Archivos Mensuales: diciembre 2013

Gregoria

Mi abuelita Gregoria (Goya, para los más cercanos) nació en 1920 a los pies de la Sierra Madre mexicana. De este lado no hay mucho abolengo, sino mucho trabajo. De familia humilde, tuvo que dejar la escuela a los 9 años. Pocas cosas ha lamentado más en la vida. La mayor de su familia, tuvo que aprender el oficio de artesana desde muy pequeña. Era mujer, pobre e indígena en un país que no le dejaba muchas opciones. Solamente existía una: trabajar.

Mi abuelita comenzó a pintar bateas (unas bandejas de madera que se dibujan con flores, artesanía típica de Michoacán) a los 11 años. A esa edad tomaba un autobús hacia la Ciudad de México, un viaje de nueve horas en carretera, y se sentaba con los demás a vender lo que había trabajado. Pronto se dio cuenta de cuáles eran las más vendidas. Ahorró un poco de dinero y contrató a los mejores pintores de su pueblo. Montó una pequeña empresa cuando tenía 15 años y se volvió la más exitosa de las que hacían aquel largo viaje. Siempre fue lista y prudente. Si de algo tenía hambre, era de aprender. Pasó el tiempo y consiguió ahorrar lo suficiente como para comprar una casa propia y, sorpresa para todos, inaugurar su primer negocio. En aquellas épocas su pueblo se había convertido en un centro turístico, cortesía de Disney y Los Tres Caballeros, y vio una oportunidad: su pueblo era el trasiego ideal para los turistas gringos que paseaban. En los cincuenta, a los 20 años, indígena y en México se convirtió en una empresaria.

Y entonces, así lo cuenta ella, “se enamoró”.

Apareció un chico. Descendiente de alemanes, campeón nacional de tiro, apasionado del campo y dos años menor que ella. Fue instantáneo. “Ay, hija, tan feliz que hubiera sido con mi tiendota. Pero me enamoré”, me contó el día que cumplían 50 años de casados.

Mi abuela siempre ha sido prudente. Sus silencios son más certeros que cualquier insulto, y su aprobación era la más valorada, la más difícil de ganar. Nunca fue una abuelita de tejer o quedarse en casa. Sabía que había ganado una independencia inédita para su época. “Hija, ¿pero por qué no trabajan? Con lo bonito que es trabajar”. Mi abuelo, su marido, era el hombre Marlboro, el del rancho, los caballos y los campeonatos de tiro. Mi abuela solamente tenía tres pasiones: sus hijos, el negocio y su jardín.

Cuando yo era niña me preguntó que quería ser de grande. “Periodista”, le respondí: “Hija, eso no es negocio”. Yo, ingenuamente (eran los ochenta y yo una niña), le respondí: “Periódicos se venden en todos lados”.

Pasó el tiempo y un buen día le dije que me mudaba a Madrid. Me miró con terror. “¡¡¡A Madrid!!!”, exclamó como si le acabara de decir que me mudaba a Marte. El primer 10 de mayo fuera de casa fue duro. Ella, al teléfono, me decía lo mucho que me echaba de menos y me advertía lo duro que era la vida de una mujer saliendo adelante sola.

Pero se acostumbró.

En la última cena de navidad me quedó claro lo orgullosa que se siente de mí. Ella, que vendía bateas en la villa, ahora tiene una nieta que trabaja en Madrid. Tanto que memorizó el nombre de ese periódico español al que se fue a trabajar su nieta, pide que se lo lleven y repite a todo el que se deje: “Mi nieta es periodista. Ese diario ha de ser muy importante, ¿no?”. Eso sí, siempre pregunta: “¿Todavía no te gusta más España que México, ¿verdad?”. Hace tres semanas me contó que cuando pintaba las bateas siempre decía la misma oración: “Que la de hoy me quede más bonita que la de ayer”. Más de un día le he llamado pidiéndole que me repita lo mismo. “No te preocupes hija. Yo pensaba lo mismo. Seguro que lo que escribas hoy te quedará más bonito que lo de ayer”.

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