Miedo al miedo.

“El rey Enrique IV de Navarra y de Francia era muy miedoso. En una batalla, para animarse, se dijo: ‘Estás temblando, cuerpo, pero ahora verás dónde te llevo’. Espoleó el caballo y se metió en la trifulca. Este episodio lleva a pensar: ‘Mi voluntad te llevará a temblar todavía más, pero esto es lo que tienes que hacer’. Eso ocurre si tienes un proyecto. Mi caso era mucho menos heroico que el proyecto de Enrique IV. Pero si quieres con todas tus fuerzas el proyecto, esa voluntad te lleva a superar algunos de tus límites naturales.”

“El periodismo es un oficio cruel”, Eugenio Scalfari.
Entrevista publicada en El País el domingo 15 de febrero de 2009.

La primera vez que sentí miedo, o que al menos recuerdo haber sentido miedo, debí de haber tenido unos cuatro años. En la escuela un niño me había convencido de que una criatura demoniaca se escondía debajo de mi cama y solo esperaba que pisara el suelo para tirar de mi pie y jalarme hacia las tinieblas. Pasé una noche terrible. Gritaba con timidez, lloré toda la noche, esperaba con ansias que amaneciera. La historia era perfecta. Yo, hija mayor, dormía ya sola, no podía salir de mi cama por miedo al engendro maligno que me esperaba, y tuve que aguantar esa larguísima noche esperando que pronto llegaran mis padres y me demostraran que todo era mentira. Que no había ni demonio, ni engendro, ni portal infernal al que sería arrastrada de poner un pie a altas horas de la noche.

He sentido miedo muchas veces de mi vida. Miedo de un peligro. Miedo antes de tomar una decisión. Miedo a equivocarme. Miedo a que la criatura demoniaca que me había descrito aquel compañero de escuela se convirtiera en una desgracia sin nombre en forma de accidente, o crimen, o huracán, o meteorito. Miedo a dar el paso a ciegas a cambiar mi vida. Miedo a tomar un autobús que me llevara a una ciudad que no conocía. Miedo a subir un avión. Miedo a que el avión te caiga encima. Miedo a que el avión que te caiga encima sea de Malaysia Airlines. Miedo a equivocarse. Miedo a no conseguir perdón una vez que uno se equivocara. Miedo a fracasar. Miedo a reponerse después de un fracaso. Miedo a perder. Miedo a entrar a un sitio desconocido. Miedo a hacerlo mal. Miedo a perderlo todo. Miedo a perder el tiempo. Miedo a que las amistades se pierdan. Miedo a decepcionar. Miedo a herir. Miedo a hacerlo mal.

Miedo. Peor aún. Miedo al miedo.

Pero, como decía Scalfari, el cuerpo tiembla, pero el asunto es cuando a dónde llevarlo. Ocurre que las equivocaciones llevan a otros caminos. Un entrañable compañero cita la frase de un torero: “Abran ya las puertas, que muero de miedo” (cito de memoria, seguro que me he equivocado).

El miedo no es un estado de ánimo, es un umbral. La paralización que produce equivale a quedarse estático a la puerta del metro, o a la mitad de una avenida. El miedo habría impedido que los hombres subieran a barcos, conquistaran tierras, subieran a naves, llegaran a la luna. El miedo habría detenido la historia y evitado miles (quizá millones) de historias. El miedo no es lo que causa el monstruo maligno que se esconde bajo la cama. El miedo ES el monstruo. Y una vez que bajamos el pie al suelo, el miedo ha desaparecido.

El miedo sólo hace daño cuando no se enfrenta. Porque miedo, lo que es el miedo, lo hemos sentido todos. No enfrentar el miedo es no sentir valor. Y a la falta de valor se le llama cobardía. Lo dice la RAE.

Escrito en el que habría sido el cumpleaños 105 de Benjamín García del Ángel, que nació el 9 de septiembre de 1909. 

 

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