Llovía.
El día que me rompiste el corazón tenía gripe. No puedo culparte. Se veía venir. A veces el corazón se suicida. Y el mío se suicidó.
Seguía lloviendo al otro día. Era noviembre. Creo que nunca había llorado tanto. Creo que nunca había visto a un hombre llorar tanto. Yo no me levanté en dos días. Tú no me pudiste mirar en un mes.
Pasaron tres años. Pasé sin hablarte dos.
Y yo leía poesía. Siempre leo poesía cuando estoy triste. Leía a Pacheco. Mi poeta. El que no presto a nadie porque es mío, ni siquiera cuando ando sensible.
Vuelve a mi boca, sílaba, lenguaje
que lo perdido nombra y reconstruye.
Vuelve a tocar, palabra, el vasallaje
con tu propio fuego te destruye.
Regresa, pues, canción, hasta el paraje
en donde el tiempo acaba mientras fluye.
No hay monte o muro que su paso ataje:
lo perdurable, no el instante, huye.
Ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera
me reconozco: vi en tu llamarada
lo destruido y lo remoto. Era
árbol fugaz de selva calcinada
palabra que recobra en su sonido
la materia deshecha del olvido.
Y mira, la lluvia cesó, el cielo escampó y el llanto fecundó. Qué bien estamos ahora. Qué bien que lo sepamos.
Hoy llovió y lloré, ahora sola. Me acordé de aquella lluvia. Ahora espero que escampe.