Archivos Mensuales: agosto 2013

Si yo fuera libro

Si yo fuera libro sería pequeñito. Sería un libro de esos monines que se regalan en los cumpleaños. Con dibujitos. Que no sirven para leer sino para ser contemplados. La verdad es que yo soy muy difícil de leer. Por ende, mi yo-libro.

Si yo fuera libro tendría tapas blandas. Me habría gustado ser de tapa dura, pero los libros de tapa dura nunca terminan acompañando a nadie y sí se quedan abandonados y acumulando polvo en un estante sin que nadie los mire. Prefiero ser un libro pequeñito que viaje mucho, aunque me ensucie.

Si yo fuera libro tendría pocas hojas. La figura es muy importante. Más que no quiero que la gente diga que me ha leído cuando no tienen ni idea de qué es lo que soy. Me gustaría ser un librito chiquito, de esos que se leen en una sentada.

Si yo fuera libro tendría amiguitos. Quisiera estar en una librería llena de libros raros como yo. Veríamos feo a los Best-Sellers, y nos haríamos a un lado cuando llegara el mastodonte de promoción de la última novela de vampiros-adolescentes-gays o qué se yo. El día que mis amiguitos libros y yo conociéramos a los e-books sería como en Blade runner. Igualito, pero en libro.

Si yo fuera libro, cuando fuera viejito me gustaría acabar en una biblioteca familiar, acumulando polvo y con olor a papel seco. Respondiendo con un crujido cuando alguien más joven curioseara sobre mí. Ahora, tampoco me importaría, si fuera libro, acabar en una librería de viejo, el asilo para los libros. Quizá me encontraría con viejos amigos y juntos nos quejaríamos con amargura del pinche e-book y el internet, que nos han dejado sin amiguitos y ahora somos los últimos, los que nos quedamos. Los libros y mi yo-libro.

Lo que el general Cárdenas hubiera querido

La puesta en escena fue brutal.

Hacía años que no había visto al Gobierno mexicano montar un anuncio “como Dios –o la virgen de Guadalupe– manda”. Himno mexicano como  preludio, todos los secretarios rodeando al presidente (“la plana completa”, se decía en los tiempos añejos del PRI), y finalmente, cuando el esperadísimo anuncio de la Reforma estaba por producirse, un nombre.

“[La iniciativa ] se basa en las ideas fundamentales de las reformas del Presidente Lázaro Cárdenas [propuestas el 18 de marzo de 1938]”.

Lázaro Cárdenas es un tótem de la política mexicana y una figura de sobra conocida en España. Es de esas leyendas del México priista. Y de sus muchos logros, hay dos que se recuerdan con especial atención. La bienvenida al exilio español producto de la Guerra Civil y la expropiación del petróleo en 1938.

Aclarado esto. El discurso de la izquierda en México sobre la defensa del petróleo inevitablemente versa en la figura de Cárdenas. He ahí la genialidad de que el primer presidente priista en 12 años utilice el nombre del general para conseguir desarmar el discurso de la izquierda.

Decir, en plan de broma, “es lo que el general Cárdenas hubiera querido” desarma el discurso tan a favor del PRI de su reforma como el que está en contra, que para lo que nos ocupa es el que más preocupa a los primeros.

La idea es tan genial que podría apostar que a alguien se le ocurrió en el último minuto. Y que brindan y se felicitan por ella. Chicos, mis respetos. Son unos maestros. 80 años de experiencia los respaldan.

(Aclaro también que a mí me enorgullece el paso del general Cárdenas en 1938. Y que su hijo, Cuauhtémoc, es de lo más rescatable de nuestra –inserte adjetivo aquí– clase política).

De Pemex se han escrito ríos de tinta sobre la situación de crisis que atraviesa la petrolera mexicana. Este artículo de Sabino Bastidas lo resume bien. Y les cuento otra cosa: hablar de Pemex es un asunto personal. Una empresa que representa un buen gajo del PIB nacional (el 7% en este momento; llegó a ser el 10%) y aporta una tercera parte de los gastos del presupuesto gubernamental en México no es pecata minuta.

El PAN ha propuesto una reforma mucho más abierta que la del PRI, que tanto miedo tiene a detallar algunos de los incisos más espinosos: el régimen fiscal –aquí explicado por el secretario de Hacienda en un texto en el que también aparece el apellido Cárdenas– y la reducción de prestaciones del temido sindicato de Pemex. Liderado, por cierto, por este personaje.

Lo de la izquierda es para echarse a llorar. La pelea interna por “adueñarse” del “mensaje” en contra de la reforma me asquea a niveles inconmensurables. El tema no es lo que sea mejor para Pemex, es quien es el “portavoz” (o “vocero”, como decimos por acá) del mensaje del “pueblo” para asegurarse un huesito. (El hueso es un puesto en el Gobierno en el argot priista de antaño que, por lo visto, está más de moda que nunca).

El otro día un chico, al ver mi furia en contra de la simpleza del mensaje, me increpó pensando que era una chica de La Izquierda mexicana (esa que tiene por su Líder a ya-saben-quién). Si supiera.

Mi opinión sobre la reforma energética es tan liberal que no se las cuento porque se asustan.

En mi caso es un tema familiar. La familia de mi madre es de tradición petrolera, de los pozos del norte de Veracruz y sur de Tamaulipas. Mi padre trabajó en la construcción de algunas de las plataformas submarinas en el yacimiento de Chactún, en Campeche, descubierto a finales de los setenta en plena crisis de combustible en Europa y EE UU. Pero esa es otra historia.

He crecido y visto, con dolor, que “nuestra” empresa (o al menos la empresa que me habían contado que era “nuestra” en mi formación escolar de priismo tardío de los ochenta) se hunde en un saqueo sistemático de gobiernos, políticos y sindicatos pagados por ellos. No es sólo que me importe: me duele.

La única razón por la que he escrito esto es para decir: no tengo tan claro que la reforma (o no reforma, back to the basics) “palabra por palabra” (cfr. discurso de Enrique Peña Nieto) del general Cárdenas de 1938 sea lo que México necesita.

El mundo ha cambiado mucho en estos últimos 75 años. Ha habido una guerra mundial, desapareció la URSS, hay muchos modelos de combustible y muchísimas más fuentes de energía.

A lo que voy. Que me deprime que el nivel del debate en este país sobre una reforma tan importante vaya a acabar resumido en eso. Una discusión añeja de lo que dijo un general en los años treinta.

El mundo ha cambiado mucho en estos últimos 75 años. Quizá México no, pero el resto sí.