19 de septiembre

Tenía cinco años y era un jueves. Mi padre me llevaba al colegio. Debía de haber quedado lejos de casa porque a las 7.19 del 19 de septiembre de 1985 estábamos en la calzada de Tlalpan, en México, Distrito Federal.

Nos tocó en un alto. Nunca he sentido un terremoto igual en mi vida y espero nunca sentirlo de nuevo. El primero de mi vida, por cierto. Recuerdo estar en el asiento del copiloto en el Dart de mi papá y que, de repente, comencé a saltar sentada. El movimiento era tan fuerte que yo sólo recuerdo el tablero del coche moviéndose con violencia hacia todos lados. Y un camión Ruta 100 (creo que ya no existen en el DF) que iba enfrente.

Y recuerdo que fue largo. Cuando terminé, le pregunté a mi padre qué había pasado. Y él me respondió con su retranca michoacana. “Tembló, hija”. Como quien dice que ha llovido mucho, o que ese día amaneció nublado.

Mi papá me dejó como si nada en el colegio y de ahí las monjas nos regresaron. Recuerdo haber llegado a casa con la única intención que tenía un niño ochentero: encender la tele.

Error. No había televisión. Ni electricidad. Recuerdo que Teté, mi nana, tenía una radio azul que funcionaba con unas baterías enormes (creo que debían ser de las C ó D, que ya nadie utiliza). Y de ese aparato salía la voz de Jacobo Zabludovsky. Recuerdo que me impactó mucho escuchar la voz que yo identificaba con la “tele” en el radio.

Recuerdo que nos fuimos al otro día a Michoacán, a casa de mis abuelitos. Y ahí nos tocó la réplica. Ahí sí me asusté. Salimos todos a la carretera y recuerdo a personas muy asustadas, que se arrodillaban junto en la acera. No sé cuántos días duramos ahí.

De adulta mi madre me contó que por su trabajo (ella, química, entonces trabajaba en un proyecto de la ONU sobre empaque) su jefe, desde Londres, consiguió que las líneas de teléfono se conectaran para saber que estaba bien. Que le contó que allá decían que la Ciudad de México había desaparecido.

Recuerdo también que un mes después mi hermano se enfermó de hepatitis, los médicos dijeron que por el polvo. Y cundo fuimos al consultorio de nuestro pediatra, en la colonia Roma, fui consciente de la espantosa tragedia que se nos había venido encima.

Ahora, que vivo aquí (y justo en la colonia Roma), me acuerdo de cómo se veía en esos días. No se reconocía nada. Habían pasado dos semanas, y el escenario era dantesco. Como esas cosas que pasan en películas de guerra a blanco y negro. Escombros, muchos escombros. Y muertos.

Recuerdo también escuchar las historias de las costureras. Una tía mía “cose” y era lo que yo identificaba por costurera. Cuando me enteré de que decenas habían muerto sepultadas me impresionó. Es triste pensar que hoy, 28 años después, nadie se acuerda de ellas.

Y me acuerdo preguntarle a mi padre, un par de meses después, por qué habían caído los edificios. Y recuerdo que me explicó que la culpa era de ingenieros “tontos” que, en lugar de hacer bien los edificios, se habían robado todo el dinero. Lo transcribo tal como lo grabé en mi memoria de cinco años.

Creo que de ellos tampoco nadie se acuerda.

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