La otra guerra de Michoacán

“Nos están atacando”.

Mi iPhone mostró el mensaje, parpadeó un momento y se volvió a apagar. No era la primera vez que llegaba de esa dirección. De hecho, tenía meses recibiéndolos. Yo llevaba unos pocos meses de haber vuelto a México cuando por una red social me contactó María Mariscal Magaña, regidora de Buenavista Tomatlán, que me enviaba con frecuencia avisos sobre lo que ocurría en Tierra Caliente, la región más violenta de Michoacán, su tierra y la mía.

Era octubre. María estaba en Apatzingán. Me había avisado desde primera hora que ese día un grupo de autodefensas intentaría entrar a la ciudad. El Ejército no les había permitido llegar armados. Les quitaron las armas y entraron a la ciudad para organizar un mitin en lo que, entonces, era el principal bastión de Los Caballeros Templarios, las tres palabras que habían asolado a Michoacán desde hacía, por lo menos, tres años.

“Nos están atacando” escribió escondida bajo un portal del centro de Apatzingán. Hacía solo unos segundos que un hombre había disparado con un lanzagranadas sobre los manifestantes, desarmados. “Aquí hay mujeres y niños”, me decía. El testimonio es secundado por compañeros muy valientes que estuvieron ahí ese día.

La violencia en Michoacán estaba permeada de silencio. Desde que me fui a España, en 2008, cada viaje a México iba acompañado de cenas en casa de mi abuela, en Quiroga, en las que se hablaba de lado de ese espantoso monstruo que lo impregnaba todo de un terror del que nadie se atrevía a hablar. Mi abuela, asustada, me repetía: “eres periodista, hija. Tienes que tener mucho cuidado. Si te equivocas… ay, ustedes los periodistas tienen que esforzarse mucho para no equivocarse”.

En una de esas visitas a Morelia me dijeron que no era verdad que habían matado a El Chayo, el fundador del cartel. Felipe Calderón, que para dolor nuestro es también michoacano, repetía que lo habían matado. Pero me lo decían, desde entonces, una y otra vez. “No es verdad. No es verdad. No es verdad”. A El Chayo lo mataron por segunda vez hace siete días.

Hacía también años de que en Morelia se hablaba de estos temas en voz baja. Tan bajito como un susurro, como si temieran que Dios les fuera a escuchar. Poco a poco fueron levantando la voz. Otra querida amiga, que había sido testigo de otro horrible crimen del que no se podía hablar, me dijo en León al borde de las lágrimas: “¿Pero qué hace falta? ¿Que nos maten a un ser querido a todos?”.

El sábado 4 de enero estaba de guardia en la redacción. Entre mis funciones estaba revisar los teletipos que llegaban a la mesa. Y leí uno: “Las autodefensas avanzan a Parácuaro, el décimo primer municipio en su poder”. Pensé que Michoacán tenía 113 municipios, y me dije: “Quizá estamos exagerando”.

Dicen que la ociosidad es la madre de todos los vicios, pero en mi caso, en ese momento, no fue así. Imprimí un mapa de Michoacán y comencé a buscar los municipios que las autodefensas controlaban entonces. Tepalcatepec. Buenavista Tomatlán. Aguililla. Chinicuila. Coalcomán. Aquila… Iluminé cada uno y entonces me di cuenta: Estaban a un paso de rodear Apatzingán. Fue la primera vez que supe que las autodefensas tenían una estrategia, y era la de llegar a Apatzingán, la ciudad que desde hace tanto tiempo tantos michoacanos sabíamos que era demasiado peligrosa.

En los siguientes días pasó todo. O casi todo. Mientras iluminaba mi mapa, leí que había caído una avioneta en la que viajaba “un líder autodefensa”. Lo busqué y leí el nombre: José Manuel Mireles.

El primer vídeo de Mireles lo había visto unos meses antes. Una amiga moreliana, de familia adinerada, me lo había enviado en junio. “Verónica, tienes que ver esto”. Lo vi y temblé. El hombre decía “Templario”, sin dudar. La palabra. Esa palabra. Lo mismo que todos temían decir. Su accidente me asustó. Leí que lo llevarían esa noche a Morelia a “un hospital privado sin identificar”. Solo para citar el dato: Morelia tiene DOS grandes hospitales privados. Pasó la noche y horas después, lo trasladaron a la Ciudad de México.

De esos diez días solo recuerdo un viaje a Morelia para avisar a mi familia que iría para allá, para Apatzingán. Mi madre (mi pobre má, una veracruzana a la que el amor llevó a Michoacán) se asustó. Avisé a la hermana menor de mi padre, que me quiere como a una hija. Y a mi red de amigos de toda la vida. “Voy para allá”, les dije.

Una mujer de Apatzingán me escuchó hablar por teléfono en el autobús. No había dicho una palabra de más, pero entendió al instante de lo que hablaba. “¿Habla del doctor Mireles, verdad?”. Por un momento temblé. En Michoacán estábamos acostumbrados a mirar de reojo quien te escuchaba desde hacía muchos años. Antes de que pudiera responder, se echó a llorar. “Mi madre está allá, tiene 80 años, no sabe qué hacer. Nos pone el teléfono cuando empiezan los tiros y yo no sé qué hacer. Le he dicho que se venga conmigo pero no quiere abandonar su casa. ‘¿Para qué, para encontrarnos a otros ahí cuando regrese?’, me dice. Ya no sé qué decirle. Ella conoció al doctor Mireles hace unos días y mi hermano también. Tenemos mucho miedo”, me dijo. Se negó a darme su nombre. Sonrió nerviosa. “Tú me entiendes”, me dijo.

El último municipio que faltaba a las autodefensas para cerrar el cerco sobre Apatzingán era Múgica (Nueva Italia). Avanzaron ahí ese sábado y los narcotraficantes respondieron aterrorizando aún más a la población civil. Atacaron las tiendas, los bancos, obligaron a las familias a que se encerraran en sus casas. El Gobierno anunció ese día que daría un anuncio importante en Morelia. Yo me fui a Michoacán esa misma noche.

En el autobus íbamos tres compañeros. Peleando por Wifi, en el momento en que cruzamos el límite entre el Estado de México y Michoacán perdimos el 3G. Uno de ellos me miró en complicidad. Sabíamos que entrábamos a una zona en conflicto.

Morelia, una de las ciudades más hermosas del país y el sitio en el que crecí, seguía haciendo como que no pasaba nada, como una de esas señoras bien que se niega a aceptar que el elefante está en la sala. Al anuncio del secretario de Gobierno asistieron las mismas personas a las que les había tomado tantas fotos cuando era una reportera de sociales. Ahí estaban.

La parte del viaje la describo mejor aquí. Solo me quedan los mensajes de mis amigas con las que jugaba en las salas de sus papás, la nostalgia de entrar a los mismos pueblos donde paseaba de niña y ahora verlos llenos de señores que portaban armas que sólo había visto en videojuegos. Y el recuerdo, el único recuerdo que casi me hizo llorar ahí: el señor, vestido humilde, que había gritado junto a los ataúdes que solo quería paz en Michoacán. Escribí el reportaje más largo que he hecho en mi vida en el estudio de la casa de mis padres, a un lado de uno de los cerros del Valle de Huandacareo, que rodea Morelia.

Y aquí es cuando ocurre algo impresionante. Todos comenzaron a hablar. La verdadera guerra de Michoacán se libró entonces en frentes muy lejanos a Apatzingán. Amigos que nadie identificaría como campesinos de Antúnez me lo decían: “Estamos hartos. A todos nos han matado a alguien”. Había pasado.

Mi nana, una señora de Quiroga a la que quiero como una segunda madre, me dijo: “Si aquí se han llevado a todos los niños, ya no sabemos qué hacer”. Mis amigas fresas del Valladolid, mis brillantes amigos michoacanos periodistas, que habían resistido un montón de amenazas que no contaré porque no es este el sitio, que iban por una vez a decirlo. Estamos hartos. Nos da igual. No podemos más.

Mi familia se asustó. Mis amigos se enorgullecieron. Y la gente paró de callar. La gran victoria de todo lo que ha pasado es que ahora todos (desde el empresario más rico de Morelia hasta el campesino más pobre de Antúnez) lo reconocen. Fuimos víctimas. Todos conocemos a un muerto, a un extorsionado, a un amenazado. Y se acabó.

A María no la conocí en persona. La conocía por sus fotos de Facebook y sus confesiones de complicidad femenina de que estaba embarazada y estaba muy emocionada por “el huerco” que iba a llegar pronto. Solo la vi en la portada de Reforma el 11 de diciembre de 2013. La habían secuestrado y nadie sabía nada de ella.

Me gustaría pensar que ella está bien. Por los tiempos, el huerco ya debería de haber nacido. Me duele no saberlo. Y me duele todo lo que ha ocurrido.

Al menos ganamos una pequeñísima victoria. Ya no hay silencio. Todos hablan del elefante en la sala. Y así son las guerras: el cobarde es más cobarde; el mentiroso, más mentiroso; el malo, más malvado, y el valiente, más valiente. Recordé un pasaje de El Quijote, que a mi padre michoacano le gusta tanto citar:

“Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede”.

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6 comentarios en “La otra guerra de Michoacán

  1. Saludos,

    Gracias por tu aportacion.

    Como michoacano radicado en Ciudad Juarez, vaya paradoja, me da cierta esperanza leer lo que escribes, se que no hay punto de comparacion entre lo que vivimos en la frontera y lo que ocurre en nuestro estado pero la verdad es que me hubiera gustado que aca la gente hubiera reaccionado de la misma manera que los michoacanos lo hicieron cuando vivimos la nefasta y sangrienta lucha del 2008 al 2011.

    A pesar de las luchas y los esfuerzos al final solo nos van a quedar los muertos y los recuerdos de lo que fuimos, puedo decirte que de esa ciudad de bonanza y riqueza que fue Juarez ya no queda nada, dicen que vamos mejorando pero la mejora se mide por el numero de antros que han abierto y honestamente eso yo no creo que sea mejorar, me da miedo que eso ocurra en Michoacan, que ya nada vuelva a ser igual y esta ola de violencia termine con muchas cosas.

    Comparto contigo la comparacion que haces de la ciudad de Morelia en relacion al resto de las poblaciones del estado, sin embargo, creo que a veces es mas grave la indiferencia de cada uno de nosotros.

    Saludos y gusto en leerte.

    Eduardo Salmeron Dimas
    Ciudad Juarez, Chihuahua

  2. me conmovió mucho el reportaje, me sentí en la zona de guerra, me identifique mucho con lo que está pasando en el estado. Acá en el Estado de México también vivimos una realidad muy parecida, pero nadie habla de lo que sucede, acá ya no es un elefante blanco, si no toda una manada, pero nadie la quiere ver, diariamente vivimos bajo el yugo de la delincuencia en todos sus ámbitos, no somos libres de caminar por las calles por temor a ser asaltados, violados, secuestrados o muertos, diariamente se oye de esto, ya sea que pasó en el transporte público, en una casa, en los micro-negocios, en la calle.
    En lo particular, me da miedo subir al transporte público, pues he sido víctima de la delincuencia y no es sólo el grito: “Hijos de la chingada, ya valieron madres!”, si no ya es con arma de fuego, cortan cartucho y directamente amenazan con matar, ya sea con poner el arma en la cabeza o en el cuerpo.
    De verdad es muy estremecedor vivir bajo el miedo, la frustración, la incertidumbre que la violencia crea

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