Volcanes

En menos de un mes, tres personas me han dicho que soy un volcán.

Y hablando de volcanes, me acordé de mi abuela paterna, una mujer morena, indígena e inteligente, que me consuela en cada visita a su casa en Quiroga, Michoacán. Me dice que no tiene nada de malo estar soltera después de los treinta. Que ella se casó mayor, en 1950 y con un hombre dos años menor que ella con el que duró 62 años casada. “Y yo todavía quería más”, repetía a un mes de su muerte.

ImageMi abuelo Abdón, michoacano. Cargó pistola hasta el día de su muerte y de pequeña estaba convencida de que era el hombre Marlboro.

Su feminismo nació del hambre. La guerra cristera la sacó de su diminuto pueblo, Coenembo, hacia Quiroga en 1927. “Salimos corriendo un día. Lo perdimos todo”, me contó hace menos de un año. Aprendió a pintar artesanías que venía a vender, tras largos viajes en autobús al DF, como les he contado en un post anterior. Se hizo de su pequeña fortuna y ganó una independencia inédita para su época de la que nunca ha presumido. Es una mujer sabia y certera. Creo que heredé mi ironía (que más de uno ha calificado de crueldad, aunque creánme, no va por ahí) de ella. Sus silencios y sus comentarios son más certeros que las armas que disparaba con tino su esposo, un guapo ranchero de familia “bien” que fue campeón nacional de tiro.

Ella me dijo un día que se había casado casi por casualidad. Que no esperaba ya, a esas alturas, encontrarse con alguien. Tenía 29 años, era dueña de una tienda de artesanías que administraba sola y una empresaria que se había hecho a sí misma en un México que no le permitía ni siquiera votar cuando montó su negocio. Estábamos en su casa, en medio del banquete por el 50 aniversario de bodas con mi abuelo. Y me confesó, casi de secreto, que ella se había casado de improvisto. “Hija, no ha sido fácil. Más de una vez he pensado que habría sido muy feliz sola, con mi tiendota. Pero me enamoré”.

Entré a trabajar a un periódico y, en medio del tradicionalismo de mi familia, me miraba en complicidad. “La gente importante no está aquí, hija, está bien irse”, me decía en confidencia, a sabiendas de que a mi abuelo la idea de que su nieta se mudara sola a ejercer una carrera bohemia como el periodismo no era la idea que tenía para la niña.

El día que tuve uno de los primeros mayores retos de mi incipiente carrera, dirigir un suplemento de un festival de cine cuando tenía 25 años, mucho entusiasmo pero poquísima experiencia y contactos, le llamé muerta de nervios. Ella suele contar que, cuando pintaba sus bateas, pedía a Dios que “la de hoy me quede más bonita que la de ayer”. Así que me dijo: “Seguro que lo que escribas hoy te quedará más bonito que lo de ayer”.

ImageBateas michoacanas. Mi abuelita aprendió a pintar esto a los 11 años para mantener a su familia y viajaba ocho horas en autobús al DF para venderlas en La Villa cada semana.

Cuando me fui a un periódico extranjero, no podía ocultar su orgullo, pese a que mi adorado abuelo (que seguramente temía que perdería “el honor” en cuestión de minutos) estaba totalmente en contra de la idea. Y bromeaba en las comidas familiares. “Hija, ¿tú trabajas en un periódico? ¿Pero repartiéndolo?”. Risas en la mesa. Es una mujer que creció humilde y que conoció el hambre, pero que nunca ha permitido que nadie la viera por encima.

Mi oficio, el periodismo, comenzó a ocupar primeras planas en los periódicos. Los reporteros mexicanos aparecían muertos. Saber demasiado, más para un periodista en provincia, era motivo para tener miedo. Mucho. Y el silencio, entonces, imperaba en Michoacán. Eso se los he contado ya también. Pero para mi entrañable abuelita, el mayor temor no tenía que ver con los sicarios. “Hija, qué oficio más difícil tienen ustedes los periodistas. Porque equivocarse… Si se equivocan, es lo peor. Tienen que concentrarse mucho para no equivocarse”. Cuando en Quiroga la guerra comenzó a arreciar, me dijo segura. “Mira, hija, a mí me sacó una guerra de mi casa de niña. Ninguna guerra me va a sacar de mi casa otra vez”.

De cada visita a Michoacán, que por motivos familiares es difícil para mí (mi tierra no es cosa sencilla, ni en lo personal, ni en lo político, ni en lo bélico, ni en lo histórico), sus consejos son los que más valoro. Y más valoro su mirada de orgullo. Ahora que regresé de Madrid, hace poco más de un año, sabía que tenía que ir a La Villa de Guadalupe. Pero quería ir para ver el mercadillo que se apuesta a la entrada, que ahora está en un edificio construido a un lado. Y pensé que mi abuelita, de Coenembo, era una de esas señoras que se apuestan con su vestido colorido a ofrecer la artesanía que han pintado a uno de los millones de paseantes que visitan ese sitio.

Ella lo sabe y yo lo sé. No estoy casada (ella repite: “Pero si yo también me casé muy grande, deja de pensar en eso”). Ella sabe también que soy un volcán, y sacude la cabeza cuando le cuento mis chocoaventuras. “Pero ten cuidado, eh, hija. Porque para que te traten mal, mejor sola. El respeto se lo pone una misma”. Al menos le he dado el orgullo de que todo su esfuerzo, que le dejó deshechas las rodillas de tantas horas de pie, la espalda destrozada de tanto tiempo agachada haciendo cuentas, de las cajas pesadas que cargó que le provocaron dos abortos, valió de algo. Nadie nos ve de abajo, abuelita. Y esto es pequeñito. Pero va por ti, doña Gregoria Chagolla, de Coenembo, esposa de Abdón Calderón.

ImageLos volcanes. Mi abuelita y yo en su casa en Quiroga. Cumplió en mayo 94 años.

 

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3 comentarios en “Volcanes

  1. Que daria por haber tenido una abuelita así, mis abuelas se casaron jóvenes y son de la idea de acatar lo que dice el esposo, la ciudad donde radicó a pesar de ya no ser un pueblo, tiene ideas muy arraigadas sobre machismo, en ocasiones me pregunto como es que yo quise ser independiente, ya me case, tengo 30 años pero conteste algunas veces no a una propuesta de matrimonio y la familia decia que quieres, que buscas, mi noviazgo fue muy largo fui y regrese a el muchas veces por no quererme casar, me sentia plena estando sola y no dudaba en seguir asi toda mi vida. Finalmente me case y es otra la satisfacción.

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