Tengo una confesión

Tengo una confesión. Hay gente que le tiene miedo a las arañas, a los perros, a los insectos, a las alturas. Yo le temo a los escritores. Y lo digo con mucho respeto. En serio. Es más: creo que es hasta un cumplido. Los escritores me imponen. Me dan miedo.

Comencé mi carrera en las fuentes “rosas” -moda, sociales, gastronomía, viajes-. A las semanas de haber sido contratada, Alicia Sosa, una veterana fotógrafa de El Sol de Morelia, me dio uno de los mejores consejos que me han dado en mi carrera: “A partir de ahora serás la sobrina perdida de medio Morelia. Te llamarán. Te sonreirán. Te invitarán a sus casas. Pero nunca te olvides que, cuando te ven, en realidad están viendo al periódico. Y nada más. En el minuto en que dejes de trabajar en un diario se olvidarán de ti”.

Unos años después, la llegada de una nueva dirección al periódico en que trabajaba me empujó al periodismo cultural. Yo no tenía experiencia para gestionar un equipo, no tenía contactos suficientes para ponerlo en marcha, y, por decir lo menos, era muy inexperta. Estaba verde. Además atravesaba uno de los peores años de mi vida, aunque ese no es el tema.

El asunto es que entré al mundillo cultural mexicano como elefante en cacharrería. Terminé en el lapso de un año en fiestas con excéntricos personajes que me bendecían en italiano bajo el estruendo de música cubana a medianoche; en cenas donde se discutían los sórdidos detalles de un affaire secretísimo entre personas importantísimas; en coches con un señor de voz grave y talento inabarcable que arengaba a salir a la noche al grito de “¡Vamos a la vida!”. Monsiváis fungió de mi Celestino con un viejo amor y Pacheco se puso de pie para saludarme de beso. Lo sé. He tenido mucha suerte.

Pero acabé agotada. Los escritores que antes habían permanecido inmóviles, impresos en las tapas de libros en mi habitación, ahora habían invadido mi vida. Sus guerras internas, sus chismes, sus peleas comenzaron a minarme. Para hacerles el cuento corto: trabajé un año más en Guadalajara en una fuente similar y después partí a Madrid. Tras un brevísimo paso por Cultura (bajo la mano de Borja Hermoso, mi primer jefe en El País, que además de talentoso fue un encanto conmigo), aterricé, por fin, en mi sección favorita. Mi Ítaca periodística, Internacional.

A mi vuelta en México tras seis añorados años en España, me di cuenta de que poco (o nada) ha cambiado. Cuévano sigue siendo Cuévano y la gente sigue yendo a Comala porque les dicen que ahí vivía su padre, un tal Pedro Páramo. Pero sépanlo: Cuévano y Comala existen, y son territorio de escritores. Y también zonas de conflicto. No digo que no existan reyertas en España (que las hay también, aunque con una manera distinta de enfrentarse. Ahora que lo pienso, mejor dicho: enfrentándose), o que no haya grillas periodísticas. Pero entre periodistas, con todo, nos conocemos y somos muy gremiales al fin y al cabo. Los escritores son otra cosa.

Los escritores se esconden en cafés y bares (muchos bares) y se saludan entre sí. Se miran de una mesa a otra y, algunas veces, se tratan como mafias rivales. Los de X editorial, los de la revista Y… Entre los jóvenes, la mitad piensa que Bolaño es un autor sobrevalorado elevado a los altares por los hipster europeos. La otra mitad lo adora: conoce a alguien que lo conoció. La línea de separación entre enemigos es muy fina, y en cualquier momento, de improvisto, puede explotar una granada.  Una mala crítica literaria es capaz de provocar un estallido nuclear.

Y la FIL. Ah. LA FIL.

Mientras caminaba esta mañana pensaba que es curioso que la Feria Internacional del Libro más importante en habla hispana, la hoguera de las vanidades de los escritores mexicanos, se celebre en una ciudad tan tradicional, jerárquica y clasista como Guadalajara. La cita es el Springbreak anual para los jóvenes autores (su ritmo de fiestas es absolutamente agotador) y el Gran Congreso Jedi de los veteranos.

Los escritores que rondan por los pasillos de la FIL caminan con el mismo ritmo de los autodefensas en Parácuaro. Créanme. He estado en los dos sitios. Pero en Guadalajara los autores no enseñan sus AK-47. Sus armas están mucho más escondidas. Cruzan sonrisas y vuelan los puñales. Este diciembre, mi encuentro con un fantasma del pasado me dejó con tan mal cuerpo que habría estado más cómoda en Apatzingán. Y me escurrí por las esquinas con la esperanza de no toparme con un personaje muy desagradable que presentaba un libro. Leí su nombre en un cartel y temblé. Se los juro, a ese le tengo miedo. El equipo de las editoriales mira a los periodistas en complicidad. Los salones, los brindis, la moqueta lo ocultan. Pero lo sabemos: pisamos una zona de conflicto. Muchos de los escritores que apenas volteaban a verme cuando era sólo una “joven promesa” (JA) ahora me saludan como si fuéramos amigos de toda la vida. Recuerdo siempre lo que me dijo Alicia Sosa. Y lo vuelvo a decir: uno de los mejores consejos que me han dado en mi vida.

Ojo, que no todo es feo ni maldad. Hay algunos escritores talentosos (aunque el talento va de mano con la excentricidad), muy educados e incluso muy generosos. Los que están curtidos en ese mundo y te guían como el fixer que conduce a un corresponsal extranjero en Kabul. Eso sí, para ellos (o muchos de ellos) somos el que sigue en la cadena alimenticia. Un periodista que escribe un libro es eso: un periodista que escribe un libro. Nunca un escritor.

Y bueno, las fiestas. Los mismos chismes, la misma gente, y hasta algunos comentarios envenenados. Pero hubo más de los buenos, eh. Disfruté mucho mi “comeback FIL”, pero les soy honesta: no veía la hora de regresar. En el avión de vuelta de Guadalajara asomé la ventanilla y fue la primera vez en estos meses en que sentí por el DF lo que ya sentía en Madrid. Llegué. Sí, el tráfico fue espantoso, tardé dos horas en llegar a casa, la ciudad estaba más ruidosa que nunca y la contaminación hizo que no parara de estornudar. Pero ya era territorio seguro. Al menos el mío. Y aquí, vuelvo a que los escritores me acompañen a la cama pero sólo en los libros que lucen en mi habitación. Muchos de ellos ya desde la pantalla de un Kindle. Que conste que se los dije, era una confesión. Le temo a los escritores, sobre todo cuando andan sueltos.

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