Un día cualquiera en Michoacán

La abuela de una amiga, de 92 años, tiene un pequeño negocio de artesanías en un pueblo en Michoacán. Su marido murió el verano pasado, y el negocio se ha mantenido para que ella no se deprima y mantenga una razón para levantarse todas las mañanas. La última vez que la fui a visitar, me contaron.

Un señor se plantó enfrente de su tienda. Llevaba armas y pólvora. Los hijos de la señora le dijeron que se quitara, pero se negó. Escasos minutos después, un aviso. El señor estaba protegido por la presidencia municipal y no se movería del sitio. Se callaron. Los hijos ya no saben qué hacer. ¿Cerrar el negocio y llevarse a su madre? Ella no quiere, tiene muchos años viviendo ahí y a lo único que aspira es a morir en el mismo sitio en que su esposo.

Un día cualquiera en Michoacán.

Para ir a visitar a una amiga, que vive en Apatzingán, hay que pasar algunos retenes. Pero no del Ejército: de Ellos. Ellos son los “malos”, los “malandros”. Esta gente que habita en Michoacán y que, al día de hoy, hacen que su ley sea la que mande en el Estado mexicano del que viene mi padre, donde hice la secundaria, donde vive buena parte de mi familia. Y que nadie se atreve a preguntar de dónde vinieron o por qué están ahí.  “Si Apatzingán es algo es gracias a La Familia”, dice segura una terracalenteña-

En Morelia es mejor hacer como que no pasa nada. El estado de sitio no es impuesto, pero es implícito. Nadie quiere estar fuera de su casa a altas horas de la noche. Los pocos que se atreven, los jóvenes que aún buscan un sitio para divertirse, lo hacen, pero siempre bajo el riesgo de que no viven en un lugar seguro.

Hay rutinas en Michoacán que se han hecho cotidianas. Preguntar dónde estás. No hablar en voz alta de lo que hacen Ellos enfrente de taxistas. “No sabes ya con quién estás hablando”. Mirar un bulto negro en una calle, y mirar para otro lado. La violencia se vuelve tan habitual que te acostumbras. El sonido de helicópteros, una camioneta de la Policía Federal que pasa veloz en una calle.

“No te asustes. Asústate cuando sea el Ejército”.

En un colegio es vox populli que los hijos de Ellos estudian ahí. Y el hijo de tal es amigo de cual.

Los michoacanos insisten en que la vida sigue ahí. Y es verdad, sigue. Puedes comer en el mismo restaurante donde han ocurrido dos o tres asesinatos de funcionarios (que sigue abierto y repleto por razones que no puedo explicar), y mirar que hay familias que cantan Las Mañanitas para celebrar un cumpleaños.

Es cuestión de organizarse, dicen. Esperar que un viernes a Ellos no se les haya ocurrido cerrar la carretera y que tu autobús llegue a su destino. Ir a comer con tu abuela, pero hay que regresar antes de las siete de la tarde, porque es mejor conducir por los caminos antes de que anochezca.

“A mí me gustaría irme”, afirma una vendedora de muebles. Presume que tiene familia en Estados Unidos. “¿Para qué nos quedamos? Esto ya no es vida”. Su esposo remata: “Todos los taxistas pagan cuota. Todos las tiendas del libramiento [el periférico de Morelia] pagan cuota”. La cuota es el pago mensual que se le da a Ellos.

A veces leo que Michoacán está “tranquilizado”, y me entra la risa. Otras escucho que ya han negociado para que todo vuelva a la normalidad y pienso que en realidad “los negociantes” no tienen manera de garantizarla.

Un día cualquiera en Michoacán.

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2 comentarios en “Un día cualquiera en Michoacán

  1. Les comparto mi triste poema . . .

    DE TORTUOSO DESTINO

    Michoacán, siempre estás en mi mente,
    enfrentas fratricida presente,
    Michoacán, de sinuoso camino,
    plagado va de abrojos tu destino.

    Tortuoso, ensangrentado, malherido
    que, del control de Dios pues, . . . se ha salido,
    tu historia se ha manchado con traiciones,
    con penas, llanto, desilusiones.

    Te han plagado de “gobiernos” falsarios,
    de cárteles, de “la familia”, de templarios,
    te ha contaminado la tragedia,
    la insidia, la tristeza, la miseria.

    ¡Te ha fallado tu sangre, tu propia sangre!,
    que se ha vuelto de atole, de vinagre,
    está muy despreciada tu cultura,
    tu raza, tus lagos, tu natura.

    No sé qué dañe más vuestra excelencia,
    tus hijos que han perdido la inocencia,
    los muchos que ya no tienen conciencia
    o aquellos que practican la indecencia.

    Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
    Morelia, Michoacán de Ocampo, México, a 02 de julio del 2014
    Reg. SEP Indautor No. (en trámite)

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