Archivos Mensuales: abril 2014

Llovió.

Llovía.

El día que me rompiste el corazón tenía gripe. No puedo culparte. Se veía venir. A veces el corazón se suicida. Y el mío se suicidó.

Seguía lloviendo al otro día. Era noviembre. Creo que nunca había llorado tanto. Creo que nunca había visto a un hombre llorar tanto. Yo no me levanté en dos días. Tú no me pudiste mirar en un mes.

Pasaron tres años. Pasé sin hablarte dos.

Y yo leía poesía. Siempre leo poesía cuando estoy triste. Leía a Pacheco. Mi poeta. El que no presto a nadie porque es mío, ni siquiera cuando ando sensible.

Vuelve a mi boca, sílaba, lenguaje
que lo perdido nombra y reconstruye.
Vuelve a tocar, palabra, el vasallaje
con tu propio fuego te destruye.

Regresa, pues, canción, hasta el paraje
en donde el tiempo acaba mientras fluye.
No hay monte o muro que su paso ataje:
lo perdurable, no el instante, huye.

Ahora te nombro, incendio, y en tu hoguera
me reconozco: vi en tu llamarada
lo destruido y lo remoto. Era

árbol fugaz de selva calcinada
palabra que recobra en su sonido
la materia deshecha del olvido.

Y mira, la lluvia cesó, el cielo escampó y el llanto fecundó. Qué bien estamos ahora. Qué bien que lo sepamos.

Hoy llovió y lloré, ahora sola. Me acordé de aquella lluvia. Ahora espero que escampe.

Anuncios

Te quiero.

– “Te quiero”.
– “¿Para llevar o para comer aquí?”.

– “Te quiero”.
– “¿Con papas y refresco grandes?”.

– “Te quiero”.
– “¿Término medio o bien cocido?”.

– “Te quiero”.
– “¿Con leche y splenda?”

– “Te quiero”.
– “A doce meses sin intereses”.

– “Te quiero”.
– “¿Con una orden de queso extra gratinado? Le aseguro que quedo mucho más sabroso”.

– “Te quiero”.
– “¿Con postre?”.

– “Te quiero”.
– “El número Telcel que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio. Le sugerimos intentar más tarde”.

– “Te quiero”.
– “Error HTTP 401 No Autorizado”.

– “Te quiero”.
– “¿En serio?”.

– “Te quiero”.
– “Qué miedo”.

– “Ya no te quiero”.
– “Ahora te quiero yo a ti”.

La muerte joven y la muerte vieja

El dolor. La muerte. La muerte temprana, dolorosa e hiriente. La muerte vieja, añeja y feliz.

Mi hermano Eduardo suele decir que de los Premios Nobel, el de Literatura es el más flojo. Que es como un óscar. Que no es un Nobel “de verdad”. A mi hermano, matemático, hasta los economistas le suenan como practicantes de una ciencia “que no es seria”. Imagínense lo que opina de los escritores. O de los periodistas. Ya ni hablemos del Nobel de la Paz.

Pero un día leyó Cien años de soledad. Y Gabriel García Márquez, un periodista colombiano barranquillero-cartaginés-de-nueva-tierra le enamoró. Viajó con Aureliano Buendía, y se interesó por las historias de Macondo.

De Cien años de soledad nació un pequeño escritor, que ahora ejerce (casi de incógnito) en los misteriosos campos de la literatura, muy lejanos a su mundo de números, axiomas y realidades tangibles y cien por cien comprobables.

Hoy le avisé que había muerto Gabo. Los dos compartimos la muerte de nuestro hermano Antonio, a los 23 años.

Verónica: “Ha muerto García Márquez”.
Eduardo: “¿Hace cuánto?”.
V: “Hace veinte minutos. 87 años”.
E: “Vivió muchos años, entonces”.
V: “Así es. Una larga, intensa y productiva vida”.

La muerte corta duele, pero marca. Todo lo que haremos va por Toño.

La muerte larga nos enseña, nos consuela, nos cultiva. Gracias, Gabriel. Te leemos pronto.

Las últimas consecuencias

Todos los responsables de los crímenes cometidos en México en el último medio siglo, por lo menos, han sido llevados a Las Últimas Consecuencias. Es un sitio misterioso, nadie sabe exactamente dónde está.

Quizá es un hotel, como el de El Resplandor, y quizá ahí se reúnen todos, brindan con whisky y se dan palmadas en la espalda. A lo mejor es más como el Hotel California, y está escondido en alguna playa abandonada de Baja California Sur.

En Las Últimas Consecuencias debe de esconderse el asesino intelectual de Colosio. También debe estar ahí el responsable de la matanza de estudiantes en Tlatelolco, el que mató a otros tantos el Jueves de Corpus de 1971. “Caiga quien caiga”, ¿recuerdan?.

En Las Últimas Consecuencias se debe de esconder el responsable de que el 98% de los crímenes que se cometen en México permanezcan impunes. Han llevado a Las Últimas Consecuencias también a lo que provocó la explosión en el edificio de Pemex, y a Las Últimas Consecuencias también fue a dar la investigación sobre la muerte de Juan Camilo Mouriño.

Los llevan a Las Últimas Consecuencias y nadie vuelve a saber de ellos, nunca más. Con el tiempo hasta se olvidan. Como Las Últimas Consecuencias. Si averiguan dónde están, avísenme.

Michoacán: la guerra de la que no se hablaba

(Este es un texto que envié a la Revista Contratiempo, que lo publica en su edición de mayo). 

 

En los últimos años, Michoacán y septiembre no se habían llevado bien.

A Rogelio Zarazúa lo mataron el 15 de septiembre de 2005, en un restaurante en el que celebraba su santo. Zarazúa era Director de Seguridad Pública y Tránsito en el Gobierno de Lázaro Cárdenas Batel (2002-2008). Lo mataron en un restaurante de Morelia, que no cerró pese al atentado. Comía con su mujer y unos amigos. “Lo mataron enfrente de mí”, recuerda uno de ellos. “Aquí, al ladito”, señala con la mano. “Ese día comenzó todo. La muerte de Rogelio Zarazúa, a manos de los Zetas, es el punto de quiebre de lo que ha ocurrido”. Ese día, está convencido, comenzó la guerra de Michoacán.

Cinco hombres encapuchados entraron a un bar de mala muerte a las afueras de Uruapan casi un año después, el 6 de septiembre de 2006. Dispararon al techo y entraron a la pista de baile. Arrojaron cinco cabezas y dejaron un cartón con un mensaje, recordado millones de veces por decenas de miles (quizá centenas) de michoacanos. “La familia no mata por paga. No mata mujeres, no mata inocentes, sólo muere quien debe morir. Sépanlo toda la gente, esto es justicia divina”. Ese día nació La Familia Michoacana, un grupo de crimen organizado basado en Los Matazetas, comandos que habían declarado la guerra al poderoso cartel que domina el noreste de México, el de la última letra del abecedario.

Dos años después, dos hombres arrojaron sendas granadas contra las familias reunidas en la verbena que celebraba la Independencia de México, el 15 de septiembre (de nuevo septiembre) de 2008, en el centro de Morelia. Los explosivos detonaron cuando el entonces gobernador, Leonel Godoy, arengaba a la multitud a soltar “vivas” a México. Murieron siete adultos y un niño. Otros tantos quedaron mutilados. Nunca se detuvo a los responsables y el ataque no ha sido esclarecido. Un par de hombres fueron detenidos en Apatzingán y confesaron haber sido responsables, pero después se desdijeron y denunciaron que habían sido torturados. Godoy culpó a esa masa informe del calderonismo que se ha cobrado ya tantas vidas en México: “El Crimen Organizado”. Los Zetas culparon a La Familia, y La Familia a Los Zetas. De los muertos solo se acuerdan Morelia, que guarda como cicatrices los hoyos causados en su suelo de cantera, y sus familiares. A la justicia, ni está ni se le espera.

“Ya no sé ni con quién estoy hablando”, confesaba una encargada de organizar banquetes. Los asesinatos se convirtieron en algo cotidiano. Nadie podía hablar del narco, pero estaba ahí. En Morelia, brotaron como hongos decenas de negocios llenos de mercancía pero vacíos de clientes. Y que permanecían. La sociedad michoacana intentaba hacer la vista al otro lado. No faltaba el empresario ofendido que culpaba a los medios de “exagerar” la “inseguridad” en el Estado. Dicen que la verdad es la primera víctima de una guerra, y en el caso de esta, la verdad no quería ni siquiera llamar a las cosas por su nombre.

La Verdad, herida, ocultó palabras, que ahora se mencionaban bajito y con miedo, con cuidado de que nadie las escuchara. “Familia”. “El Chayo”. “La maña”. “Los malos”. Cuando Felipe Calderón, michoacano, anunció en 2010 que su Gobierno había aniquilado al fundador del cartel, Nazario Moreno El Chayo, la mafia decidió reinventarse. El Chayo seguía vivo y ahora había decidido añadir aún más misticismo a su desquiciada filosofía de guerra: ahora se llamarían Los Caballeros Templarios.

Los Caballeros Templarios se convirtieron en amos y señores de la tierra michoacana. Controlaban desde los cultivos de su fértil tierra hasta la tala de sus profusos bosques, pasando por sus ricas minas de hierro. Y comenzaron a imponer un régimen del terror en el que los abusos se hicieron cotidianos. Extorsionaban a cualquiera. Asesinaban con impunidad. Desaparecían niños. La gota que rebosó el vaso fue la violación sistemática de jovencitas. Los sicarios no paraban hasta que las dejaban embarazadas. Había casos de hasta tres o cuatro niñas que esperaban hijos del mismo violador.

“Eso fue. Eso fue lo que hizo que nos levantáramos en armas”, repetía en un vídeo difundido en junio el doctor José Manuel Mireles, un médico de Tepalcatepec que terminó por convertirse en uno de los principales líderes de Las Autodefensas: civiles en guerra contra Los Caballeros Templarios. Mireles repetía varias veces la palabra “Templario” en ese primer vídeo. Con seguridad. Una y otra vez. “Los Caballeros Templarios”. “Los Caballeros Templarios”. “Los Caballeros Templarios”.

Roto el silencio, Mireles comenzó a hablar de lo que miles de michoacanos habían escuchado muchas veces, pero siempre “bajito”. Acusó al entonces gobernador interino, Jesús Reyna, de apoyar abiertamente a Los Caballeros Templarios. Afirmó, incluso, que Reyna había asistido al funeral del padre de El Chayo, que seguía vivo y al frente de la mafia, en Apatzingán. El Gobierno michoacano desmintió con velocidad la acusación. Dijo que Mireles había sido investigado “por droga” (mostraron unos documentos de una supuesta detención en 1986 por cultivo de marihuana). Varios diarios pidieron al portavoz de Reyna la agenda del gobernador del día en que supuestamente habría asistido al funeral. Una foto, una junta, una inauguración habría desmentido de un golpe la grave acusación de Mireles. El Gobierno de Michoacán nunca la envió. Reyna, que había sustituido a Fausto Vallejo durante los seis meses que pasó enfermo, al inicio dejó el Gobierno aparentemente indignado, pero volvió un poco después. Era un secreto a voces que deseaba mantenerse en el puesto.

El avance de las autodefensas, que no se han detenido de avanzar ni con la presencia del Ejército y la Policía Federal en la zona (si acaso en algunos casos bajo su bendición), acabó por cercando Apatzingán el 4 de enero de este año. La feroz respuesta de los narcotraficantes mantuvo en estado de sitio a casi toda la región de Tierra Caliente. Se suspendieron las clases, se cancelaron los viajes y la gente apenas y se atrevía a salir de su casa. Los sicarios llegaron a amenazar a las familias de quemar la poca comida que aún tenían los mercados (la zona sufrió de desabastecimiento de alimentos y gasolina). El enfrentamiento abierto obligó al Gobierno mexicano a anunciar el Plan para la Seguridad y Desarrollo Social de Michoacán.

A cuatro meses del inicio del operativo, Michoacán ha mantenido la temperatura, pero no ha vuelto a romper en hervor. El Gobierno de Enrique Peña Nieto nombró a Alfredo Castillo, uno de los más peñanietistas de su Gabinete, comisionado para Michoacán: el encargado de gestionar la estrategia de la presidencia en la zona. En solo cuatro meses han muerto el fundador, el todopoderoso Nazario Moreno El Chayo, y otro de los principales líderes de Los Templarios, Enrique Kike Plancarte, un hombre encargado de gestionar las empresas destinadas al lavado de dinero y padre de dos hijos de decidida vocación artística: El Príncipe y la Princesa de la Banda respectivamente.

Melissa Plancarte, la Princesa, cantaba una oda a El Chayo. “Esos que me andan buscando / Les voy a dar una pista / Mis soldados son mis guerreros / Por un ideal dan la vida”, entona en un concierto que se puede buscar en YouTube.

Los michoacanos, los de un bando y los del otro, saben quiénes eran los responsables de la mafia. No hay pueblo donde no se conozca dónde vive, o vivía, el jefe de plaza: el encargado de llevar el crimen organizado en el sitio. Todos lo repiten: todos conocen a un extorsionado, a un amenazado. Y todos sabían, o al menos sospechaban, quiénes eran los culpables.

La llegada de los militares y los federales arrinconó a los narcotraficantes. Sicarios huían a pueblos vecinos de los ocupados por las autodefensas y dormían en la puerta de las casas de los habitantes. Contaban en febrero que El Chayo ya se había despedido de sus hombres mediante un comunicado de radio. El fundador de Los Templarios dejó su reino, Apatzingán, para esconderse en Arteaga, junto con el único líder superviviente: Servando Gómez La Tuta. La presencia del comisionado quitó de golpe la gestión del poder al Gobierno de Michoacán: el llamado “gabinete alterno”, que es en realidad una veintena de funcionarios federales que han reemplazado a los michoacanos en sus funciones, gestiona al menos un 95% del dinero enviado al estado.

Michoacán despertó la mañana del 9 de marzo de 2014 con la noticia de que había muerto El Chayo. De nuevo. “Ahora sí”. Muchos michoacanos intercambiaron mensajes, varios de ellos rebosantes de incredulidad. Datos aparecieron en las redes. El Chayo tenía una placa en la cabeza de metal, por ejemplo, informaba una publicación en Facebook. Otros empezaron a difundir supuestas imágenes del cuerpo. Una pareja en Apatzingán paseó de reojo por el sitio donde, en teoría, estaba el cadáver. Michoacán se ha convertido en una red de información y también de rumores.

El panorama permanece incierto. Las autodefensas han sufrido escisiones y dos de sus líderes han sido detenidos, pese a que sus comunidades insisten en su inocencia. Los civiles armados están convencidos de que Servando Gómez La Tuta se esconde no muy lejos de donde mataron a El Chayo. Reyna ha sido detenido por las autoridades e investigado por supuestos nexos con Los Templarios. Las autodefensas se niegan a dejar las armas a menos que se garantice que todos los líderes han sido capturados.

Los detalles sobre la muerte de Nazario Moreno El Chayo se han conocido poco a poco. El sanguinario líder de Los Templarios celebraba su cumpleaños número 44, que había sido el 8 de marzo. Un grupo de Parácuaro se presentó en la comida, que se extendió hasta las primeras horas del día siguiente. Los testigos cuentan que, cuando llegaron los federales, los pocos hombres que custodiaban al líder, sus soldados, salieron corriendo. Dicen que lo dejaron solo. Y así, solo, lo encontró, ahora sí, la muerte.