Archivos Mensuales: septiembre 2014

El béisbol es el más nostálgico de los deportes

Mi abuelo Benjamín siempre iba a visitarme en octubre, porque el 22 es mi cumpleaños. La visita coincidía con la Serie Mundial. A mi abuelo el fútbol nunca le interesó demasiado, pero era un gran aficionado al béisbol. Hablábamos de historia, de política y nos sentábamos a ver los (a veces larguísimos) partidos.

El béisbol es un deporte que a mí siempre me sabe a otoño, a nostalgia, a esas charlas. A aprenderme una cantidad impresionante de reglas y estadísticas, que son básicas para entender el juego. Ahora me pregunto cómo es que mi abuelo, que entonces ya iba por los 80, conseguía recordar todos los datos. El récord del pitcher, las estadísticas del bateador, la estrategia de “regalar bases”. Y tantas cosas que no me atrevería a citar porque mi conocimiento es de un 5% comparado al suyo.

Y su equipo favorito eran los Red Sox de Boston. Un equipo que había ganado su última Serie Mundial en 1918 (cuando mi abuelo tenía 17 años) y que llevaba una racha sin repetir un campeonato que no terminó hasta 2004. Vimos muchos partidos en que hablábamos de los Red Sox, de las ligas, de los números, de las historias, de las estrategias, de cambiar un bateador por otro que es mejor corredor, o guardar un pitcher porque es más hábil para cierto momento. Eso sí. Los Red Sox, cuando los veía cuando mi abuelo, nunca ganaron.

boston-red-sox-bigÉl murió en 1998, así que no vio la Serie Mundial que rompió la maldición. No vio esa espectacular serie, histórica, en que los Red Sox se levantaron de ir perdiendo tres partidos en serie de siete (¡contra LOS YANKEES!) y levantarse para no parar de ganar. No vio cómo Curt Schilling, el pitcher, había salido hace muy poco de una cirugía de tendón en su tobillo derecho y aun así seguía jugando. Y que ganó el partido decisivo con una pequeña mancha de sangre roja en la media. ¡Un auténtico media roja! ¡Un Red Sox! No vio cómo ganaron el último partido, en Yankee Stadium. Tampoco cómo los jugadores se tomaban fotos junto a la estatua de Babe Ruth en el estadio del Bronx.

curtEl tobillo manchado de sangre de Curt Schilling en el
sexto partido de la final de la Liga Americana contra los Yankees en 2004
.

El béisbol es un deporte nostálgico, de memorias, de libretas, de momentos. Es lento y por eso hay quien lo juzga de aburrido. Pero sus pausas sirven para hablar de las leyendas alrededor de los equipos, las estrategias, los récords, los números. Sus cábalas. Y sus maldiciones. La de los Chicago Cubs y su cabra no tiene desperdicio. Y siempre era otoño cuando mi abuelo y yo hablábamos de todo eso.

Han pasado ya 16 series mundiales que no he visto con él. Otra vez es otoño y la verdad que esta no ha sido la mejor temporada para nuestros Red Sox, que de ser campeones el año pasado, ahora nos quedamos muy (MUY) lejos de la postemporada. Pero la temporada cierra contra los Yankees, y se despide Derek Jeter, una de sus mega estrellas, en Fenway Park. Con elegancia ante el rival tan odiado, los supuestos “culpables” de la maldición del Bambino. Cómo me gustaría ver el partido con mi abuelo. Por eso, para mí, el béisbol es el más nostálgico de los deportes.

fenway

Homenaje a Derek Jeter en su despedida en Fenway Park. 28 de septiembre de 2014.

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Miedo al miedo.

“El rey Enrique IV de Navarra y de Francia era muy miedoso. En una batalla, para animarse, se dijo: ‘Estás temblando, cuerpo, pero ahora verás dónde te llevo’. Espoleó el caballo y se metió en la trifulca. Este episodio lleva a pensar: ‘Mi voluntad te llevará a temblar todavía más, pero esto es lo que tienes que hacer’. Eso ocurre si tienes un proyecto. Mi caso era mucho menos heroico que el proyecto de Enrique IV. Pero si quieres con todas tus fuerzas el proyecto, esa voluntad te lleva a superar algunos de tus límites naturales.”

“El periodismo es un oficio cruel”, Eugenio Scalfari.
Entrevista publicada en El País el domingo 15 de febrero de 2009.

La primera vez que sentí miedo, o que al menos recuerdo haber sentido miedo, debí de haber tenido unos cuatro años. En la escuela un niño me había convencido de que una criatura demoniaca se escondía debajo de mi cama y solo esperaba que pisara el suelo para tirar de mi pie y jalarme hacia las tinieblas. Pasé una noche terrible. Gritaba con timidez, lloré toda la noche, esperaba con ansias que amaneciera. La historia era perfecta. Yo, hija mayor, dormía ya sola, no podía salir de mi cama por miedo al engendro maligno que me esperaba, y tuve que aguantar esa larguísima noche esperando que pronto llegaran mis padres y me demostraran que todo era mentira. Que no había ni demonio, ni engendro, ni portal infernal al que sería arrastrada de poner un pie a altas horas de la noche.

He sentido miedo muchas veces de mi vida. Miedo de un peligro. Miedo antes de tomar una decisión. Miedo a equivocarme. Miedo a que la criatura demoniaca que me había descrito aquel compañero de escuela se convirtiera en una desgracia sin nombre en forma de accidente, o crimen, o huracán, o meteorito. Miedo a dar el paso a ciegas a cambiar mi vida. Miedo a tomar un autobús que me llevara a una ciudad que no conocía. Miedo a subir un avión. Miedo a que el avión te caiga encima. Miedo a que el avión que te caiga encima sea de Malaysia Airlines. Miedo a equivocarse. Miedo a no conseguir perdón una vez que uno se equivocara. Miedo a fracasar. Miedo a reponerse después de un fracaso. Miedo a perder. Miedo a entrar a un sitio desconocido. Miedo a hacerlo mal. Miedo a perderlo todo. Miedo a perder el tiempo. Miedo a que las amistades se pierdan. Miedo a decepcionar. Miedo a herir. Miedo a hacerlo mal.

Miedo. Peor aún. Miedo al miedo.

Pero, como decía Scalfari, el cuerpo tiembla, pero el asunto es cuando a dónde llevarlo. Ocurre que las equivocaciones llevan a otros caminos. Un entrañable compañero cita la frase de un torero: “Abran ya las puertas, que muero de miedo” (cito de memoria, seguro que me he equivocado).

El miedo no es un estado de ánimo, es un umbral. La paralización que produce equivale a quedarse estático a la puerta del metro, o a la mitad de una avenida. El miedo habría impedido que los hombres subieran a barcos, conquistaran tierras, subieran a naves, llegaran a la luna. El miedo habría detenido la historia y evitado miles (quizá millones) de historias. El miedo no es lo que causa el monstruo maligno que se esconde bajo la cama. El miedo ES el monstruo. Y una vez que bajamos el pie al suelo, el miedo ha desaparecido.

El miedo sólo hace daño cuando no se enfrenta. Porque miedo, lo que es el miedo, lo hemos sentido todos. No enfrentar el miedo es no sentir valor. Y a la falta de valor se le llama cobardía. Lo dice la RAE.

Escrito en el que habría sido el cumpleaños 105 de Benjamín García del Ángel, que nació el 9 de septiembre de 1909. 

 

Instrucciones para lavar recuerdos

El presente debería de venir con una etiqueta como la que cuelga de la ropa. Las vivencias se vuelven recuerdos en segundos. Y los recuerdos, los que valen la pena, se deben (o deberían) lavar en seco, sin lágrimas. Las lágrimas, como la lavadora, las encogen.

Si se encogen ocurren dos cosas: o se arruinan o desaparecen. Arruinados, de poco sirven. Y si desaparecen, se convierten en olvido. Y los olvidos suelen ser más interesantes que los recuerdos en sí. Las historias se explican más por lo que se olvida, o por lo que no se cuenta, que por lo que se repite.

Los recuerdos que elegimos para contar nuestra vida se convierten en la epopeya que elegimos relatar, en la que faltan anécdotas que se quedan olvidadas por dolorosas o por nimias. Pero lo que para uno es nimio, para otro es un tesoro.

Vivo y viví no son la misma experiencia. Viviría es un sueño. Vivió lo contó un tercero que intentó desenredar los recuerdos y olvidos y de ahí construir un recuerdo. Que se guarde en un estuche como un tesoro. Quizá para que alguien los encuentre en una cápsula del tiempo, para que explique por qué estamos aquí.

Vivo, viví, vivió, viviría. Vivimos. Siempre la primera persona del plural es la más bonita.