Archivos Mensuales: julio 2014

Letras

Soy una lectora celosa. Mis autores son míos y no me gusta compartirlos con cualquiera.

Me hace gracia pensar que, de niña, pensaba que mis libros favoritos eran exclusivamente míos. Como si nadie más los hubiese descubierto. Como si Wilde hubiera podido ser amigo mío (todavía me duele la biblioteca que regaló el idiota de Bosie cuando Wilde estaba en la cárcel, como dice en De Profundis). O como si los versos de Pacheco fueran míos y de nadie más. Me río de pensar en un impulso tan inmaduro e infantil. Y que no he superado del todo.

Hace poco cometí el error de prestar un libro que por un momento juzgué irrecuperable y valoré (se los juro) enviar a un comando especial a rescatarlo. La idea de que un libro tan preciado acabara abandonado en una biblioteca que a mi juicio no lo merecía me parecía insoportable.

Pero no es sólo el hecho del libro en sí. No me gusta leer a personas que sé que son deshonestas, o bien incongruentes. No las leo ni por morbo. No me gusta leer porque sí. Y soy incapaz de leer a alguien que me haya hecho daño. Sólo he hecho pocas excepciones, pero para mi volverlos a leer una vez que me han decepcionado es una tarea complicada, si no imposible.

No me gusta leer a cualquiera. Es como si al leerlo les permitiese que entraran a mi mundo. Y ahora que lo pienso, mi mundo requiere tantos visados como si de China se tratase. De la misma manera que cuando hallo un libro o un texto que me gusta quiero gritarlo a los cuatro vientos, cuando hallo las palabras de alguien que desterré, prefiero dejarlas ahí. Quizá serán útiles para alguien más.

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México, te quiero. En serio.

México, te quiero.

En serio.

Pero no me pidas que te lo repita todo el día, todos los días, a todas horas.

 

Me han dicho varias veces desde que volví de España que parece que no quiero a México. En tono de broma, como se suele decir en México las cosas que realmente molestan, me han insinuado que me he vuelto una gachupina. La palabra peyorativa (o en tono de broma, como se suele decir en México las cosas que realmente molestan) que se utiliza para definir a los españoles. Peor aún, me han dicho que ya me siento “española”. Y me duele, la verdad. chihuahua

Chihuahuas. Viva.

Yo quiero mucho a México. Estoy muy orgullosa de mi país. Volví de una España triste y México me golpeó en todos los sentidos, pero suelo decir que es un antidepresivo natural. Además, mi país es finalmente mi casa. Podría pasar minutos, incluso horas, observando el tráfico intenso del Paseo de la Reforma hipnotizada. Me gusta pasear en el Centro, que tiene un caos rítmico espectacular. Me gusta su música, su intensidad, su frenesí, sus contradicciones, su color, su cultura, su sentido del humor, sus risas, su velocidad, su manera de resolver todo en el último segundo, su comida (SU COMIDA), su drama, su melodrama, hasta el dedo que utilizamos para hacer el “eso, eso, eso” de Chespirito cuando toda “gente bien” en México niega que lo ha influenciado.

zocaloChulada.

Me gustan muchas, muchas cosas de mi país. Pero sí. Vivir casi seis años fuera de México me cambió. Y yo lo sabía antes de regresar. Sabía que esto me iba a ocurrir. Yo nunca volvería a ser la mexicana de antes. Comencé a ver los oscuros de mi país. Y me di cuenta de uno de nuestros peores defectos, si no el peor: nuestra inmensa autocomplacencia y nuestra total ausencia de autocrítica. El malo siempre es extranjero, o el Gobierno, o el rico, o el vecino de enfrente. Nosotros nunca hacemos nada mal. Y si lo hacemos, es un drama, que se convierte en melodrama, más tarde en chiste y finalmente en canción de Chava Flores. Porque así somos los mexicanos. Y si el defecto es innegable, la respuesta siempre suele ser la misma: “Pero en otros países es peor”.

Lo he visto en dos personas que admiro profundamente. Uno hacía una referencia a que en un país centroamericano nos odiaban mucho, y que por tanto no debíamos de apoyarlo en una eliminatoria mundialista. ¿? Quizá existe un códice de algún mexica lamentándose porque lo vieron feo, pensé. Luego reaccioné. Los náhuatl tenían una palabra para ese tipo de celos irracionales: chípil, el sentimiento que embarga al penúltimo hijo de la familia. En México no nos enojamos: nos sentimos. Después nos encabronamos y… de eso les cuento un poco más tarde. La otra persona hacía referencia a que México era un país racista pero no tanto como Estados Unidos. De acuerdo pero de nuevo. ¿? ¿No tanto? Es como el niño que llega con sus padres y le explica que ha salido muy mal en todas las materias, pero “no tanto” como el de al lado.

México se repite una y otra vez la historia del exilio español (quizá una de las cosas de las que, como mexicana, más me enorgullecen), pero en medio de la espantosa emergencia humanitaria de miles de refugiados centroamericanos (ya va siendo hora que comencemos a utilizar la palabra refugiado en esto), los mexicanos en el mejor de los casos hemos dado la espalda, en el peor, algunos han dicho joyas como esta. Y de verdad. Hicimos muy bien lo del exilio español. Y el sudamericano. En serio, lo hicimos muy bien. Pero hace ya décadas de eso. Y no estamos haciendo nada bien lo que está pasando en este momento. Mucho menos cuando estamos pidiendo a Estados Unidos que trate bien a nuestros paisanos (pero luego les reclamamos que no son mexicanos porque hablan en inglés… EN FIN).

Un querido amigo periodista, español, veterano de varios años en distintos países de América Latina, me contó en Madrid que, en su opinión, los países latinoamericanos menos tolerantes a la crítica eran México y… el otro me lo guardo para no generar más olas. No, no es Argentina. En serio, no es Argentina. Otro amigo escritor me explicaba ayer: “Un ecuatoriano, que vivió muchos años en Argentina, me decía que allá a la segunda cerveza se ponen sensibles. Nosotros, a la segunda cerveza, nos sentimos alemanes”.

Yo lo veo en la intolerancia al extranjero (esa obsesión enfermiza del petróleo y el extranjero cuando los principales empresarios corruptos del país han sido 100% mexicanos hasta donde yo sé). Lo veo en el racismo y clasismo que caminan rampantes e impunes en este país. Pero lo que más me preocupa, de todo, no es el hecho de que aceptemos o no las críticas.

Es lo que les contaba: no existe paso intermedio entre el sentimiento y el encabronamiento. La Revolución Mexicana fue un conflicto profundamente sangriento. La diferencia en los censos entre 1910 y 1920 es de un millón. Equivale a una guerra que, al día de hoy, causara, en 10 años, entre seis y diez millones de mexicanos muertos, según el historiador. En los últimos seis han muerto y/o desaparecido al menos 100.000 y miren cómo estamos.

Acaba de terminar el Mundial. Me dio muchísima tristeza perder como perdimos. Sí, digo perdimos. Pero ahora que lo pienso, quizá Robben nos salvó. Quizá no estamos listos para ser campeones del mundo. Al menos no hasta que reconozcamos, de una manera madura, y sin tirarnos al piso, que tenemos problemas. Y que tampoco pasa nada. Que tenemos con qué resolverlos. Y que señalarlos no me hace, ni hace a nadie, menos mexicano. robben

Once contra once

Por Verónica e Iván Calderón.

Quizá uno de los aforismos más repetidos en el fútbol es el de Gary Lineker: “El fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once y siempre gana Alemania”.

En la casa Calderón hemos ido con Alemania desde que el 14 de junio de 1970 a mi abuelo Abdón se le ocurrió llevar a sus cuatro hijos a un partido de cuartos de final de un campeonato del mundo: México 70. El asunto es que mi abuelo vivía en Quiroga (Michoacán) y se le ocurrió la brillante idea. Hasta aquí vamos bien. Investigó que el partido Inglaterra (la de los hermanos Charlton) y Alemania (la de Franz Beckenbauer) se jugaría a unas cinco o seis horas en coche de ahí: en el Nou Camp de León, Guanajuato (que no Camp Nou, catalanes, pero eso se los explicaré en otro post). Mi abuelo vio en la tele que se jugaba una copa del mundo, que era relativamente cerca y dijo, ¿por qué no? ¡Voy a llevar a mis hijos a ver el fútbol!

Así que juntó a sus cuatro hijos: Antonio, mi padre, de 17; Luis, de unos 15; Jesús, de 14; y Abdón, que apenas sumaría unos cinco. Los montó en su gigantesco Ford verde olivo que debería de gastar demasiada gasolina en plomo como para derretir un iceberg por sí solo y emprendieron el viaje en carretera. Llegaron a León y mi abuelo se acercó, seguro, a la taquilla. Había un pequeño detalle. NO HABÍA COMPRADO ENTRADAS. Pero así era mi abuelo, vamos. Mi abuelo era el tipo de hombre al que le podías encargar detener un meteorito con dos horas de antelación. Y te decía que sí, que lo detendría. Y lo detenía. Pues eso.

El vendedor le dijo que solo quedaban, de milagro, tres asientos. (Algo debió de haberle conmovido la imagen). A mi abuelo, como argumento, solo se le ocurrió decir que él había viajado DESDE MICHOACÁN, como si eso fuera a convencer al vendedor de sacar más boletos en automático. Le repitió que estaban agotados.

El señor que estaba delante de ellos en la fila, ya con sus boletos en mano, escuchó el enfurecido y convencido argumento de mi abuelo y le dijo que, por haber viajado hasta León, le daría un par de sus boletos. Que no habría sido agradable viajar y no entrar al estadio. “Seguro se arrepintió el extraño bondadoso”, dicen en la familia.

Lo que sigue es una mezcla de los relatos de mis tíos y mi padre.

Recuerdan que el estadio estaba repleto. Que la mayoría iba con Alemania. Que eran unos CUARTOS DE FINAL de México 70, por el amor de Dios. Que los mexicanos NO apoyaban a los ingleses porque los de la selección de la Rosa eran “muy engreídos” porque habían traído su propia agua de Inglaterra para no probar ni gota del H2O nacional (craso error). “En la guerra, con Inglaterra; en el fútbol, con Alemania”; repite al día de hoy mi padre.

Al minuto 50, Inglaterra ganaba ya dos goles por cero. Pero, ojo aquí, Alemania no estaba derrotada. Beckenbauer descontó y marcó el primero. La selección que defendía su campeonato del mundo del 66 (sí, la del fantasma de Wembley, ¿recuerdan? Este partido además tenía su mucho morbo) pensaba ya en su “semifinal”. El otro partido de cuartos de final, Italia-México, se jugaba simultáneamente en Toluca. Aquel  terminó con un 4-1 a favor de los azzurri.

beckenbauer-lesion-hombroBeckenbauer en el partido del siglo, contra Italia, una semana después. Ya no hay jugadores así, diría mi papá.

El asunto es que pese a que el Káiser les había metido un gol, el entrenador de Inglaterra decidió sacar a su mejor hombre para protegerlo de la semifinal (Bobby Charlton). Pero no sabían lo que iba a venir…

Aquí el partido, según mi padre, mis tíos y mi abuelo, que en paz descanse, es épico. Los alemanes se convierten en una especie de súperhéroes. “No dejaban de luchar, parecían incansables y después de un despeje de la defensa inglesa, le cayó la bola a Schnellinger, se perfiló, mandó la bola al centro y ‘el alemán más alemán’ Uwe Seeler, remató con la nuca como nadie lo esperaba, hizo un golazo que daba el empate”, recuerda mi tío Jesús, según recoge Iván.

Se fueron a tiempos extra. Y el relato, reconstruido por señores que ya pasan de los cincuenta pero que lo recuerdan con la emoción de unos niños, emociona. “Un centro pasado. Llega al área. Y remató Gerd Müller”.

Mi tío Jesús quedó encantado con Seeler. Mi tío Luis con Müller. Mi padre, al día de hoy, está convencido de que Beckenbauer es el mejor jugador que ha pisado una cancha de fútbol en el mundo mundial. Y mi abuelo murió defendiendo a aquellos como una especie de semidioses que sabían cómo patear un balón. “Vimos un partido de uno de los mejores mundiales de la historia”, coinciden mi padre y el de Iván.

Desde entonces, en mi casa (y en la de mis tíos) vamos (claro) con nuestra selección mexicana. Pero un pedazo de nuestro corazón está con la Mannschaft. “En la guerra, con Inglaterra; en el fútbol, con Alemania”.

PD. Mi madre estaba viendo el Italia-México en el DF. Al día de hoy dice que le va a Brasil la del jogo bonito porque “nos vengó” de esos italianos en la final con el mismo marcador (la Brasil de Pelé y Tostão venció 4-1 a los azzurri que ganaron al Káiser, a su hombro herido y la Mannschaft en el partido del siglo). Ha habido largos debates en la mesa de mi casa por este tema.


Una edición anterior de este post decía que el partido entre Italia y México se jugó en el DF. En realidad se jugó en Toluca. Gracias a Carlos Contreras Carrera por la corrección.