México, te quiero. En serio.

México, te quiero.

En serio.

Pero no me pidas que te lo repita todo el día, todos los días, a todas horas.

 

Me han dicho varias veces desde que volví de España que parece que no quiero a México. En tono de broma, como se suele decir en México las cosas que realmente molestan, me han insinuado que me he vuelto una gachupina. La palabra peyorativa (o en tono de broma, como se suele decir en México las cosas que realmente molestan) que se utiliza para definir a los españoles. Peor aún, me han dicho que ya me siento “española”. Y me duele, la verdad. chihuahua

Chihuahuas. Viva.

Yo quiero mucho a México. Estoy muy orgullosa de mi país. Volví de una España triste y México me golpeó en todos los sentidos, pero suelo decir que es un antidepresivo natural. Además, mi país es finalmente mi casa. Podría pasar minutos, incluso horas, observando el tráfico intenso del Paseo de la Reforma hipnotizada. Me gusta pasear en el Centro, que tiene un caos rítmico espectacular. Me gusta su música, su intensidad, su frenesí, sus contradicciones, su color, su cultura, su sentido del humor, sus risas, su velocidad, su manera de resolver todo en el último segundo, su comida (SU COMIDA), su drama, su melodrama, hasta el dedo que utilizamos para hacer el “eso, eso, eso” de Chespirito cuando toda “gente bien” en México niega que lo ha influenciado.

zocaloChulada.

Me gustan muchas, muchas cosas de mi país. Pero sí. Vivir casi seis años fuera de México me cambió. Y yo lo sabía antes de regresar. Sabía que esto me iba a ocurrir. Yo nunca volvería a ser la mexicana de antes. Comencé a ver los oscuros de mi país. Y me di cuenta de uno de nuestros peores defectos, si no el peor: nuestra inmensa autocomplacencia y nuestra total ausencia de autocrítica. El malo siempre es extranjero, o el Gobierno, o el rico, o el vecino de enfrente. Nosotros nunca hacemos nada mal. Y si lo hacemos, es un drama, que se convierte en melodrama, más tarde en chiste y finalmente en canción de Chava Flores. Porque así somos los mexicanos. Y si el defecto es innegable, la respuesta siempre suele ser la misma: “Pero en otros países es peor”.

Lo he visto en dos personas que admiro profundamente. Uno hacía una referencia a que en un país centroamericano nos odiaban mucho, y que por tanto no debíamos de apoyarlo en una eliminatoria mundialista. ¿? Quizá existe un códice de algún mexica lamentándose porque lo vieron feo, pensé. Luego reaccioné. Los náhuatl tenían una palabra para ese tipo de celos irracionales: chípil, el sentimiento que embarga al penúltimo hijo de la familia. En México no nos enojamos: nos sentimos. Después nos encabronamos y… de eso les cuento un poco más tarde. La otra persona hacía referencia a que México era un país racista pero no tanto como Estados Unidos. De acuerdo pero de nuevo. ¿? ¿No tanto? Es como el niño que llega con sus padres y le explica que ha salido muy mal en todas las materias, pero “no tanto” como el de al lado.

México se repite una y otra vez la historia del exilio español (quizá una de las cosas de las que, como mexicana, más me enorgullecen), pero en medio de la espantosa emergencia humanitaria de miles de refugiados centroamericanos (ya va siendo hora que comencemos a utilizar la palabra refugiado en esto), los mexicanos en el mejor de los casos hemos dado la espalda, en el peor, algunos han dicho joyas como esta. Y de verdad. Hicimos muy bien lo del exilio español. Y el sudamericano. En serio, lo hicimos muy bien. Pero hace ya décadas de eso. Y no estamos haciendo nada bien lo que está pasando en este momento. Mucho menos cuando estamos pidiendo a Estados Unidos que trate bien a nuestros paisanos (pero luego les reclamamos que no son mexicanos porque hablan en inglés… EN FIN).

Un querido amigo periodista, español, veterano de varios años en distintos países de América Latina, me contó en Madrid que, en su opinión, los países latinoamericanos menos tolerantes a la crítica eran México y… el otro me lo guardo para no generar más olas. No, no es Argentina. En serio, no es Argentina. Otro amigo escritor me explicaba ayer: “Un ecuatoriano, que vivió muchos años en Argentina, me decía que allá a la segunda cerveza se ponen sensibles. Nosotros, a la segunda cerveza, nos sentimos alemanes”.

Yo lo veo en la intolerancia al extranjero (esa obsesión enfermiza del petróleo y el extranjero cuando los principales empresarios corruptos del país han sido 100% mexicanos hasta donde yo sé). Lo veo en el racismo y clasismo que caminan rampantes e impunes en este país. Pero lo que más me preocupa, de todo, no es el hecho de que aceptemos o no las críticas.

Es lo que les contaba: no existe paso intermedio entre el sentimiento y el encabronamiento. La Revolución Mexicana fue un conflicto profundamente sangriento. La diferencia en los censos entre 1910 y 1920 es de un millón. Equivale a una guerra que, al día de hoy, causara, en 10 años, entre seis y diez millones de mexicanos muertos, según el historiador. En los últimos seis han muerto y/o desaparecido al menos 100.000 y miren cómo estamos.

Acaba de terminar el Mundial. Me dio muchísima tristeza perder como perdimos. Sí, digo perdimos. Pero ahora que lo pienso, quizá Robben nos salvó. Quizá no estamos listos para ser campeones del mundo. Al menos no hasta que reconozcamos, de una manera madura, y sin tirarnos al piso, que tenemos problemas. Y que tampoco pasa nada. Que tenemos con qué resolverlos. Y que señalarlos no me hace, ni hace a nadie, menos mexicano. robben

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