Instrucciones para lavar recuerdos

El presente debería de venir con una etiqueta como la que cuelga de la ropa. Las vivencias se vuelven recuerdos en segundos. Y los recuerdos, los que valen la pena, se deben (o deberían) lavar en seco, sin lágrimas. Las lágrimas, como la lavadora, las encogen.

Si se encogen ocurren dos cosas: o se arruinan o desaparecen. Arruinados, de poco sirven. Y si desaparecen, se convierten en olvido. Y los olvidos suelen ser más interesantes que los recuerdos en sí. Las historias se explican más por lo que se olvida, o por lo que no se cuenta, que por lo que se repite.

Los recuerdos que elegimos para contar nuestra vida se convierten en la epopeya que elegimos relatar, en la que faltan anécdotas que se quedan olvidadas por dolorosas o por nimias. Pero lo que para uno es nimio, para otro es un tesoro.

Vivo y viví no son la misma experiencia. Viviría es un sueño. Vivió lo contó un tercero que intentó desenredar los recuerdos y olvidos y de ahí construir un recuerdo. Que se guarde en un estuche como un tesoro. Quizá para que alguien los encuentre en una cápsula del tiempo, para que explique por qué estamos aquí.

Vivo, viví, vivió, viviría. Vivimos. Siempre la primera persona del plural es la más bonita.

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