Archivos Mensuales: septiembre 2013

19 de septiembre

Tenía cinco años y era un jueves. Mi padre me llevaba al colegio. Debía de haber quedado lejos de casa porque a las 7.19 del 19 de septiembre de 1985 estábamos en la calzada de Tlalpan, en México, Distrito Federal.

Nos tocó en un alto. Nunca he sentido un terremoto igual en mi vida y espero nunca sentirlo de nuevo. El primero de mi vida, por cierto. Recuerdo estar en el asiento del copiloto en el Dart de mi papá y que, de repente, comencé a saltar sentada. El movimiento era tan fuerte que yo sólo recuerdo el tablero del coche moviéndose con violencia hacia todos lados. Y un camión Ruta 100 (creo que ya no existen en el DF) que iba enfrente.

Y recuerdo que fue largo. Cuando terminé, le pregunté a mi padre qué había pasado. Y él me respondió con su retranca michoacana. “Tembló, hija”. Como quien dice que ha llovido mucho, o que ese día amaneció nublado.

Mi papá me dejó como si nada en el colegio y de ahí las monjas nos regresaron. Recuerdo haber llegado a casa con la única intención que tenía un niño ochentero: encender la tele.

Error. No había televisión. Ni electricidad. Recuerdo que Teté, mi nana, tenía una radio azul que funcionaba con unas baterías enormes (creo que debían ser de las C ó D, que ya nadie utiliza). Y de ese aparato salía la voz de Jacobo Zabludovsky. Recuerdo que me impactó mucho escuchar la voz que yo identificaba con la “tele” en el radio.

Recuerdo que nos fuimos al otro día a Michoacán, a casa de mis abuelitos. Y ahí nos tocó la réplica. Ahí sí me asusté. Salimos todos a la carretera y recuerdo a personas muy asustadas, que se arrodillaban junto en la acera. No sé cuántos días duramos ahí.

De adulta mi madre me contó que por su trabajo (ella, química, entonces trabajaba en un proyecto de la ONU sobre empaque) su jefe, desde Londres, consiguió que las líneas de teléfono se conectaran para saber que estaba bien. Que le contó que allá decían que la Ciudad de México había desaparecido.

Recuerdo también que un mes después mi hermano se enfermó de hepatitis, los médicos dijeron que por el polvo. Y cundo fuimos al consultorio de nuestro pediatra, en la colonia Roma, fui consciente de la espantosa tragedia que se nos había venido encima.

Ahora, que vivo aquí (y justo en la colonia Roma), me acuerdo de cómo se veía en esos días. No se reconocía nada. Habían pasado dos semanas, y el escenario era dantesco. Como esas cosas que pasan en películas de guerra a blanco y negro. Escombros, muchos escombros. Y muertos.

Recuerdo también escuchar las historias de las costureras. Una tía mía “cose” y era lo que yo identificaba por costurera. Cuando me enteré de que decenas habían muerto sepultadas me impresionó. Es triste pensar que hoy, 28 años después, nadie se acuerda de ellas.

Y me acuerdo preguntarle a mi padre, un par de meses después, por qué habían caído los edificios. Y recuerdo que me explicó que la culpa era de ingenieros “tontos” que, en lugar de hacer bien los edificios, se habían robado todo el dinero. Lo transcribo tal como lo grabé en mi memoria de cinco años.

Creo que de ellos tampoco nadie se acuerda.

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Mi México.

Para mí México son las carnitas de Quiroga. El taquero que me daba el plato con un extra porque era “nieta de don Abdón”. Es el mole de mi abuelita, y el arroz rojo del rancho. Es mi abuelo rodeado de sus trofeos por campeonatos de tiro y sus fotos montando a caballo.

Para mí México es mi abuelo Benjamín. Son las historias de Ozuluama, de Veracruz. Los periódicos abiertos con un café. Café con (mucha) leche para los niños. Es imitar a Miguel de la Madrid a los cuatro años. Es un vaso de cristal cortado lleno de coca cola que tomaba con las dos manos mientras escuchaba a los adultos.

Para mí México son los pandas de Chapultepec. Y Keiko. Es el DF en un domingo. Es un viaje en metro acompañado por el cántico de los vendedores. Es el organillo vienés del centro histórico. Los chilaquiles de Sanborn’s o las donas en un VIPs.

Para mí México son mis amigas de la secundaria vestidas de verde en el Mundial del 94. Es  creer que podíamos ser democráticos en el 2000. Es una torta ahogada. Es mi amiga Mayra apostando conmigo que el día que el Atlas llegue a la final lo veremos juntas en Guadalajara.

Para mí México es el ‘gracias’ del portero de mi edificio, el ‘dios la bendiga’ del taxista y el ‘cuídeseme mucho’ de la señora de la tienda.

Para mí México es una ciudad desquiciada de 20 millones de habitantes. Es aterrizar en el centro del DF. Mirar millones de lucecitas y pensar ‘yo nací aquí’”.

Para mí México es la inexplicable razón por la que aún hallamos motivos para reírnos.

Pero sobre todo, mi México no es el de ellos. Ustedes saben de quiénes hablo.