Orgullosamente #geek

En 1977, una pareja de novios conversaba en una calle en la Ciudad de México. Ella escuchaba atenta al chico, de 26 años, que le contaba sus desventuras mientras trabajaba su tesis para titularse como ingeniero químico (con mención honorífica, por cierto). Eligió hacer parte del trabajo utilizando la computadora de su universidad. Por computadora entendemos un salón de unos 10 metros cuadrados, con temperatura regulada, que hacía algunos cálculos rudimentarios y que funcionaba con tarjetas perforadas que se colocaban en un cuidadoso orden (si se desordenaban, se perdía el trabajo). Él estaba frustrado por trabajar así. Pero le contó a su chica (que estaba demasiado enamorada como para decirle que todo eso de las computadoras le sonaba a esperanto) que pronto habría una cosa que se llamaría Personal Computer, según había leído en la última edición de Scientific American. “Todos tendrán una computadora en su casa. Un día, tú tendrás una y desde ahí podrás enviarle recetas de cocina a tu madre”. Estoy hablando, como habrán adivinado, de mis padres.

Mi madre no cocinaba. Aprendió muchos años después, pero esa es otra historia.

Mi padre, desde entonces, ha mantenido una intensa relación amor-odio con las computadoras. Cuando era niña, hablaba siempre de los avances, de la manera en que iban a revolucionar nuestras vidas y solía llevar a mi hermano a las tiendas de tecnología que había entonces en México, en la calle de República de El Salvador. Aseguraba, sin dudarlo, que unos tipos -¡que tenían su edad!- estaban inventando aparatos que cambiarían nuestras vidas. Pero, de entre todos los creadores de Silicon Valley, la relación más curiosa la tenía con Steve Jobs.

Uno de mis primeros recuerdos es que nos llevó un domingo a una tienda Apple en el DF. Haciendo cálculos, debí de haber tenido unos cinco años. Y recuerdo que no le gustaba. Él, ingeniero químico, es un admirador de PC como los que ya no quedan. Recuerdo el día en que llegó la primera a mi casa: una flamante IBM 386 con Windows 3.11 para trabajo en grupo. Aunque ya tenía Windows (toda una excentricidad para 1992), nos enseñó a trabajar en MS-DOS. Sí, yo a los 11 años sabía teclear C:\CD\Windows\users\chapis, por ejemplo. Y mi padre estaba obsesionado porque aprendiera a utilizar la compu lo más pronto posible. Me hizo tomarme los tutoriales del Microsoft Works (sí, yo hice eso). Había cuatro programas: procesador de texto, hoja de cálculo, base de datos y comunicaciones. Este último no lo podía utilizar. Mi padre me explicó que era demasiado pronto, pero que esa herramienta me permitiría, algún día, enviar recetas de cocina a mi madre desde cualquier sitio.

Yo entonces tampoco cocinaba.

Mi padre disfrutaba al comprar sus PC. Como buen ingeniero, las diseñaba. Su procesador, su propio monitor, su memoria RAM. No le gustaba Apple. Decía que “eran productos que Steve Jobs creaba para él” y tampoco le gustaban las contadísimas opciones que dejaba Jobs para “picarle” cosas a su compu.

Llegué a la universidad y entonces me encapriché con una iBook. Mi padre se negó en redondo. Me enumeró cientos de razones por las que no debería comprar un producto Apple. La principal, que “no me permitía hacer los cambios que yo ‘necesitaba’”. Mis hermanos crecieron y se volvieron como él. “El mérito de Apple es que hace las computadoras accesibles a la gente como tú, que no sabe mucho de computadoras”, me suele decir entre risas mi hermano, matemático de profesión y propietario de una linda PC diseñada por él mismo. Fue mi madre la que me regaló mi primer producto Apple: un iPod nano blanco de 4 gigas (¡que todavía sirve!). Con el tiempo mi padre aceptó que respetaba el trabajo de Jobs, pese a que mantiene sus diferencias históricas.

Es verdad que Apple y Mac se han convertido en un sinónimo de un cierto gafapastismo-cool que lo hace hasta cierto punto repelente. Lo son. Sus productos son caros, elitistas y combustible para el consumismo: no te acabas de comprar el último (con mucho esfuerzo) cuando ya salió otro mejor.

Es verdad también que hacen barbaridades en sus fábricas en China. Aunque hay que decir que los demás productos tecnológicos de nuestro mundo occidental no los fabrican duendecillos con sueldos altos y prestaciones en factorías noruegas.

Pero creo que aún no se ha contado del todo bien la Gran Historia. Que no va de productos elitistas (también, pero es otro tema), sino de cómo un grupo de jóvenes convirtió aquel gigantesco aparato que sólo funcionaba en cuartos de 10 metros cuadrados con temperatura controlada en el invento por el que yo puedo escribir esto y ustedes, leerlo. Jobs fue sólo uno de esa generación, aunque es muy probable que sea el más mediático. Por alguna razón (e irónicamente) su legado nos han convertido en amantes de lo inmediato y se nos olvida algo que ocurrió hace unos cuantos años. La tecnología ha hecho que yo, a mis treintaytantos, tenga recuerdos que parecen de anciana. Quizá, como los grandes momentos de la historia, habrá que esperar para contar esta revolución y valorarla.

Mi madre me envió un mensaje la mañana del 6 de octubre de 2011, a las 6.32 horas de Madrid, desde su casa en México. “Murió Steve Jobs a los 56 años. Qué joven”, decía. No me dijo nada de mi padre, pero seguro que él prefería que me enviara una receta de cocina.

Epílogo: Aprendí a cocinar. Hoy hice pollo teriyaki, bajo las instrucciones de un querido amigo chef, un salvadoreño que conocí en Morelia (otra historia), que me tuteló por Skype. El tiempo le dio a mi padre la razón.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s