Laika y la luna

A mí me dijeron de niña que el hombre llegó a la luna en un verano. De niña, también, a la luna siempre le vi tatuada la forma de un conejo. Hay leyendas prehispánicas que hablan sobre la luna y el dichoso conejo. Mi memoria infantil habla de un guerrero que arrojó al animal y que se quedó ahí, marcado para siempre. 

De niña, el asunto estelar me resultaba de lo más interesante. En los almanaques que solía comprar mi abuelo, me enteré de que Venus rota al revés y que su día dura más que su año; que Júpiter es gaseoso y que le llaman la “estrella fallida”; y que la vida en Marte no es tan marciana, valga la redundancia: la temperatura en su ecuador es algo así como -11 grados (no sean muy exigentes conmigo, lo recuerdo a bote pronto) y es un poco más pequeño que la Tierra. Frecuentaba el planetario de Morelia (sí, hay un planetario en Morelia) y me traumé cuando explotó el Challenger (la pobre profe McAuliffe). 

Y claro, la luna. Ahora que recuerdo, es curioso que no me había cuestionado el asunto del Apolo 11 sino hasta mucho tiempo después. Lo asumía como un axioma. No fue sino hasta hace un par de años que, en una charla con un colega, dudé por primera vez que tal cosa no había ocurrido. No me culpen, mi ingenuidad no conoce límites. Hace muy pocos años me enteré que Laika, la perrita cosmonauta, no había tenido el feliz destino que había imaginado para ella. Pensaba que había vuelto a la Tierra, se había casado con el equivalente canino de Yuri Gagarin y se había convertido en la feliz mamá de muchos cachorritos espaciales. No fue así. La pobre fue abandonada a su suerte en la nave en que había viajado, donde murió del susto.

laika

Laika. Siempre en nuestros corazones.

En cuanto al asunto lunar, tras pensármelo un tiempo, elegí creer. Entiendo que hay más de un argumento en contra. Y muchos otros igualmente debatibles. Por ejemplo, la tontería de dinero que los gringos se gastaron en el chistecito: unos 4.000 millones de dólares actuales, según The New York Times. A veces me pregunto qué hubiera ocurrido si los rusos hubieran sido los primeros en llegar. Algo es seguro: los gringos se habrían gastado los mismos 4.000 millones en desacreditar la hipotética proeza soviética. 

El tema viene a cuento porque, entre tanta luna, no pude evitar recordar todo esto. Recordé que yo soy de las que todavía me lo creo. La llegada del hombre a la luna pertenece a las ideas que guardo con mayor recelo. Como que los buenos sí ganan, que el amor existe y que mis muertos están en un sitio fantástico al que yo iré algún día. No son ideas que deseen ser impuestas y tampoco buscan ser rebatidas. 
Tengo muchas convicciones que puedo probar. Y tengo otras, como éstas, que elijo creer. 

PD- Leí en The Guardian que los nuevos programas espaciales buscarían voluntarios a explorar el espacio… pero sin viaje de vuelta. Conozco a más de uno que fantasearía con la idea de viajar y mandar a su mundo, literalmente, a la fregada.

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