Me acuerdo

Me acuerdo de Guillermo Altares hablándome de Me Acuerdo de Georges Perec.

Me acuerdo que me lo regaló.

Me acuerdo que hoy me acordé.

Me acuerdo que hoy leí de más y que cuando uno tiene sobrelectura, necesita escribir. Yo hoy necesitaba escribir.

Me acuerdo de mi primera entrevista de trabajo y del consejo de la que sería mi futura primera jefa: “Es un oficio sacrificado, a veces malagradecido, pero con satisfacciones que no tiene ningún otro”.

Me acuerdo de la nieve de limón de La Michoacana de la Madero. La triple.

Me acuerdo de las empanadas de atún de don Juanito, exiliado de la Guerra Civil al que mi abuelo me presentó cuando yo tenía cuatro y él (según me parecía entonces) 140. Pasó una noche enterrado en la arena para esconderse y poder tomar el barco que le traería a México.

Me acuerdo pensar: “¿Pero qué cosa más horrible le habría podido pasar a ese señor para huir así?”. Mi abuelo me respondería poco después.

Me acuerdo del temblor del 85. Bueno, ¿quién no? (Niños que nacieron después: ABSTENERSE.)

Me acuerdo que a las 7.19 del 19 de septiembre de 1985 iba detrás de un camión ruta 100 que me parecía gigantesco (¿de verdad eran tan grandes como se ven en mis recuerdos?). Me acuerdo que iba hacia mi escuela, que estaba en la colonia Del Valle. Mi padre conducía. Me acuerdo que comenzó a temblar y yo saltaba en el asiento. Fue largo. Y mi padre no decía nada. No hacía un gesto. Nada. Yo tenía cinco años. Y, callada, esperaba que él dijera algo. Al final mi padre volteó y sólo dijo una palabra: “Tembló”. Los michoacanos somos así.

Me acuerdo de las elecciones del 88. De la televisión que mostraba una toma cerrada de un edificio de paredes blancas. Del discurso inaugural de Salinas. Y de los gritos que se callaban en la radio nacional con aplausos de los diputados en el Congreso, que mezclaban con otros tantos grabados. Se escuchaba algo así como “¡¡¡¡FRAAAAAAAU…clapclapclapclap”.

Me acuerdo del sonido del trote de los caballos que jalaban las calandrias de Guadalajara que pasaban bajo mi ventana en mi queridísimo depa tapatío.

Me acuerdo del atardecer de Morelia que subía a ver en una azotea de una casa del Centro Histórico a los 13 años.

Me acuerdo del borrego del rancho del Día de las Madres. De mi abuelo Abdón, de sombrero vaquero, y desmontado del caballo, repartiendo con una cuchara enorme a todos los nietos cucharadas del borrego cocinado con mole y con el arroz rojo más rico que he probado y probablemente probaré en mi vida.

Me acuerdo del poni del rancho. Y de mi abuela rogándonos a los nietos que no cortáramos las flores de su cuidadísimo jardín.

Me acuerdo que yo la primera vez que fui al rancho, o la primera vez que fui al rancho y ya podía hablar, vi una vaca y exclamé: “¡PANDA!”. Me acuerdo que estaba obsesionada con los pandas.

Me acuerdo que quería ir a Chabelo al concurso que buscaba a la niña mexicana más parecida a Heidi porque estaba segura de que lo ganaría. Mi madre se negó a inscribirme. Yo perdí mi bicicleta y quizá mi catafixia. México perdió la oportunidad de conocer a la niña más parecida a Heidi.

Me acuerdo de los telegramas de mi abuelo de todos los cumpleaños.

Me acuerdo de la crema y los quesos de Ozuluama.

Me acuerdo de los autobuses de Madrid, que los tomaba cuando estaba triste solo para recordarme: “Estoy aquí”.

Me acuerdo de la moqueta verde y del metro Suanzes. Mucho.

Me acuerdo de que me acordaré de que me acordé hoy.

Me acuerdo de mi propio ejemplar de Me acuerdo de Perec está en un pisito de Madrid. Muy bien custodiado por un querido, y mejor elegido, guardián de libros.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s