa” del forastero. Nunca de un tapatío que se considere “gente bien”.

He conocido el valiosísimo trabajo de periodistas, cineastas, investigadores y escritores tapatíos que no se han cansado de denunciar la violencia que ronda por Guadalajara, y por Jalisco, desde hace por lo menos 30 años. Pero a veces, y ellos mismos lo saben, son voces que gritan (a veces desesperadas) a la “gente bien” que no, que su ciudad no está tan bien. Que no está bien su clasismo, que no está bien mirar hacia otro lado ante los hechos criminales y que no está bien hacer que no pasa nada, y mucho menos decir: “Al menos no somos —inserte nombre de otro sitio violento aquí—”, cuando existe una gravísima crisis de seguridad.

El poder de negación ante la violencia no es, en absoluto, exclusivo de Guadalajara. La violencia de México ha conseguido que el país se suma en una serie de preguntas que cuestionan uno de sus lados más sensibles. ¿Realmente nos hemos convertido en este país? ¿Esto está pasando? ¿En qué momento dejamos de indignarnos por la increíble montaña de impunidad que asola al país? ¿Nos hemos indignado alguna vez? Y si es así, ¿qué hacemos?

Pero sí que hay un rasgo especial que distingue a Guadalajara. Muchas veces he dicho que México es como la “señora bien” que se niega a aceptar los problemas que hay en su casa, que prefiere lucir guapísima y perfecta en los eventos, y que evita hablar de los asuntos desagradables con la esperanza de que no hacerlo hará que no existan más.

Y en México, no hay mejor “señora bien” que Guadalajara.

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Un comentario en “Guadalajara y la gente bien

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