Archivos Mensuales: mayo 2014

Periodismo en México

Ocurrió en Bogotá. Un periodista, joven y talentoso y guatemalteco, nos comentó a dos mexicanos (que ninguno ha pisado una redacción en México DF, agradezcamos a San Juditas), por qué un periodista que se ha comparado a Saviano “no había muerto”. Yo soy michoacana, y como saben ustedes, trabajo para un medio internacional. Mi compañero, de Coatzacoalcos y mucho más valiente que yo, lo miró a los ojos, en silencio, y respondió: “Porque él no vive donde yo vivo. Yo puedo morir todos los días. Él va un par de días, vive en una casa súper bonita en Monterrey, va un par de días y ya está”.

En México los diarios nacionales mandan a sus enviados a tratar como sus servidores a los corresponsales en los sitios más peligrosos del país. Sí, a los que saben quiénes son los sicarios, que saben dónde viven y que se juegan la vida todos los días por sueldos paupérrimos que les pagan un mes sí y otro mes no.

Pero no se equivoquen. Los periodistas del DF son tan expertos de todo el país que se convierten en expertos de Michoacán, de Tamaulipas, de Chihuahua, de Sonora. No hay el mínimo respeto por el corresponsal de provincia. Desde la Condesa y la Roma y el Covadonga, tomándose su mezcalito, lo saben todo. ¿Problema en Tamaulipas? ¡Yo fui hace una semana! Perdón, ahí viven 4 millones de tamaulipecos, olvidados y aterrorizados. La familia de mi madre lo atestigua.

Y sus directivos. Hicieron cosas impresionantes en los ochenta. Sé que la mitad de ustedes, lectores,  no habían nacido para entonces, pero les da la autoridad para saber lo que pasa en México ahora. Nos dicen a los que queremos contar lo que ocurre en el país que todo es peligrosisísimo y no podemos ir. Yo todavía se lo estoy explicando a mi abuelita de 93 años que vive en Quiroga, Michoacán. “Mira, abuelita, no te puedo ir a visitar porque dice el Gobierno que es muy peligroso ir al pueblo a donde jugaba de niña”.

Hay muy pocos ejercicios para defender el periodismo en México. Rescato Periodistas de a Pie (el primer esfuerzo gremial en México para rescatar el riesgo de los que se juegan el pellejo todos los días) y Artículo 19. Pero de ahí, poco más. Cuando mataron a Gregorio, periodista de Coatzacoalcos (“Don Goyo”, le llaman los colegas que conocí en Colombia), hubo un inédito esfuerzo de solidaridad que no existe en este país. Ninguna cabecera nacional se solidarizó. Ni una.

Mientras tanto, siguen matando gente porque la impunidad no resuelve nada. Y haciendo el teatro de que en México estamos bien con el solecito y la chela. Y lo más triste es que apostaría a que Gregorio Jiménez, vivo, más de un “enviado especial” de un periódico nacional lo habría tratado como un ignorante. Los he visto. Qué suerte trabajar para un medio internacional para verlos a ustedes, de medios nacionales, más preocupados por los bloqueos del periférico que de las matanzas en Torreón. Ah, y cuenten muchas crónicas romanceadas de lo que pasa ahí. Más datos y menos novela. A ver si levantan los ojos y salen del DF. 25 millones de mexicanos viven aquí, pero más 80 millones no. Y estamos hartos.

Mi guardián de libros

Lo conocí en una redacción.

Era enjuto y tímido. Y su biografía, inmejorable. Había sido un Santa Claus en una caseta de autopista. Un ascensorista en la Sagrada Familia. Un galerista en  Barcelona. Guardián de la Tumba de Gaudí. Y acabó en Madrid.

J. acabó en Madrid. Se tocaba la cara y tocaba el ukelele. En la primera cita estaba tan nervioso que parecía Woody Allen. Nació una amistad en el Pepe Botella de Malasaña que al día de hoy acabó como mi guardián de libros y que acabó de dueño de la tele Sony de 32¨ que mi padre compró en El Corte Inglés porque consideró importante que su niña tuviera una en la capital española.

De izquierda acérrima, de padre trotskista, me recomendó votar por izquierda unida en 2012. Aún conservo los panfletos. Recuerdo sobre todo las largas tertulias en que resolvíamos al mundo entre mi mexicanismo nacionalista y su españolismo reticente.

Mi guardián de libros. Se quedó con todos. Con el de Pacheco y con el que me dedicó Pedrojota. J.  me invitaba un bocata de calamares y una caña por seis euros. Y éramos felices.

#Pushy

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‘Pushy’. Agresivo, en castellano. Para acotar: agresiva. Y así definió el New York Times a su directora despedida, Jill Abramson, que dejó el puesto esta semana en medio de un escándalo que, si usted es periodista, seguramente conoce de sobra. Particularmente si usted es UNA periodista.

Lo que ha seguido es un aluvión de artículos sobre el tema. Y aunque vaya que me he leído ya una cantidad considerable de palabras sobre Jill Abramson, Dean Baquet y Arthur O. Sulzberger, reconozco que este es un tema que apasiona, sobre todo, a los periodistas. Aquí Ira Glass (presentador de radio y televisión) se pregunta sobre la historia y lanza: “I’m a superfan of the New York Times, but I know nothing about how they put it together and I really don’t care”.

Pero en este humilde blog somos periodistas y chismosos curiosos. Y la historia lo tiene todo. El Radiopasillo que nos encanta, la intriga palaciega, egos, traiciones, poder y, como escenario, la Dama Gris.

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 (Suspiro).

Así que vamos para allá. El día que despidieron a Jill Abramson, que ya parece a estas alturas para la-mujer-periodista-friki como yo el día que mataron a Kennedy, la directora de Le MondeNatalie Nougayrède, también dejó su puesto en medio de una enorme batalla en la redacción. El 14 de mayo de 2014 queda grabado, entonces, como uno de los peores días para la mujer gestora al frente de un medio de comunicación.

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(Otra compañera caída en estos días).

Una de las notas del NYT anunciando el histórico despido (que yo sepa no había precedente de un despido tan fulminante y por la puerta de atrás) incluía los funestos adjetivos pushy (agresiva) y mercurial (voluble) para referirse a Jill Abramson, que declinó sumarse al paripé de “todos somos amigui” tras haber perdido su trabajo. Consejo aquí, chavos, sexismos aparte. NUNCA nos llamen agresivas y volubles en un momento de tensión.

gato

(Mi posible reacción. Ejemplo gráfico. Muy pushy).

 Volviendo al punto. La historia original del NYT sobre el asunto, que además incluye una línea en la que indica que “Ms. Abramson did not return messages seeking comment” la pueden leer aquí. El periódico, como no se puede esperar menos del mejor diario del mundo, ha dedicado varios artículos al despido que ha mantenido al gremio hablando en la última semana. La defensora del lector, que probablemente se está preguntando si gana igual que su predecesor masculino, ha abordado el tema (el texto se puede leer aquí) y David Carr escribe un honesto relato (al menos así se lee) sobre lo ocurrido en su redacción.

Grosso modo: desde su nombramiento, Jill Abramson se enfrentó a dificultades. Sulzberger, el dueño del periódico, estaba indeciso entre ella y Dean Baquet, un carismático periodista afroamericano que un redactor del NYT describe como “el primer jefe que me ha abrazado en este periódico”.

Baquet

(Se ve buena gente).

Sulzberger, que ha nombrado a cuatro directores ya (Howell Raines, Bill Keller, Abramson y Baquet), tenía problemas con la gestión de la directora (cuyo nombramiento fue anunciado por el periódico como el-gran-paso-adelante-de-la-mujer-periodista, pero ese es otro tema). La gota que derramó el vaso fueron las negociaciones de Abramson para contratar a Janine Gibson, de The Guardian, para liderar la estrategia digital del periódico. Ya saben, ese terrible dolor de cabeza para todos los diarios del mundo. Ocurre que Abramson dijo a Sulzberger y al CEO de la empresa que ya había avisado a Baquet de la contratación. Baquet (que en el papel, nunca mejor dicho, era el subordinado de Abramson) defendió ante el dueño del diario que no era así e, indignado, exigió la cabeza de ella o afirmó que se iba. Ken Auletta hace una reconstrucción bastante completa aquí. El asunto no es ni 100% sexista ni 100% error de gestión. Es como la vida: sí, Abramson había cometido errores y su relación con sus jefes no era la mejor. Pero es difícil imaginar a Ben Bradlee, el legendario director de The Washington Post, recibiendo un regaño porque no avisó a su subalterno de una nueva contratación.

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(No lo veo).

Por cierto, The Washington Post hace aquí una reconstrucción de la guerra mediática entre Auletta, el campo Abramson (que nos regaló esta maravillosa imagen, cortesía del Instagram de su hija), y el NYT.

Los hechos. El Times ha negado que le pagase menos a Jill Abramson, pero el propio Auletta lo ha desmentido con datos (el NYT no ha difundido sus propias cifras). Este maravilloso artículo de Kara Swisher deja bien claritos los puntos sobre las íes. Abramson, según el propio Auletta y Politico, autores de un artículo que hizo llorar a Jill hace un año, no fue totalmente honesta cuando sus jefes le preguntaron si estaba fichando a Gibson.

¿Y por qué nos ponemos así las periodistas en este tema? “Ellos no lo entienden”, me respondía una colega esta mañana. Y es verdad. Pese a lo mucho que amamos esta carrera (entiendo perfectamente el impulso que hizo a Abramson tatuarse la T del NYT), hay algo que sí, se siente distinto. El lugar común: nosotras somos histéricas, ellos de carácter fuerte; nosotras unas viejas locas, ellos unos jefes exigentes.

Además, ¿cómo no conmoverse por una mujer que se definió como una ‘veterana de guerra’ en una entrevista sobre su puesto? La entendemos. Claro que la entendemos. Y sobre todo llama la atención la salida tan fulminante de una dirección. Vamos, a Howell Raines (que, ejem, publicó bajo su gestión crónicas falsas de Jayson Blair) le dejaron despedirse frente a toda la redacción, con su esposa a un lado. Hay estilos de hacer las cosas.

Las aguas calmadas, lo que queda es que el NYT es un gran periódico puesto que nos tiene a todos súper atentos a sus crónicas de Radio Pasillo. Que Dean Baquet debe de ser un gran periodista, porque los comentarios sobre su trabajo en las decenas de artículos publicados son muy generosos. Y que bueno, no es una historia de ellos malos-ella víctima, pero sí que recuerda un poco las diferencias que nos encontramos en este medio las mujeres. En este y en tantos otros.

Abramson, como explica este gran perfil, no es una persona que mantenga como mantra “cuánta suerte tenemos”, sino que aprecia el valor del trabajo. Y la moraleja es que ha quedado una lección, por lo menos. Si quieren leer una buena selección de textos sobre el tema, aquí les dejo este post de @nohacefaltap. También recomiendo el TL de @moorehn, que ha tuiteado prácticamente TODOS los comentarios y artículos posibles del tema. Y sí, ya sé que somos un poco cansinas con el asunto, pero entiéndanos, ¿qué niña periodista no ha soñado con dirigir el NYT?

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(Yo habría hecho lo mismo).

Dicho esto, volvemos a nuestra programación habitual.

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Me acuerdo

Me acuerdo de Guillermo Altares hablándome de Me Acuerdo de Georges Perec.

Me acuerdo que me lo regaló.

Me acuerdo que hoy me acordé.

Me acuerdo que hoy leí de más y que cuando uno tiene sobrelectura, necesita escribir. Yo hoy necesitaba escribir.

Me acuerdo de mi primera entrevista de trabajo y del consejo de la que sería mi futura primera jefa: “Es un oficio sacrificado, a veces malagradecido, pero con satisfacciones que no tiene ningún otro”.

Me acuerdo de la nieve de limón de La Michoacana de la Madero. La triple.

Me acuerdo de las empanadas de atún de don Juanito, exiliado de la Guerra Civil al que mi abuelo me presentó cuando yo tenía cuatro y él (según me parecía entonces) 140. Pasó una noche enterrado en la arena para esconderse y poder tomar el barco que le traería a México.

Me acuerdo pensar: “¿Pero qué cosa más horrible le habría podido pasar a ese señor para huir así?”. Mi abuelo me respondería poco después.

Me acuerdo del temblor del 85. Bueno, ¿quién no? (Niños que nacieron después: ABSTENERSE.)

Me acuerdo que a las 7.19 del 19 de septiembre de 1985 iba detrás de un camión ruta 100 que me parecía gigantesco (¿de verdad eran tan grandes como se ven en mis recuerdos?). Me acuerdo que iba hacia mi escuela, que estaba en la colonia Del Valle. Mi padre conducía. Me acuerdo que comenzó a temblar y yo saltaba en el asiento. Fue largo. Y mi padre no decía nada. No hacía un gesto. Nada. Yo tenía cinco años. Y, callada, esperaba que él dijera algo. Al final mi padre volteó y sólo dijo una palabra: “Tembló”. Los michoacanos somos así.

Me acuerdo de las elecciones del 88. De la televisión que mostraba una toma cerrada de un edificio de paredes blancas. Del discurso inaugural de Salinas. Y de los gritos que se callaban en la radio nacional con aplausos de los diputados en el Congreso, que mezclaban con otros tantos grabados. Se escuchaba algo así como “¡¡¡¡FRAAAAAAAU…clapclapclapclap”.

Me acuerdo del sonido del trote de los caballos que jalaban las calandrias de Guadalajara que pasaban bajo mi ventana en mi queridísimo depa tapatío.

Me acuerdo del atardecer de Morelia que subía a ver en una azotea de una casa del Centro Histórico a los 13 años.

Me acuerdo del borrego del rancho del Día de las Madres. De mi abuelo Abdón, de sombrero vaquero, y desmontado del caballo, repartiendo con una cuchara enorme a todos los nietos cucharadas del borrego cocinado con mole y con el arroz rojo más rico que he probado y probablemente probaré en mi vida.

Me acuerdo del poni del rancho. Y de mi abuela rogándonos a los nietos que no cortáramos las flores de su cuidadísimo jardín.

Me acuerdo que yo la primera vez que fui al rancho, o la primera vez que fui al rancho y ya podía hablar, vi una vaca y exclamé: “¡PANDA!”. Me acuerdo que estaba obsesionada con los pandas.

Me acuerdo que quería ir a Chabelo al concurso que buscaba a la niña mexicana más parecida a Heidi porque estaba segura de que lo ganaría. Mi madre se negó a inscribirme. Yo perdí mi bicicleta y quizá mi catafixia. México perdió la oportunidad de conocer a la niña más parecida a Heidi.

Me acuerdo de los telegramas de mi abuelo de todos los cumpleaños.

Me acuerdo de la crema y los quesos de Ozuluama.

Me acuerdo de los autobuses de Madrid, que los tomaba cuando estaba triste solo para recordarme: “Estoy aquí”.

Me acuerdo de la moqueta verde y del metro Suanzes. Mucho.

Me acuerdo de que me acordaré de que me acordé hoy.

Me acuerdo de mi propio ejemplar de Me acuerdo de Perec está en un pisito de Madrid. Muy bien custodiado por un querido, y mejor elegido, guardián de libros.