Don Benjamín

Escribí este texto el 9 de julio de 2008, en mi primera semana en la redacción de Miguel Yuste de El País, en Madrid. Los becarios somos como floreros los primeros días, así que de la ociosidad comencé a escribir y me acordé de mi abuelo materno, Benjamín García del Ángel, veracruzano, historiador y lector, y del que heredé el vicio de preguntar y aprender.

 

Don Benjamín coleccionaba historias. Solía llevar sombrero y guayabera, como buen veracruzano. Él había nacido allá por 1909, un suspiro antes de la Revolución Mexicana. Su familia, porfirista, era de las más respetadas de la Huasteca. La lucha armada no les hizo justicia, y lo único que no les quitó la guerra fue el supuesto abolengo.

Al cumplir 20 años, se hizo vasconcelista. Hizo campaña por don José, pero la democracia era rehén de unos soldados. Era 1929. El año en que nació el PRI.
Don Benjamín nunca hablaba de esos días en primera persona. Siempre a través de terceros. Saltaban nombres, fechas, anécdotas. Siempre “nosotros” o “ellos”. Nunca “yo”. Relataba que entonces fue que comenzó a apasionarse por los hechos. No sólo los que ocurrían en México, sino en lo que pasaba en todos lados. Igual hablaba del día en que por una radio de transistores se enteró que un tal Hitler había asumido el poder en Alemania. O el periódico que leyó el día en que al mismo personaje se le ocurrió invadir Polonia. Hablaba de un joven alemán que había conocido en Tampico, que había perdido la oportunidad de regresar a su país por estar en un barco con la bandera errónea en aguas enemigas. (Hacía unos días que México había declarado la guerra al Tercer Reich. “Y Hitler tembló”, apuntaba con sarcasmo).
Decía que los periódicos hablaban de unos campos a los que se llevaban a los judíos, pero que la mayoría rechazaba aquellos rumores “exagerados” que hablaban de un exterminio sistemático. Por las noches era posible escuchar a las estaciones de radio de EE UU, contaba. Así fue como se enteró de que un día a los japoneses se les ocurrió atacar Hawai. Recordaba que los periódicos decían, por allá de 1942, que Stalingrado caería en cualquier momento. Hablaba con pasión de cada una de las batallas del Pacífico y su relato favorito era el de un 6 de junio, el día en que los aliados invadieron Europa. “Tres millones de soldados, la operación militar más grande que se ha visto jamás”. Devoraba periódicos y escuchaba la radio. Cuando conocía a alguien, le preguntaba por lo que pensaba al respecto. “Y no te creas que todos apoyaban a los aliados. Acá [en México] había más de uno a quien Hitler no le parecía mal. Seguramente ni sabían de qué iba”, recordaba.

Para cuando terminó la guerra, él ya se había casado. Pero el hábito se había mantenido. Él mantuvo el vicio de leer, escuchar, preguntar y aprender. Así relataba todos y cada uno de los grandes acontecimientos históricos de su tiempo. Los mexicanos y los extranjeros. Siempre hacía por conocer a un español que le contara de cómo había sido la huida que le había llevado a México o al inglés que le daba una airada opinión sobre Winston Churchill.

Siempre tenía dos periódicos en la mesa, no se perdía su programa de radio. Para cuando llegó la tele, elegía el noticiero que conducía Lolita Ayala. Le gustaba aquello de que las mujeres comenzaran a trabajar en igualdad que los hombres. Así se enteró del día en que Fidel Castro se convirtió en el mandamás de Cuba. Siguió día a día aquellos días de octubre de 1962 que mantuvieron al mundo en hilo y apostó a que la temida guerra no comenzaría. “Si hay una tercera guerra, será contra los chinos”, sentenció en aquellos días. Compró todos los periódicos que pudo el día en que mataron al presidente de Estados Unidos en Texas. Hablaba de aquel 68, en el que uno de sus hijos se unió a los manifestantes en contra del régimen. Y de cómo una casualidad le salvó de estar presente en la plaza de Tlatelolco aquel 2 de octubre. Vivió la primera crisis en México. Y la segunda. Y la tercera. De todos aquellos acontecimientos, guardaba los recortes del periódico. Tenía un viejo álbum en el que los pegaba con cuidado, ordenados por el nombre del diario y la fecha de su publicación, datos que apuntaba con su puño y letra.

Siempre hablaba de política, de noticias, de acontecimientos. Cuando viajaba, estudiaba obsesivamente cada uno de los datos del sitio. Al punto en que acababa conociendo más del lugar que sus anfitriones.

Un día se encontró con que era abuelo, y entonces halló un nuevo pasatiempo. Hablar de todo aquello. Ahora tenía una pequeña audiencia que escuchaba, interesada, todo lo importante que había ocurrido en el mundo. Los niños no sabían mucho de Blancanieves o Cenicienta pero sí de Reagan, Thatcher o Khomeini. De aquel singular grupo, disfrutaba con las preguntas de una de las niñas más pequeñas. “Tú eres la más mimada”, le decían los demás.

Sus hijos se repartieron por México y sus nietos, por el mundo. En cada una de las mudanzas, enviaba una carta en la que informaba al recién partido sobre todos los datos importantes sobre su nuevo lugar de residencia, sus costumbres, su historia, su cultura. Así iniciaba un intercambio misivo al que nunca falló, al igual que tuvo el cuidado de cada año, recordar todos sus cumpleaños. Aún cuando él ya rozaba la noventena.

No era un hombre que hablara demasiado sobre sus principios. Siempre eligió actuarlos. El mayor de ellos, la tolerancia. “Nunca sabes por lo que ha pasado una persona. Todos merecen el mismo respeto”.

Cuando sabía que se acercaba al final de su vida, se despidió de cada uno de ellos. A todos envió una carta de despedida, en la que no asomaba la menor amargura. Era un hombre que había vivido cosas duras, pero nunca hablaba de ellas. Por eso aquí tampoco se mencionan.

La muerte le encontró en uno de los últimos veranos del siglo XX. Mantuvo la lucidez hasta el final. En aquellos últimos días quiso ver a aquella nieta. “Siempre hay que escuchar a las personas. Todos tienen ideales y nadie tiene la razón absoluta”. Ella entonces estudiaba el primer año de periodismo.

Mi abuelo nunca supo de mis peripecias por este curioso mundo. A veces, cuando estoy triste, me anima pensar lo que diría si pudiera verme ahora, que han pasado diez años. Hoy me llamo AGENCIAS y estoy en la página 41*. Sé que habría recortado aquel pedacito que en realidad no relata nada demasiado importante. Y que habría disfrutado al apuntar, además de los datos ya mencionados, “Verónica”.

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Mi abuelo, don Benjamín García del Ángel, 1929.
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