Archivos Mensuales: marzo 2014

Mi sobrina, la escritora

En una cena, un periodista cultural, me dijo que yo era “letra herida”.

Yeretzi es la hija mayor de mi prima Mayra Terreros, hija de mi tía Chabela, prima de mi madre, que se crió con ella desde niña. Otra historia.

A Yeretzi la conocí de bebita. Mayra se casó muy joven y ahora es la guapísima madre de tres pequeñas. Yeretzi es la mayor.

En mi vuelta  a México, en un viaje interminable al sur de la ciudad, asistí a su cumpleaños número 13. Ocurre que Yeretzi es adolescente, que le gusta leer y que lo pasa un poco mal con sus compañeros de la secundaria. A ella le gusta leer y no le gusta Justin Bieber, y eso no es muy aceptado.

En su comida de cumpleaños, quería estar al lado de mí para confesarme, con orgullo: “Tía, a mí me encanta la literatura, pero los demás me ven rara”. Le pregunté a qué quería dedicarse de grande y me dijo: “Yo quiero estudiar historia del arte y ser escritora, pero de LIBROS”, apuntó. Miren si tendrá sangre de escritora, que desde pequeña sabe distinguir entre los periodistas que escribimos libros y los escritores.

Ayer me pidió que revisara su reseña de Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco.
Después de algunos consejos de su tía, la periodista, decidió hacer algunos cambios, que opino vale la pena compartir.

 Transcribo el texto con el permiso de la autora.

A mí el libro de “Las batallas en el desierto” se me hizo un libro muy interesante, pulcramente relatado y sobre todo muy atrapador, ya que con cada hoja que vas leyendo te interesas más y más por el siguiente capítulo, es un libro muy rápido de leer y sencillo de entender, y como dicen “al buen entendedor, pocas palabras”.
Yo en lo personal recomendaría el libro, aunque no es uno de mi colección de libros predilectos, ya que creo que le falto un poco más de narración al final de cómo iban cambiando las edificaciones, costumbres, tecnología, etcétera.
No soy yo la persona ideal para juzgar el libro de un escritor como José Emilio Pacheco, pero yo en mi opinión le pondría de calificación al libro un: 9.
Bueno, en general supongo que el libro está bien solo que, todo iba muy bien todo relatado perfectamente y luego al final solo acaba en algo muy corto, como y el México de ahora nunca volverá a ser como el de antes, y si ella viviera tendría 70 años, siento que fue un final muy sencillo para tan buen relato.

Creo que resume el sentimiento de un buen lector. “Todo iba bien y se acabó”. Resume la letra herida de los que no queremos terminar un libro y nos desvelamos leyendo un poquito del siguiente capítulo, y que cuando vemos que quedan pocas hojas, queremos seguir más. Lo dicho, las letras hieren. Ojalá los buenos libros no acabasen nunca.

Orgullosamente #geek

En 1977, una pareja de novios conversaba en una calle en la Ciudad de México. Ella escuchaba atenta al chico, de 26 años, que le contaba sus desventuras mientras trabajaba su tesis para titularse como ingeniero químico (con mención honorífica, por cierto). Eligió hacer parte del trabajo utilizando la computadora de su universidad. Por computadora entendemos un salón de unos 10 metros cuadrados, con temperatura regulada, que hacía algunos cálculos rudimentarios y que funcionaba con tarjetas perforadas que se colocaban en un cuidadoso orden (si se desordenaban, se perdía el trabajo). Él estaba frustrado por trabajar así. Pero le contó a su chica (que estaba demasiado enamorada como para decirle que todo eso de las computadoras le sonaba a esperanto) que pronto habría una cosa que se llamaría Personal Computer, según había leído en la última edición de Scientific American. “Todos tendrán una computadora en su casa. Un día, tú tendrás una y desde ahí podrás enviarle recetas de cocina a tu madre”. Estoy hablando, como habrán adivinado, de mis padres.

Mi madre no cocinaba. Aprendió muchos años después, pero esa es otra historia.

Mi padre, desde entonces, ha mantenido una intensa relación amor-odio con las computadoras. Cuando era niña, hablaba siempre de los avances, de la manera en que iban a revolucionar nuestras vidas y solía llevar a mi hermano a las tiendas de tecnología que había entonces en México, en la calle de República de El Salvador. Aseguraba, sin dudarlo, que unos tipos -¡que tenían su edad!- estaban inventando aparatos que cambiarían nuestras vidas. Pero, de entre todos los creadores de Silicon Valley, la relación más curiosa la tenía con Steve Jobs.

Uno de mis primeros recuerdos es que nos llevó un domingo a una tienda Apple en el DF. Haciendo cálculos, debí de haber tenido unos cinco años. Y recuerdo que no le gustaba. Él, ingeniero químico, es un admirador de PC como los que ya no quedan. Recuerdo el día en que llegó la primera a mi casa: una flamante IBM 386 con Windows 3.11 para trabajo en grupo. Aunque ya tenía Windows (toda una excentricidad para 1992), nos enseñó a trabajar en MS-DOS. Sí, yo a los 11 años sabía teclear C:\CD\Windows\users\chapis, por ejemplo. Y mi padre estaba obsesionado porque aprendiera a utilizar la compu lo más pronto posible. Me hizo tomarme los tutoriales del Microsoft Works (sí, yo hice eso). Había cuatro programas: procesador de texto, hoja de cálculo, base de datos y comunicaciones. Este último no lo podía utilizar. Mi padre me explicó que era demasiado pronto, pero que esa herramienta me permitiría, algún día, enviar recetas de cocina a mi madre desde cualquier sitio.

Yo entonces tampoco cocinaba.

Mi padre disfrutaba al comprar sus PC. Como buen ingeniero, las diseñaba. Su procesador, su propio monitor, su memoria RAM. No le gustaba Apple. Decía que “eran productos que Steve Jobs creaba para él” y tampoco le gustaban las contadísimas opciones que dejaba Jobs para “picarle” cosas a su compu.

Llegué a la universidad y entonces me encapriché con una iBook. Mi padre se negó en redondo. Me enumeró cientos de razones por las que no debería comprar un producto Apple. La principal, que “no me permitía hacer los cambios que yo ‘necesitaba’”. Mis hermanos crecieron y se volvieron como él. “El mérito de Apple es que hace las computadoras accesibles a la gente como tú, que no sabe mucho de computadoras”, me suele decir entre risas mi hermano, matemático de profesión y propietario de una linda PC diseñada por él mismo. Fue mi madre la que me regaló mi primer producto Apple: un iPod nano blanco de 4 gigas (¡que todavía sirve!). Con el tiempo mi padre aceptó que respetaba el trabajo de Jobs, pese a que mantiene sus diferencias históricas.

Es verdad que Apple y Mac se han convertido en un sinónimo de un cierto gafapastismo-cool que lo hace hasta cierto punto repelente. Lo son. Sus productos son caros, elitistas y combustible para el consumismo: no te acabas de comprar el último (con mucho esfuerzo) cuando ya salió otro mejor.

Es verdad también que hacen barbaridades en sus fábricas en China. Aunque hay que decir que los demás productos tecnológicos de nuestro mundo occidental no los fabrican duendecillos con sueldos altos y prestaciones en factorías noruegas.

Pero creo que aún no se ha contado del todo bien la Gran Historia. Que no va de productos elitistas (también, pero es otro tema), sino de cómo un grupo de jóvenes convirtió aquel gigantesco aparato que sólo funcionaba en cuartos de 10 metros cuadrados con temperatura controlada en el invento por el que yo puedo escribir esto y ustedes, leerlo. Jobs fue sólo uno de esa generación, aunque es muy probable que sea el más mediático. Por alguna razón (e irónicamente) su legado nos han convertido en amantes de lo inmediato y se nos olvida algo que ocurrió hace unos cuantos años. La tecnología ha hecho que yo, a mis treintaytantos, tenga recuerdos que parecen de anciana. Quizá, como los grandes momentos de la historia, habrá que esperar para contar esta revolución y valorarla.

Mi madre me envió un mensaje la mañana del 6 de octubre de 2011, a las 6.32 horas de Madrid, desde su casa en México. “Murió Steve Jobs a los 56 años. Qué joven”, decía. No me dijo nada de mi padre, pero seguro que él prefería que me enviara una receta de cocina.

Epílogo: Aprendí a cocinar. Hoy hice pollo teriyaki, bajo las instrucciones de un querido amigo chef, un salvadoreño que conocí en Morelia (otra historia), que me tuteló por Skype. El tiempo le dio a mi padre la razón.

El 33 (Recuerdos de una mexicana en el #15M)

Este texto lo escribí volviendo de la primera gran manifestación del 15M, la de “No nos vamos”, en Madrid, el 18 de marzo de 2011. Todavía recuerdo los gritos y la sensación de estar ahí. Ese día creo que me volví un poco madrileña.

El artículo 33 de la Constitución Mexicana marca que ningún extranjero puede tomar parte de alguna manifestación pública sobre la política interna del país. Tal cual. La ley es tan popular que es común que alguna vez se bromee con “hay que aplicarle a ese gringo el 33”. Lo curioso de las leyes (tan repetidas y promovidas por ese régimen mutante que fue el PRI) es que hay algunas que están tan, pero tan metidas en tu sociedad que simplemente las asumes. Sabes que eso-no-se-hace. Así que cuando me mudé a España, me ponía nerviosa hablar de la política de mis anfitriones.

Recordé el artículo 33 (y mi relación con él) cuando José Luis Rodríguez Zapatero ganó las elecciones generales de marzo de 2008. Yo llevaba apenas dos meses en España. Un amigo mexicano y yo acabamos con los compañeros de mi máster a las puertas de la sede del PSOE en Madrid. Recuerdo los gritos (“ista, ista, ista, España es socialista”) y que vi a algunos que agitaban banderas de la UE. Ha pasado el tiempo.

También recordé el 33 cuando la monumental crisis económica cayó encima. Cuando Zapatero negó una y otra y otra vez que España fuera a sufrir de crisis. O que las cifras de paro iban a aumentar. O que el crecimiento se detendría. O que España no necesitaría ningún rescate. (Cosa que no ha pasado, pero hay una regla que aprendí cuando mi país se enfrentó a ese rosario de crisis económicas: Escucha todo lo que diga el Gobierno, ocurrirá exactamente lo contrario). Y también me acordé del 33 cuando el Partido Popular acusó a Zapatero de todos los males de España, como si el país hubiera elegido meterse a esa enorme burbuja solo. La incapacidad para asumir una responsabilidad compartida me rebasa.

Hay días que abro el diario y veo los escandalosos casos de corrupción en toda España: aeropuertos fantasmas, filas y filas de edificios vacíos y políticos con hábitos que rozan la cleptomanía. Las espantosas cifras de desempleo y los escandalosos sueldos de los CEO de las principales empresas. No hace ni un mes que Telefónica, una de las mayores empresas de España, anunció un recorte de personal y ya trascendió que su CEO se llevará a la bolsa 8,6 millones de dólares. Y cuando leo todo esto, me acuerdo del 33.

Hay quien dice que las manifestaciones desprecian la democracia. No faltarán los radicales, pero creo que todos deben ir a votar. Aun sea en blanco. La democracia cuesta y es cara. Nadie debería olvidarlo. Tampoco veo un lado demasiado romántico en las protestas. Es muy evidente que no hay una organización ni exigencias concretas y eso es peligroso. Pero lo que es verdad es que fui y no vi ni hordas de jóvenes borrachos/drogados, ni policías que impidieran el paso. Todo fue tranquilo, al menos hasta la hora en que me fui. Los que dicen que las protestas dañan la democracia no tienen idea de que la democracia más vieja del mundo, Estados Unidos, se basa precisamente en esta libertad. (O al menos el Estados Unidos que yo conocía, no sé qué tanto queda de eso). Le llaman primera enmienda, y garantiza el que, hasta no hace mucho, era el valor más alto de la sociedad de Estados Unidos: la libertad de expresión. El país en que podías quemar una bandera enfrente de la Casa Blanca y, legalmente, no se te podía juzgar. (Ahora, también tienes la libertad de comprarte una pistola y pegarle un tiro a alguien con el pretexto de que defiendes tu propiedad privada… en fin, que la cosa viene con defectos).

Sea como sea, hoy fui a Sol. Mi teléfono desfalleció por la batería así que lo único que hice fue tomar notitas en una libreta para un posible reportaje. No canté ni una consigna. Fui como periodista y mexicana. Sí, la del 33. Aunque debo decir que, si todo sale bien, a partir de este año comenzaré a pagar impuestos al Estado Español. Y en un tiempo más (si es que el PP no tiene otros planes), podré votar en las elecciones de ayuntamientos. ¡Y entonces se van a enterar!

Don Benjamín

Escribí este texto el 9 de julio de 2008, en mi primera semana en la redacción de Miguel Yuste de El País, en Madrid. Los becarios somos como floreros los primeros días, así que de la ociosidad comencé a escribir y me acordé de mi abuelo materno, Benjamín García del Ángel, veracruzano, historiador y lector, y del que heredé el vicio de preguntar y aprender.

 

Don Benjamín coleccionaba historias. Solía llevar sombrero y guayabera, como buen veracruzano. Él había nacido allá por 1909, un suspiro antes de la Revolución Mexicana. Su familia, porfirista, era de las más respetadas de la Huasteca. La lucha armada no les hizo justicia, y lo único que no les quitó la guerra fue el supuesto abolengo.

Al cumplir 20 años, se hizo vasconcelista. Hizo campaña por don José, pero la democracia era rehén de unos soldados. Era 1929. El año en que nació el PRI.
Don Benjamín nunca hablaba de esos días en primera persona. Siempre a través de terceros. Saltaban nombres, fechas, anécdotas. Siempre “nosotros” o “ellos”. Nunca “yo”. Relataba que entonces fue que comenzó a apasionarse por los hechos. No sólo los que ocurrían en México, sino en lo que pasaba en todos lados. Igual hablaba del día en que por una radio de transistores se enteró que un tal Hitler había asumido el poder en Alemania. O el periódico que leyó el día en que al mismo personaje se le ocurrió invadir Polonia. Hablaba de un joven alemán que había conocido en Tampico, que había perdido la oportunidad de regresar a su país por estar en un barco con la bandera errónea en aguas enemigas. (Hacía unos días que México había declarado la guerra al Tercer Reich. “Y Hitler tembló”, apuntaba con sarcasmo).
Decía que los periódicos hablaban de unos campos a los que se llevaban a los judíos, pero que la mayoría rechazaba aquellos rumores “exagerados” que hablaban de un exterminio sistemático. Por las noches era posible escuchar a las estaciones de radio de EE UU, contaba. Así fue como se enteró de que un día a los japoneses se les ocurrió atacar Hawai. Recordaba que los periódicos decían, por allá de 1942, que Stalingrado caería en cualquier momento. Hablaba con pasión de cada una de las batallas del Pacífico y su relato favorito era el de un 6 de junio, el día en que los aliados invadieron Europa. “Tres millones de soldados, la operación militar más grande que se ha visto jamás”. Devoraba periódicos y escuchaba la radio. Cuando conocía a alguien, le preguntaba por lo que pensaba al respecto. “Y no te creas que todos apoyaban a los aliados. Acá [en México] había más de uno a quien Hitler no le parecía mal. Seguramente ni sabían de qué iba”, recordaba.

Para cuando terminó la guerra, él ya se había casado. Pero el hábito se había mantenido. Él mantuvo el vicio de leer, escuchar, preguntar y aprender. Así relataba todos y cada uno de los grandes acontecimientos históricos de su tiempo. Los mexicanos y los extranjeros. Siempre hacía por conocer a un español que le contara de cómo había sido la huida que le había llevado a México o al inglés que le daba una airada opinión sobre Winston Churchill.

Siempre tenía dos periódicos en la mesa, no se perdía su programa de radio. Para cuando llegó la tele, elegía el noticiero que conducía Lolita Ayala. Le gustaba aquello de que las mujeres comenzaran a trabajar en igualdad que los hombres. Así se enteró del día en que Fidel Castro se convirtió en el mandamás de Cuba. Siguió día a día aquellos días de octubre de 1962 que mantuvieron al mundo en hilo y apostó a que la temida guerra no comenzaría. “Si hay una tercera guerra, será contra los chinos”, sentenció en aquellos días. Compró todos los periódicos que pudo el día en que mataron al presidente de Estados Unidos en Texas. Hablaba de aquel 68, en el que uno de sus hijos se unió a los manifestantes en contra del régimen. Y de cómo una casualidad le salvó de estar presente en la plaza de Tlatelolco aquel 2 de octubre. Vivió la primera crisis en México. Y la segunda. Y la tercera. De todos aquellos acontecimientos, guardaba los recortes del periódico. Tenía un viejo álbum en el que los pegaba con cuidado, ordenados por el nombre del diario y la fecha de su publicación, datos que apuntaba con su puño y letra.

Siempre hablaba de política, de noticias, de acontecimientos. Cuando viajaba, estudiaba obsesivamente cada uno de los datos del sitio. Al punto en que acababa conociendo más del lugar que sus anfitriones.

Un día se encontró con que era abuelo, y entonces halló un nuevo pasatiempo. Hablar de todo aquello. Ahora tenía una pequeña audiencia que escuchaba, interesada, todo lo importante que había ocurrido en el mundo. Los niños no sabían mucho de Blancanieves o Cenicienta pero sí de Reagan, Thatcher o Khomeini. De aquel singular grupo, disfrutaba con las preguntas de una de las niñas más pequeñas. “Tú eres la más mimada”, le decían los demás.

Sus hijos se repartieron por México y sus nietos, por el mundo. En cada una de las mudanzas, enviaba una carta en la que informaba al recién partido sobre todos los datos importantes sobre su nuevo lugar de residencia, sus costumbres, su historia, su cultura. Así iniciaba un intercambio misivo al que nunca falló, al igual que tuvo el cuidado de cada año, recordar todos sus cumpleaños. Aún cuando él ya rozaba la noventena.

No era un hombre que hablara demasiado sobre sus principios. Siempre eligió actuarlos. El mayor de ellos, la tolerancia. “Nunca sabes por lo que ha pasado una persona. Todos merecen el mismo respeto”.

Cuando sabía que se acercaba al final de su vida, se despidió de cada uno de ellos. A todos envió una carta de despedida, en la que no asomaba la menor amargura. Era un hombre que había vivido cosas duras, pero nunca hablaba de ellas. Por eso aquí tampoco se mencionan.

La muerte le encontró en uno de los últimos veranos del siglo XX. Mantuvo la lucidez hasta el final. En aquellos últimos días quiso ver a aquella nieta. “Siempre hay que escuchar a las personas. Todos tienen ideales y nadie tiene la razón absoluta”. Ella entonces estudiaba el primer año de periodismo.

Mi abuelo nunca supo de mis peripecias por este curioso mundo. A veces, cuando estoy triste, me anima pensar lo que diría si pudiera verme ahora, que han pasado diez años. Hoy me llamo AGENCIAS y estoy en la página 41*. Sé que habría recortado aquel pedacito que en realidad no relata nada demasiado importante. Y que habría disfrutado al apuntar, además de los datos ya mencionados, “Verónica”.

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Mi abuelo, don Benjamín García del Ángel, 1929.

El amor en los tiempos del tuit

1. Los fantasmas rondan por el mundo virtual. Los ahuyento cuando hago clic en bloquear.

2. Ese amor era más falso que una foto de Instagram.

3. Todo empezó a ir mal cuando a los recuerdos los empezamos a etiquetar. En Facebook.

4. No me etiquetes a menos que te dé mi autorización.

5. Dejé muchos recuerdos en una cuenta de Hotmail. Mejor que se los quede Bill Gates.

6. Me ganaste al primer fav.

7. Le iba a enviar mi cariño, pero se cayó GMail.

8. El que inventó la alerta de “leído” en el Whatsapp odia al mundo. Si las cartas de papel hubieran avisado al remitente que ya se habían leído, todo habría terminado hace tiempo.

9. Si estos iPhones hablaran…

10. El diablo se esconde en los amigos en común.

11. Podría retuitearte toda la noche.

12. Iba a invitarle un café, pero no me atreví y mejor lo tuiteé.

13. ¿Y tú qué sabes del amor, si nunca lo has Googleado?

14. No me favees nomás porque sí.

15. Nunca supo leerme, y ahora resulta que lee mi blog.

16. Dije en Twitter algo que no quería y le di de inmediato a borrar. Ojalá pudiera hacerlo en la vida real.

17. A la vida le hace falta un poco de photoshop.

18. Está como ausente y no sé dónde está. No lo halla ni Google Maps.

19. Yo te sigo y tú me sigues y por eso nunca nos encontramos.

20. No lo pienses. Dale a enviar.

21. Te lo juro por mi Facebook. Si lo sabe Obama, que lo sepa todo el mundo.

22. Tú dices que me sigues, y yo no sé ni a dónde voy.

23. Un “like” no vale un beso.

24. Al mundo le vendría bien un Ctrl+Alt+Suprimir.

25. F5. Refrescar.

La otra guerra de Michoacán

“Nos están atacando”.

Mi iPhone mostró el mensaje, parpadeó un momento y se volvió a apagar. No era la primera vez que llegaba de esa dirección. De hecho, tenía meses recibiéndolos. Yo llevaba unos pocos meses de haber vuelto a México cuando por una red social me contactó María Mariscal Magaña, regidora de Buenavista Tomatlán, que me enviaba con frecuencia avisos sobre lo que ocurría en Tierra Caliente, la región más violenta de Michoacán, su tierra y la mía.

Era octubre. María estaba en Apatzingán. Me había avisado desde primera hora que ese día un grupo de autodefensas intentaría entrar a la ciudad. El Ejército no les había permitido llegar armados. Les quitaron las armas y entraron a la ciudad para organizar un mitin en lo que, entonces, era el principal bastión de Los Caballeros Templarios, las tres palabras que habían asolado a Michoacán desde hacía, por lo menos, tres años.

“Nos están atacando” escribió escondida bajo un portal del centro de Apatzingán. Hacía solo unos segundos que un hombre había disparado con un lanzagranadas sobre los manifestantes, desarmados. “Aquí hay mujeres y niños”, me decía. El testimonio es secundado por compañeros muy valientes que estuvieron ahí ese día.

La violencia en Michoacán estaba permeada de silencio. Desde que me fui a España, en 2008, cada viaje a México iba acompañado de cenas en casa de mi abuela, en Quiroga, en las que se hablaba de lado de ese espantoso monstruo que lo impregnaba todo de un terror del que nadie se atrevía a hablar. Mi abuela, asustada, me repetía: “eres periodista, hija. Tienes que tener mucho cuidado. Si te equivocas… ay, ustedes los periodistas tienen que esforzarse mucho para no equivocarse”.

En una de esas visitas a Morelia me dijeron que no era verdad que habían matado a El Chayo, el fundador del cartel. Felipe Calderón, que para dolor nuestro es también michoacano, repetía que lo habían matado. Pero me lo decían, desde entonces, una y otra vez. “No es verdad. No es verdad. No es verdad”. A El Chayo lo mataron por segunda vez hace siete días.

Hacía también años de que en Morelia se hablaba de estos temas en voz baja. Tan bajito como un susurro, como si temieran que Dios les fuera a escuchar. Poco a poco fueron levantando la voz. Otra querida amiga, que había sido testigo de otro horrible crimen del que no se podía hablar, me dijo en León al borde de las lágrimas: “¿Pero qué hace falta? ¿Que nos maten a un ser querido a todos?”.

El sábado 4 de enero estaba de guardia en la redacción. Entre mis funciones estaba revisar los teletipos que llegaban a la mesa. Y leí uno: “Las autodefensas avanzan a Parácuaro, el décimo primer municipio en su poder”. Pensé que Michoacán tenía 113 municipios, y me dije: “Quizá estamos exagerando”.

Dicen que la ociosidad es la madre de todos los vicios, pero en mi caso, en ese momento, no fue así. Imprimí un mapa de Michoacán y comencé a buscar los municipios que las autodefensas controlaban entonces. Tepalcatepec. Buenavista Tomatlán. Aguililla. Chinicuila. Coalcomán. Aquila… Iluminé cada uno y entonces me di cuenta: Estaban a un paso de rodear Apatzingán. Fue la primera vez que supe que las autodefensas tenían una estrategia, y era la de llegar a Apatzingán, la ciudad que desde hace tanto tiempo tantos michoacanos sabíamos que era demasiado peligrosa.

En los siguientes días pasó todo. O casi todo. Mientras iluminaba mi mapa, leí que había caído una avioneta en la que viajaba “un líder autodefensa”. Lo busqué y leí el nombre: José Manuel Mireles.

El primer vídeo de Mireles lo había visto unos meses antes. Una amiga moreliana, de familia adinerada, me lo había enviado en junio. “Verónica, tienes que ver esto”. Lo vi y temblé. El hombre decía “Templario”, sin dudar. La palabra. Esa palabra. Lo mismo que todos temían decir. Su accidente me asustó. Leí que lo llevarían esa noche a Morelia a “un hospital privado sin identificar”. Solo para citar el dato: Morelia tiene DOS grandes hospitales privados. Pasó la noche y horas después, lo trasladaron a la Ciudad de México.

De esos diez días solo recuerdo un viaje a Morelia para avisar a mi familia que iría para allá, para Apatzingán. Mi madre (mi pobre má, una veracruzana a la que el amor llevó a Michoacán) se asustó. Avisé a la hermana menor de mi padre, que me quiere como a una hija. Y a mi red de amigos de toda la vida. “Voy para allá”, les dije.

Una mujer de Apatzingán me escuchó hablar por teléfono en el autobús. No había dicho una palabra de más, pero entendió al instante de lo que hablaba. “¿Habla del doctor Mireles, verdad?”. Por un momento temblé. En Michoacán estábamos acostumbrados a mirar de reojo quien te escuchaba desde hacía muchos años. Antes de que pudiera responder, se echó a llorar. “Mi madre está allá, tiene 80 años, no sabe qué hacer. Nos pone el teléfono cuando empiezan los tiros y yo no sé qué hacer. Le he dicho que se venga conmigo pero no quiere abandonar su casa. ‘¿Para qué, para encontrarnos a otros ahí cuando regrese?’, me dice. Ya no sé qué decirle. Ella conoció al doctor Mireles hace unos días y mi hermano también. Tenemos mucho miedo”, me dijo. Se negó a darme su nombre. Sonrió nerviosa. “Tú me entiendes”, me dijo.

El último municipio que faltaba a las autodefensas para cerrar el cerco sobre Apatzingán era Múgica (Nueva Italia). Avanzaron ahí ese sábado y los narcotraficantes respondieron aterrorizando aún más a la población civil. Atacaron las tiendas, los bancos, obligaron a las familias a que se encerraran en sus casas. El Gobierno anunció ese día que daría un anuncio importante en Morelia. Yo me fui a Michoacán esa misma noche.

En el autobus íbamos tres compañeros. Peleando por Wifi, en el momento en que cruzamos el límite entre el Estado de México y Michoacán perdimos el 3G. Uno de ellos me miró en complicidad. Sabíamos que entrábamos a una zona en conflicto.

Morelia, una de las ciudades más hermosas del país y el sitio en el que crecí, seguía haciendo como que no pasaba nada, como una de esas señoras bien que se niega a aceptar que el elefante está en la sala. Al anuncio del secretario de Gobierno asistieron las mismas personas a las que les había tomado tantas fotos cuando era una reportera de sociales. Ahí estaban.

La parte del viaje la describo mejor aquí. Solo me quedan los mensajes de mis amigas con las que jugaba en las salas de sus papás, la nostalgia de entrar a los mismos pueblos donde paseaba de niña y ahora verlos llenos de señores que portaban armas que sólo había visto en videojuegos. Y el recuerdo, el único recuerdo que casi me hizo llorar ahí: el señor, vestido humilde, que había gritado junto a los ataúdes que solo quería paz en Michoacán. Escribí el reportaje más largo que he hecho en mi vida en el estudio de la casa de mis padres, a un lado de uno de los cerros del Valle de Huandacareo, que rodea Morelia.

Y aquí es cuando ocurre algo impresionante. Todos comenzaron a hablar. La verdadera guerra de Michoacán se libró entonces en frentes muy lejanos a Apatzingán. Amigos que nadie identificaría como campesinos de Antúnez me lo decían: “Estamos hartos. A todos nos han matado a alguien”. Había pasado.

Mi nana, una señora de Quiroga a la que quiero como una segunda madre, me dijo: “Si aquí se han llevado a todos los niños, ya no sabemos qué hacer”. Mis amigas fresas del Valladolid, mis brillantes amigos michoacanos periodistas, que habían resistido un montón de amenazas que no contaré porque no es este el sitio, que iban por una vez a decirlo. Estamos hartos. Nos da igual. No podemos más.

Mi familia se asustó. Mis amigos se enorgullecieron. Y la gente paró de callar. La gran victoria de todo lo que ha pasado es que ahora todos (desde el empresario más rico de Morelia hasta el campesino más pobre de Antúnez) lo reconocen. Fuimos víctimas. Todos conocemos a un muerto, a un extorsionado, a un amenazado. Y se acabó.

A María no la conocí en persona. La conocía por sus fotos de Facebook y sus confesiones de complicidad femenina de que estaba embarazada y estaba muy emocionada por “el huerco” que iba a llegar pronto. Solo la vi en la portada de Reforma el 11 de diciembre de 2013. La habían secuestrado y nadie sabía nada de ella.

Me gustaría pensar que ella está bien. Por los tiempos, el huerco ya debería de haber nacido. Me duele no saberlo. Y me duele todo lo que ha ocurrido.

Al menos ganamos una pequeñísima victoria. Ya no hay silencio. Todos hablan del elefante en la sala. Y así son las guerras: el cobarde es más cobarde; el mentiroso, más mentiroso; el malo, más malvado, y el valiente, más valiente. Recordé un pasaje de El Quijote, que a mi padre michoacano le gusta tanto citar:

“Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede”.

Tengo una confesión

Tengo una confesión. Hay gente que le tiene miedo a las arañas, a los perros, a los insectos, a las alturas. Yo le temo a los escritores. Y lo digo con mucho respeto. En serio. Es más: creo que es hasta un cumplido. Los escritores me imponen. Me dan miedo.

Comencé mi carrera en las fuentes “rosas” -moda, sociales, gastronomía, viajes-. A las semanas de haber sido contratada, Alicia Sosa, una veterana fotógrafa de El Sol de Morelia, me dio uno de los mejores consejos que me han dado en mi carrera: “A partir de ahora serás la sobrina perdida de medio Morelia. Te llamarán. Te sonreirán. Te invitarán a sus casas. Pero nunca te olvides que, cuando te ven, en realidad están viendo al periódico. Y nada más. En el minuto en que dejes de trabajar en un diario se olvidarán de ti”.

Unos años después, la llegada de una nueva dirección al periódico en que trabajaba me empujó al periodismo cultural. Yo no tenía experiencia para gestionar un equipo, no tenía contactos suficientes para ponerlo en marcha, y, por decir lo menos, era muy inexperta. Estaba verde. Además atravesaba uno de los peores años de mi vida, aunque ese no es el tema.

El asunto es que entré al mundillo cultural mexicano como elefante en cacharrería. Terminé en el lapso de un año en fiestas con excéntricos personajes que me bendecían en italiano bajo el estruendo de música cubana a medianoche; en cenas donde se discutían los sórdidos detalles de un affaire secretísimo entre personas importantísimas; en coches con un señor de voz grave y talento inabarcable que arengaba a salir a la noche al grito de “¡Vamos a la vida!”. Monsiváis fungió de mi Celestino con un viejo amor y Pacheco se puso de pie para saludarme de beso. Lo sé. He tenido mucha suerte.

Pero acabé agotada. Los escritores que antes habían permanecido inmóviles, impresos en las tapas de libros en mi habitación, ahora habían invadido mi vida. Sus guerras internas, sus chismes, sus peleas comenzaron a minarme. Para hacerles el cuento corto: trabajé un año más en Guadalajara en una fuente similar y después partí a Madrid. Tras un brevísimo paso por Cultura (bajo la mano de Borja Hermoso, mi primer jefe en El País, que además de talentoso fue un encanto conmigo), aterricé, por fin, en mi sección favorita. Mi Ítaca periodística, Internacional.

A mi vuelta en México tras seis añorados años en España, me di cuenta de que poco (o nada) ha cambiado. Cuévano sigue siendo Cuévano y la gente sigue yendo a Comala porque les dicen que ahí vivía su padre, un tal Pedro Páramo. Pero sépanlo: Cuévano y Comala existen, y son territorio de escritores. Y también zonas de conflicto. No digo que no existan reyertas en España (que las hay también, aunque con una manera distinta de enfrentarse. Ahora que lo pienso, mejor dicho: enfrentándose), o que no haya grillas periodísticas. Pero entre periodistas, con todo, nos conocemos y somos muy gremiales al fin y al cabo. Los escritores son otra cosa.

Los escritores se esconden en cafés y bares (muchos bares) y se saludan entre sí. Se miran de una mesa a otra y, algunas veces, se tratan como mafias rivales. Los de X editorial, los de la revista Y… Entre los jóvenes, la mitad piensa que Bolaño es un autor sobrevalorado elevado a los altares por los hipster europeos. La otra mitad lo adora: conoce a alguien que lo conoció. La línea de separación entre enemigos es muy fina, y en cualquier momento, de improvisto, puede explotar una granada.  Una mala crítica literaria es capaz de provocar un estallido nuclear.

Y la FIL. Ah. LA FIL.

Mientras caminaba esta mañana pensaba que es curioso que la Feria Internacional del Libro más importante en habla hispana, la hoguera de las vanidades de los escritores mexicanos, se celebre en una ciudad tan tradicional, jerárquica y clasista como Guadalajara. La cita es el Springbreak anual para los jóvenes autores (su ritmo de fiestas es absolutamente agotador) y el Gran Congreso Jedi de los veteranos.

Los escritores que rondan por los pasillos de la FIL caminan con el mismo ritmo de los autodefensas en Parácuaro. Créanme. He estado en los dos sitios. Pero en Guadalajara los autores no enseñan sus AK-47. Sus armas están mucho más escondidas. Cruzan sonrisas y vuelan los puñales. Este diciembre, mi encuentro con un fantasma del pasado me dejó con tan mal cuerpo que habría estado más cómoda en Apatzingán. Y me escurrí por las esquinas con la esperanza de no toparme con un personaje muy desagradable que presentaba un libro. Leí su nombre en un cartel y temblé. Se los juro, a ese le tengo miedo. El equipo de las editoriales mira a los periodistas en complicidad. Los salones, los brindis, la moqueta lo ocultan. Pero lo sabemos: pisamos una zona de conflicto. Muchos de los escritores que apenas volteaban a verme cuando era sólo una “joven promesa” (JA) ahora me saludan como si fuéramos amigos de toda la vida. Recuerdo siempre lo que me dijo Alicia Sosa. Y lo vuelvo a decir: uno de los mejores consejos que me han dado en mi vida.

Ojo, que no todo es feo ni maldad. Hay algunos escritores talentosos (aunque el talento va de mano con la excentricidad), muy educados e incluso muy generosos. Los que están curtidos en ese mundo y te guían como el fixer que conduce a un corresponsal extranjero en Kabul. Eso sí, para ellos (o muchos de ellos) somos el que sigue en la cadena alimenticia. Un periodista que escribe un libro es eso: un periodista que escribe un libro. Nunca un escritor.

Y bueno, las fiestas. Los mismos chismes, la misma gente, y hasta algunos comentarios envenenados. Pero hubo más de los buenos, eh. Disfruté mucho mi “comeback FIL”, pero les soy honesta: no veía la hora de regresar. En el avión de vuelta de Guadalajara asomé la ventanilla y fue la primera vez en estos meses en que sentí por el DF lo que ya sentía en Madrid. Llegué. Sí, el tráfico fue espantoso, tardé dos horas en llegar a casa, la ciudad estaba más ruidosa que nunca y la contaminación hizo que no parara de estornudar. Pero ya era territorio seguro. Al menos el mío. Y aquí, vuelvo a que los escritores me acompañen a la cama pero sólo en los libros que lucen en mi habitación. Muchos de ellos ya desde la pantalla de un Kindle. Que conste que se los dije, era una confesión. Le temo a los escritores, sobre todo cuando andan sueltos.