Mi guardián de libros

Lo conocí en una redacción.

Era enjuto y tímido. Y su biografía, inmejorable. Había sido un Santa Claus en una caseta de autopista. Un ascensorista en la Sagrada Familia. Un galerista en  Barcelona. Guardián de la Tumba de Gaudí. Y acabó en Madrid.

J. acabó en Madrid. Se tocaba la cara y tocaba el ukelele. En la primera cita estaba tan nervioso que parecía Woody Allen. Nació una amistad en el Pepe Botella de Malasaña que al día de hoy acabó como mi guardián de libros y que acabó de dueño de la tele Sony de 32¨ que mi padre compró en El Corte Inglés porque consideró importante que su niña tuviera una en la capital española.

De izquierda acérrima, de padre trotskista, me recomendó votar por izquierda unida en 2012. Aún conservo los panfletos. Recuerdo sobre todo las largas tertulias en que resolvíamos al mundo entre mi mexicanismo nacionalista y su españolismo reticente.

Mi guardián de libros. Se quedó con todos. Con el de Pacheco y con el que me dedicó Pedrojota. J.  me invitaba un bocata de calamares y una caña por seis euros. Y éramos felices.

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