“Nadie me dice Carlos”

No hacía ni un mes que me había mudado a Guadalajara. Recuerdo que era mi primera FIL en suelo tapatío. Como la recién llegada en mi trabajo, me enviaron a una reunión del grupo en el DF. Ese año, el premio Juan Rulfo (que ya no es Juan Rulfo, pero whatever) había sido otorgado a uno de mis ídolos: Carlos Monsiváis.

Monsiváis, junto con Elena Poniatowska y Julio Scherer, era uno de mis referentes cuando soñaba con algún día ejercer periodismo. Recuerdo el primer libro suyo que leí, que en realidad es una compilación de crónicas: “A ustedes les consta”, un maravilloso retrato de las contradicciones y matices de México. Y es verdad eso que dice José Emilio Pacheco, Monsiváis era el “único escritor que la gente reconoce en la calle”. La ironía y lucidez de sus textos y participaciones en radio y televisión hablaban de las desgracias de México como más disfrutamos a los mexicanos: con mucho humor.

Aquel día subí al avión que me llevaría de vuelta a Guadalajara. Llevaba una maleta de mano, demasiado pequeña como para documentar, demasiado grande como para llevar en aquella cabina atestada. Un señor me ayudó a subirla al compartimiento superior. Había un portafolio negro y una chaqueta. Pensé en preguntar a mi compañero de asiento si le importaba que moviera sus cosas para acomodar mi equipaje “de mano”. Mis ojos se toparon con un jersey, unas gafas y un cabello cano, revuelto. Era Carlos Monsiváis.

Intenté ocultar mi emoción y me senté lo más naturalmente que mis nervios permitieron. Saqué el libro que llevaba (Tokio Blues, de Haruki Murakami). Monsiváis volteó y lo miró. “¿Es bueno?”, me dijo.
-“Sí. Me encanta. Es la cuarta novela que leo de él”.
-“No he leído nada de él… ¿Cuál le gustó más?”
-“Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”.
-“¿A qué se dedica?”
-“Soy periodista”
-“¿En dónde trabaja?”
-En el periódico Público, en Guadalajara. Y trabajé cuatro años en Morelia como editora de cultura, en Provincia, un periódico allá.

El libro que acompaña a Monsiváis era Imágenes de la tradición viva, de José María Pérez Gay. Precisamente el que tenía que presentar en la FIL unas horas más tarde. Como buen mexicano, está preparándose en el último minuto. Llevaba una libreta, una Scribe de taquigrafía con las etiquetas de la Comercial Mexicana pegadas al frente y comenzó a redactar.

-“¿Y usted qué hacía en el periódico de Morelia?”
-“Era la editora de cultura”.
-“¿Cuántos años tiene?”
-“27”.
-“Es muy joven… yo ya ni sé qué soy a estas alturas”.
-“Usted es Carlos Monsiváis”.
-“Fíjate que nadie me dice Carlos”.
-“Carlos… bueno, supongo que así le decían en su casa”.
-“Sí… mi mamá… Pero todos me dicen Monsiváis… Monsi… Maestro…, bueno, maestro me dicen hasta los que no me conocen. Además no sé por qué me dicen maestro si yo nunca he dado clases”.
-“Usted da clases sin dar clases”.
Se rió.

-“Y ahora vive en Guadalajara… dígame algo de [el entonces recién salido gobernador] Francisco Ramírez Acuña”
-“En realidad tengo sólo unas semanas viviendo ahí, así que no creo que le podría dar una buena respuesta”.

Monsiváis se carcajeó. “Esa es una bellísima respuesta. Diplomática”. El vuelo transcurrió entre su opinión sobre los miembros del gabinete del Calderón, que asumía la presidencia esa noche. Hizo una durísima crítica del secretario de Salud (“Un imbécil que odia a las mujeres”).

Luego se rió cuando me contó que una las funcionarias que asistiría a la toma de posesión se soltó a llorar en un acto público por la emoción por conocer al presidente de la República. Cuando llegamos a Guadalajara, nos despedimos. “A mí me correspondería decirle maestro. Usted era este nombre que aparecía en mis textos, en la secundaria, en la preparatoria. Sus libros fueron de los primeros que leí. Yo estaré en unas horas con mis amigos diciendo: ¡Conocí a Monsiváis! y usted difícilmente se acordará de mí”, le comenté. Volteó y me dijo: “Yo diré: me acompañó una chica muy diplomática en el avión”.

 

(Mañana regreso, siete años después, a la FIL de Guadalajara. Me hace mucha ilusión.)

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