To-lu-ca

Esa fue la primera palabra que leí en mi vida.

O al menos la primera que mis padres recuerdan.

Mi abuelo tenía una costumbre: enseñar a leer a su descendencia lo antes posible. La lección era simple. Un letrero que leía en voz alta, separando las sílabas.

Cho-co-la-te”.

Le-che”.

Fe-li-ci-da-des”.

En los viajes se convertía en un juego. Repetía los letreros con los nombres de los pueblos que pasábamos. Aprendí muy pronto a jugar. Al día de hoy me sé de memoria el recorrido de la vieja carretera entre Morelia y el DF.

Cha-ro.

Que-rén-da-ro.

Ma-ra-va-tí-o.

Tlal-pu-ja-hua.

michoacan

El O-ro. 

A-tla-co-mul-co.

Ix-tla-hua-ca.

To-lu-ca.

Cuentan mis padres que a mis cuatro años, en un viaje al DF, vi el último letrero, me puse de pie y exclamé al mundo:

¡TO-LU-CA!”

Sí, la primera palabra que leí en mi vida fue Toluca. Quizá habría preferido leer una palabra más épica que el nombre de la gris e industrializada capital del Estado de México, en la que tantas horas pasé atrapada por su pavimento lleno de baches, tráfico insufrible (te odio y te odiaré siempre, paseo Tollocan) e intrigada por la peculiar obsesión mexiquense de bautizar TODO con los nombres de sus egregios políticos.

Porque, amigos, como algunos de ustedes saben de sobra y como yo me enteré pocos años después de la primera vez que leí “Toluca”, el Estado de México tiene una característica que lo distingue de los demás. Casi un siglo de gobierno de un partido hegemónico dejó, sin duda, su huella en todo el país. Pero en ningún sitio como aquí.

Para mí, el paisaje más mexiquense de todos no es Valle de Bravo ni Malinalco, ni las espectaculares vistas de la Sierra Madre Oriental, con hondonadas de más de 500 metros.

No. Para mí, el paisaje más mexiquense de todos es una casa pobre, pequeña, sin pintura, triste y gris. Cuatro paredes y un techo. Una antena de televisión y una bandera de México. Y en un muro, el escudo del PRI.

Para entendernos: el PRI nunca ha perdido unas elecciones gubernamentales en el Estado de México. El priista mexiquense es la quintaesencia del partido que mantuvo el poder hegemónico en mi país durante casi un siglo. Es el Estado que más aporta al PIB de México y tiene el mayor padrón electoral del país. También es el estado mexicano que más aporta dinero al PRI.

Aquí hay dinero, y mucho. Pero para hallarlo hay que buscar. No en esas miles de casas grises, sin pintar. 

Vayamos a otro nombre de esa lista. Atlacomulco. Palabra más difícil para aprenderse de niña. Mi abuelo no se ocupó en contarme todo lo que encerraba esa palabra. Esperó a que yo me diera cuenta poco después de que mi país no era como los otros. Que aquí no había democracia. Que las elecciones se las robaban. Que los políticos eran corruptos.

Mi abuelo esperó a que, por primera vez, México me rompiera el corazón.

Después de eso ya me contaba cómo le decían a aquel pueblo. ¿Atlacomulco? “Atraco-mucho”.

El ego inconmensurable del priismo mexiquense hizo que el gobernador Arturo Montiel Rojas bautizara con su nombre una avenida por la que TODOS los que viajamos debemos pasar. Para que la veamos y leamos su nombre. Para que no se nos olvide que él estuvo ahí.

 

montiel

El Distribuidor Vial Licenciado Arturo Montiel Rojas de Atlacomulco, Estado de México. 

 

Hace unos años me contaron una historia. Va de un periodista que entrevistó a uno de los miembros más ilustres del sombrío grupo de políticos que ha gobernado el Estado de México desde que terminó la Revolución Mexicana, el grupo Atlacomulco. Un club al que pertenecen Isidro Fabela, todos los Alfredos del Mazo, Arturo Montiel Rojas y Enrique Peña Nieto, entre otros.

Eran inicios de los noventa y el periodista no se iba a encontrar con cualquiera. Le esperaba el propio Carlos Hank González. Gengis Hank.

El periodista, no mexicano, fue invitado al rancho de Carlos Hank. Le decimos rancho pero aquello era una propiedad digna de un jeque. Decenas de hectáreas, animales exóticos. El periodista fue conducido a un salón enorme, donde le esperaba el mítico profesor mexicano que dijo que un político pobre era un pobre político.

(Sí, así de cínicos son).

El periodista disimuló su sorpresa cuando una amable camarera atendió su orden, como si se estuviera en un lujoso restaurante y no en una casa particular. Se sentaron frente a frente, pero separados por un incómodo florero que le impedía mirar a los ojos a Hank.

Pronto detectó algo inusual en la mesa. Un estuche negro rectangular que reposaba junto a su plato.

La entrevista duró una larga e incómoda hora.

Al terminar, el periodista intentó ignorar el estuche y anunció que se retiraba.

De ninguna manera”, dijo Hank. “Tiene que llevarse mi regalo”.

Pero mi medio no me deja aceptar el regalo”, dijo el periodista.

Por favor, es una costumbre mexicana”, insistió Hank.

Entiéndame, no puedo aceptarlo”, repitió el periodista.

Así un intercambio que duró minutos, quizá una media hora.

Hasta que a Hank se le colmó la paciencia y, molesto, le dijo al periodista que se llevase el estuche o, de lo contrario, se lo tomaría personal.

El periodista aceptó llevarse el regalo. 

Llegó a su hotel, y abrió el estuche en su habitación. Y en su interior no había un Rólex, como esperaba. Ni un fajo de billetes. Tampoco un dedo, como pensaría un sádico.

No. Lo que había dentro era un pequeño botón, con el logo del PRI.

Eso es lo que pienso cuando pienso en el Estado de México. Tres imágenes, tres recuerdos.

To-lu-ca”.

Una casa gris y pobre, en medio de la nada, con una bandera.

Un logo del PRI.

El fin de una era

bastenier

Acabo de escribir ese titular y es como si lo pudiera escuchar ahora mismo.

Pero qué titular has puesto, niña Verónica, pero qué exageración es esa. Vamos a ver, vamos a ver. [tose]. El fin de una era es como la caída del Imperio Romano, pero qué melodramática es la Verónica. Pero es que vosotros no lo sabéis, pero Verónica es de la Nueva España, de M-É-X-I-C-O. Y allá les gusta el melodrama, les gusta el melodrama… De allá era Marina, ¡La Malinche! Allá llegó Hernán Cortés… ah, el mejor español de todos los tiempos…”.

Así lo recuerdo. Tecleé lo primero que se me vino a la mente al pensar en su muerte y de inmediato pensé en lo que habría dicho si hubiésemos estado en una de las aulas del máster de la Escuela de Periodismo de El País, hace ya nueve años. Recordé el día en que hizo un provocador (y convincente) argumento sobre por qué Cortés era tan heroico. Con la sonrisa traviesa de un hombre profundamente sabio pero que nunca perdió la picardía, entendida en el mejor sentido de la palabra. Le gustaba retar y le fascinaba hallar a un interlocutor que se atrevía a contradecirle. Sobra decir que, casi siempre por no decir siempre, ganaba por knock out.

Como un boxeador.

Ah, ya cargándote el Libro de Estilo. Pero si ya sabes que el box es el único deporte del que no podemos hablar, que así lo dice el Libro de Estilo… yo no sé, yo no sé, yo puede que no esté de acuerdo, no lo sé, pero las reglas son así y en los periódicos no escribimos como se nos da la gana, que para eso no nos pagan…”

A Bastenier le gustaba revisar un texto con la pericia de un boxeador experimentado, de esos que pelearon combates legendarios. The thrilla’ in Manila. Y por eso recordé una frase que dijo Billy Crystal sobre Muhammad Ali. “There’s very little that I can say about Muhammad Ali that he hasn’t already said himself”.

Es así. No hay mucho que pueda decir de Bastenier que no haya dicho él sobre sí mismo. Y que no lo hubiese dicho mejor, con más ingenio, más cultura y en menos espacio.

Lo recuerdo en un restaurante en una esquina de Miguel Yuste. En los casi seis años que viví ahí solíamos comer al menos una vez al mes. Y sí, era una delicia escucharle. De periodismo, de periodistas, de periolistos. De historia, de Cataluña, de Oriente Próximo, de Europa (casi se ponía de pie cuando mencionaba Europa). Todavía lo recuerdo con su bella mujer, Pepa, hace no tanto tiempo, en una boda en México. Estaba feliz de que yo me hubiese enamorado de Madrid con la misma pasión que él sentía por América Latina. “Pero si tú eres más madrileña que yo”, me decía en un tuit.

Lo recuerdo haciendo memoria de sus alumnos y cómo recordaba el estilo de cada uno. Recuerdo que me confesó quiénes pensaba que eran los mejores, o los más divertidos, o los más listos, o los que más ponían atención. Joder, qué orgulloso estaba. Joder, qué orgulloso estaría de que una mexicana escriba el españolísimo “joder”.

Yo le pedí consejos de casi todo. Le mandaba reportajes, el esbozo de mi libro, las nuevas noticias del “curro”. Y siempre respondió. La última vez, unos días antes de que muriera.

Recuerdo que el día que dijo que Hernán Cortés era el mejor español de todos los tiempos respondí exactamente como él esperaba que lo haría. Bastó alguna torpe frase mía para que derribase el argumento, cuando ni siquiera había comenzado a elaborar mi respuesta en nombre de la Soberanía Nacional Mexicana y la Raza Cósmica de Vasconcelos (sí, él había leído más de Vasconcelos que la GRAN mayoría de mexicanos que conozco).

¿Pero tú has leído a Vasconcelos? Vamos a ver. [Se arremanga la camisa, como el boxeador experimentado que quiere dar una buena lección y sube el tono de su voz metálica]. Vosotros, los mexicanos, sois LOS MÁS ESPAÑOLES de todos. Porque no hay nada más español que renegar de España”.

Me quedé fría. Les digo, un perfecto jab. Limpio. De esos que despiertan admiración. Y luego dijo algo que me emociona al día de hoy.

“Si fuésemos todos, a nombre de España, a pedir perdón a América Latina por todo lo que hicimos, ¿quién me acompañaría? A ver, quiero ver, porque yo iría el primero, pero quiero ver quién me acompañaría”.

Y mis compañeros, los otros nueve que estaban conmigo en ese momento en el aula, comenzaron a subir lentamente las manos. Eso no se le hace a una mexicana en el exterior, sobra decir. Melodramática, si ya lo decía él.

Un amigo me dijo el viernes que sentía como si se nos estuvieran yendo los últimos periodistas que podían decir: “Eso que acabas de publicar es una auténtica barbaridad” con toda la autoridad moral del mundo. Por eso pensé que sí que era el fin de una era. Y por eso al menos quiero pensar lo que diría si me leyese, para detenerme, antes de que escriba esas auténticas barbaridades. Que las escribiré. Las escribiremos.

Pero qué tontería, qué tontería, si tú lo que tienes que hacer es ponerte a leer esto de nuevo y pensar en cómo lo harías mejor, que si la gente nos lee por algo, que la gente tiene algo mejor qué hacer que leer un periódico, que eso no se te tiene que olvidar nunca. Que bueno, que te equivocas, pues ya está, te equivocas, pero sigues, y lo vuelves a hacer y ya está”.

Y miren, ahora que se usa tanto adjetivo para el periodista (que si el periodista multimedia, el periodista narrativo, el periodista literario, el periodista chisgarabís –y vaya que sobran de estos últimos), Bastenier no era “un” periodista. Era Periodista.

Sí, es difícil ponerme frente a un teclado en estos días y no acordarme de él.

“¿Tenéis fuego?”

To Sir, with love.

En recuerdo de M. Á. Bastenier (Barcelona, 1940 – Madrid, 2017).

Agur

El día que mataron a Isaías Carrasco llevaba sólo tres meses en España. Venía de un país que comenzaba a atisbar la crueldad de la guerra y no entendía mucho de lo que aquí llaman “el problema vasco”. Creo, al día de hoy, que no lo he entendido. A Carrasco, un edil del PSOE retirado, le metieron cinco tiros frente a su esposa y su hija. Era una persona humilde. Trabajaba en el peaje de una autovía. Escuché en silencio los comentarios de mis compañeros. ETA era ese fantasma presente, que se negaba a desaparecer. Aun rendida, tenía un peso invisible en la costura de la sociedad española. Y me callé. Sabía que no entendía, así que era mejor no opinar.

Cuando mataron a Ignacio Uría ya había comenzado a desmarañar la complejísima historia que se esconde detrás de la supuesta “lucha” de ETA. Uría, de 71 años, fue asesinado cuando iba a reunirse con unos amigos a jugar una partida de cartas. “Mus”, le llaman por acá. El Mundo afirmaba, con cierta mala leche, que sus compañeros habían continuado la partida pese a la ausencia del amigo. “¡Pero qué cojones van a saber ellos!”, me dijo un vasco. “¿Qué saben de lo que ellos sentían? ¿Qué saben si ellos decidieron jugar ese día por él, por Natxo?”. Guardé silencio de nuevo. Qué iba a saber yo.

Cuando mataron a Eduardo Puelles, iba en un coche con el mismo vasco. Escuchamos en silencio el espantoso recuento de su muerte. Un testigo describía los gritos del pobre hombre en el interior de su automóvil. Lo quemaron vivo. Yo me quedé, literalmente, sin palabras. Quienes me conocen saben que eso es raro. Él solo musitó: “Hijos de puta”.

Hubo otro puñado de muertes en los tres años y medio que llevo en este país. A cuenta gotas, pero no por ello menos dolorosas. En un país en el que discutir (que no debatir) es el deporte nacional, llama la atención que ese tema no se aborda fácilmente. Y que hay una advertencia implícita para el recién llegado: simplemente no lo entiendes.

He visto a compañeros descorchando un vino el día que ganó Patxi López, a unos metros de otros que miraban en silencio, en contenida indignación, su investidura. He leído con sorpresa las amenazas que han sufrido personas que se sientan a unos pasos de mí, que nunca han hecho un comentario, pero que han sabido lo que es vivir en la mira de un grupo terrorista.

Hoy nos encontramos con que ETA anuncia que deja las armas. La palabra histórica en este caso es “definitivo”. Hoy vi lágrimas de júbilo, sonrisas discretas, emotividad contenida. La voluntad de creer que ahora, por fin, se ha acabado. En este, mi país adoptivo, es la primera vez que me siento una extranjera en toda regla. Me siento incapaz de opinar de algo que despierta sensibilidades muy contradictorias entre muchas personas que aprecio. Sólo sé que quiero pensar igual que la mayoría de ellos. Que esta es la buena. Que ahora sí. Que se acabó. Valga la esperanza. El recelo lo dejamos para otro día.

Sergio

Sergio, llevo todo el día buscando una foto que nos hicimos en el José Alfredo de Madrid. Y mira, odio entrar a Facebook. Solo entré porque he estado pensando todo el día en ti.

Me acuerdo cuando te conocí, en Morelia, y yo era muy tonta y tú ya eras muy brillante. Yo sigo probablemente igual de tonta, pero al menos puedo decir que tuve el privilegio de que estuvieras en mi vida y eso es bastante.

Me acuerdo cuando me tocó editar un suplemento del Festival de Cine de Morelia y estaba tan inexperta y nerviosa y me dijiste “Bonnnitaaaa, pero si estás en la cresta de la ola”. Y cómo no iba a ser la cresta de la ola.

Y me acuerdo cuando en Guadalajara encabezaste una delegación de auténticos caballeros tapatíos que me fue a llevar a mi casa, cuando me acababa de mudar. Y vivía tan lejos de la FIL y salió un perro de la nada y quiso morder a un escritor y por alguna razón todo nos parecía divertido.

Me acuerdo las veces que quemamos Madrid, cuando vimos aquel partido de nuestros Ratoncitos Verdes, nuestras charlas y cartas y todo lo que me enseñaste en el camino, siempre con risas y bajo ese grito: “¡Vamos a la vidaaaaaaa!”.

Y cómo nos reímos, y me enseñaste cosas, y me hablabas de tantas otras. Que si tal político, que si tal escritor, que nuestro amigo fulano, que tal escándalo. Que ese libro es un horror, que este hay que leerlo.

Un día tendré que contarle al mundo todas las aventuras que urdiste y de las que nos hiciste cómplices, como igual nos acompañaste en todas las locuras de los que somos tus amigos.

Me acuerdo que te encantaba la plaza Luis Cabrera, y de cuando me contaste por qué era uno de tus sitios favoritos del DF después de haber pasado una mañana desayunando chilaquiles. Y me acuerdo de cómo me contabas tu carrera de rockero en los años setenta, quizá uno de los hitos de tu vida de los que estabas más orgulloso.

Y tus gafas, y tus frases, y tu ironía, y tus consejos y tus bromas.

Ay, Sergio, te voy a extrañar mucho. Hoy estuve pensando que fuiste como el conejo que me guió al País de las Maravillas. Salvo que mi País de las Maravillas es el Periodismo y no es tan poético, aunque quizá sí tiene algo de mágico.

Sergio, todo fue mmmmmmmmmmmaravilloso. Y quién nos quita lo bailado.

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Foto: Carlos Rosillo para EL PAÍS

La planta cuatro

Hace unos meses, por trabajo, viajé a Estados Unidos. Tenía una cita en la sede de una empresa muy famosa. Había solo un par de personas que hablaban español en la planta donde se desarrolló la reunión, la planta cuatro. Por contexto, ahí trabajan al menos unas 100 personas. Terminé una reunión y bajé al comedor.

En el comedor había fila para la comida. Y ahí me encontré a un señor estadounidense que intentaba explicar a un cocinero mexicano qué quería para comer. El mexicano no entendía el inglés muy bien. Entré e hice de traductora. Algo así como “él quiere pollo y papas”. Nada importante.

Cuando el cocinero cumplió con su trabajo, le pregunté de dónde era. “Yo soy de Morelos, de un pueblo muy chiquito. Llevo dos meses aquí y apenas le estoy agarrando al inglés”. Le expliqué que yo también era mexicana.

Vio mi gafete. “¿Pero usted trabaja en la planta cuatro?” Le dije que no, que solo estaba por una reunión. Le dije que era periodista. Me dijo que él estaba trabajando para pagar a su hijo de 10 años sus estudios. “Yo quiero que llegue a la universidad”.

Y salió de la barra de la cocina y me dio un abrazo. Un abrazo mexicano. De palmada y puño. Yo solo alcancé a responder que estaba segura que su hijo, un día, no solo trabajaría en un sitio como “la planta cuatro” si se animaba a estudiar. Que su esfuerzo no era en vano. Su hijo, si se lo proponía, llegaría más lejos.

No lloramos, pero ha sido el único momento “paisano” que he tenido en Estados Unidos.

Ahí estábamos, un señor de un pueblito de Morelos que paga con su sueldo de cocinero los sueños de su hijo y yo, una michoacana que tuvo la fortuna de estar ahí. Como el maíz, nos sembraron en el mismo país. Y somos mexicanos.

Soy mexicana

Hay un poema que siempre recuerdo cuando aterrizo en la ciudad de México. “Alta Traición”, de José Emilio Pacheco. “Una ciudad gris / Monstruosa…”. Un poema tan manido que es fácil citar, lo cual es difícil en un país como el mío, en que la lectura no es el pan de todos los días.

Pero “Alta Traición” define como muy pocas cosas el sentimiento agridulce que implica ser y ejercer de mexicano.

Yo no amo a mi patria. Yo soy mexicana.

Soy mexicana porque aquí nací, porque mis padres se conocieron en la UNAM, porque mis raíces son incomprensibles sin tamales, ni tacos, ni pozole ni enchiladas placeras. Soy mexicana porque lloré el día que hallé una salsa Valentina en el Corte Inglés cuando llevaba tres meses en Madrid y soy mexicana porque no me he olvidado de Maxi Rodríguez y su gol de 2006. (NO NOS HEMOS OLVIDADO, MAXI, POR CIERTO).

Soy mexicana porque no era penal.

Soy mexicana porque sí, le pongo limón a todo. Menos a las carnitas, que son de mi tierra. Soy mexicana porque este fin de semana compré limones porque son de Buenavista Tomatlán, un municipio golpeado por la guerra, el narco y la pobreza y quiero pensar que quizá quien recogió esos limones algún día sentirá que este país lo recibe.

Soy mexicana aunque México no nos incluye a todos. Al menos la idea que el Gobierno vende de México, que repite hasta el cansancio que no hay que hablar mal de México cuando se critica al gobernador al presidente. Porque no hablo mal de México, hablo mal de su trabajo. Y porque soy mexicana lo puedo hacer.

Soy mexicana porque lloro de impotencia cuando veo la inmensa corrupción de mi país y el infinito debate que sigue: ¿es parte de nuestra naturaleza? ¿En realidad somos así? ¿Es nuestra cultura, como dijo el presidente Peña Nieto?

Y sobre todo, soy mexicana porque reconozco los muchos errores de mi patria, racista, clasista, corrupta e injusta. Pero porque me importan esos errores es porque sé que soy mexicana.

La patria es inasible, decía Pacheco. Lo mexicana no me lo quita nadie.

Trump y yo

La primera vez que fui a Estados Unidos tenía ocho años. Recuerdo la imagen cuando bajaba del avión en el aeropuerto. Un retrato sonriente del señor que era presidente de Estados Unidos. A mí me recibió George H. W. Bush (el padre del otro Bush). Y esperen que lo explique: en mis tiempos pre-9/11, eso era una garantía de seguridad. Mis padres nos criaron, a mis hermanos y a mí, con Estados Unidos como un ejemplo a seguir.

Aprendimos inglés desde niños, viajábamos todos los veranos y creo que estuve siete veces en Disneylandia para entonces. Íbamos en todas las vacaciones.

Fui adolescente y los tiempos cambiaron. Ahora me recibía Bill Clinton. Era una época rara. México vivía los peores años de la crisis del 94 (no lo he olvidado al día de hoy, PRI), y recuerdo que hacíamos cuentas de cuánto se deshacía nuestro peso frente al dólar.
Después vino Bush hijo, la guerra estúpida contra Irak, y la elección de Obama en 2008. En todas esas veces me sentía bien bajando del mismo avión, viendo la imagen del mismo presidente, pese a que para un mexicano no es fácil llegar allá. “Reasonable suspicious”, nos llamó la señora gobernadora de Arizona en ese entonces. Pero sabíamos que había un punto de complicidad. Uno de cada tres mexicanos tiene a un familiar viviendo en Estados Unidos, sabíamos que su futuro iba con el nuestro.

Y luego vino 2016.

Esa cosa. Esa cosa Naranja. Desde el minuto uno sabía de su riesgo. El primer día nos insultó a los mexicanos. Pensé que no pasaba nada. Finalmente éramos el enemigo común, el fácil. Después insultó a John McCain, senador por Arizona y un tipo que no puede elevar los brazos por encima de su cabeza después de todas las torturas que recibió en Vietnam. Entonces iba en serio.

El día de la elección fue algo que merece contarse. Abrí mi laptop y, lo juro, en el momento en que la abrí en la Ciudad de México cayó un trueno. Eran las seis de la tarde del 8 de noviembre de 2016.

Ese día recibí llamadas y mensajes de toda la gente importante en mi vida. Mi madre, mi hermano, mis primos, mis amigos, mi mejor amiga, ¡mi casero! La noche triste mexicana y en México no paró de llover.

La mañana siguiente estaba enfurecida con los periodistas, mi oficio, que pese a que muchos habíamos advertido de que Trump iba en serio y que podía ganar, nos había tirado de locos. Pero un mensaje, desde Madrid, de un amigo, me hizo llorar. Thiago Ferrer me escribió: “Te mando un abrazo”. Y lloré.

Ahora no tengo idea de lo terrible de lo que ha pasado. Veo que la moneda de mi país, otra vez, está devaluándose todos los días. Veo a los actores políticos de México intentando ganar rajada del caos (y digo TODOS, Morena). Y nosotros, como siempre, tristes. Haciendo cuentas de cuánto nos va a salir un dólar, buscando un porqué de todo lo que ocurrido.

No puedo imaginarme cómo será, otra vez, bajar de ese avión, y ver la foto de Donald J. Trump como presidente de ahí. Sé que han perdido todo el respeto de quienes les admirábamos. Y sé que su futuro va con el nuestro.

Quiero pensar que en estas ocasiones sacaremos lo mejor. Somos el país que reconstruyó la Ciudad de México tras el terremoto. El país que derribó al PRI de la presidencia en 2000 (con todos sus defectos). Y resistimos. Quizá más de lo que todos creen. Pero no nos despierten. El día que despertemos será peor de todo lo que he contado aquí.

Quiero tener esperanza. Hay historias que contar. Y los tiempos así nos lo piden.

Periodismo onanista

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Hoy compré el periódico. Compré un escuálido ejemplar de unas cuantas páginas, con una diminuta sección de anuncios clasificados, una sección A compuesta por Nacional, Internacional, Cultura y lo que haga falta y unos tres cuadernillos más. Yo compraba ese diario hace unos 20 años y aquel periódico no podría ser más lejano del que tenía hoy en las manos. Los diarios se han vuelto anoréxicos. Y los periodistas nos estamos convirtiendo en la señorita Havisham de Grandes Esperanzas. Obsesionados por un pasado que nos ha abandonado, hace mucho tiempo ya.

Primero explico. Yo no me considero una pesimista frente al escenario. He abrazado con entusiasmo las redes sociales, las nuevas formas de narrativa, el multimedia e, incluso, aun teniendo a 2017 enfrente (y todo lo que ello implica) creo que estamos ante uno de los años más intensos de nuestra vida. Y que eso no será necesariamente malo.

Pero también creo que, más allá de los múltiple mea culpa después de las monumentales equivocaciones del periodismo en 2016 (no hay otra manera de calificarlas, muchachos), estamos llegando a una época en la que no nos atrevemos a explicar lo que está ocurriendo: estamos perdiendo fe en los periódicos.

No me miren de esa manera. Sean honestos con ustedes mismos: ¿cuándo fue la última vez que compraron un diario? ¿Con cuánta frecuencia lo hacían hace cinco años?

Vamos, los dejo un momento. Solo piénsenlo para ustedes. No me lo digan.

¿Ven?

Pues eso.

Algo estamos haciendo profundamente mal cuando la confianza del público en los medios está por los suelos (una tercera parte del público en Estados Unidos, así que imagínense cómo están los demás) y las personas prefieren informarse por Facebook que por medios.

Sí, porque no nos hagamos tontos: la culpa no es sólo del algoritmo de Facebook. Es también de que tanto peleamos por los mentados clics que acabaron por abandonarnos.
Lo que más me preocupa es que no veo una reflexión madura sobre lo que ha ocurrido. Leo las mismas reflexiones sobre todo lo que la gente “debe de” leer y hemos dejado de contar a la gente lo que le pasa a la gente. Ahora le contamos lo difícil que es contar a la gente lo que le pasa a la gente. Y, ¿saben qué? A la gente le da igual. ¿A ustedes les importa si un chef tuvo que recorrer cinco mercados para conseguir los ingredientes para una cena? ¿Les importa más ese cuento o la cena? Nos hemos olvidado de contar cosas para hacer periodismo onanista: el peor de todos.

Tengo esperanza de que el próximo año será un terremoto en más de un sentido y servirá para que muchos despabilemos y hallemos caminos nuevos (y que no nos habíamos imaginado) para contar historias. Pero algo tengo muy claro también: no vamos a sobrevivir todos.

Así que solo quería dejar constancia. El periodismo sobre periodistas no le interesa a nadie. Y si lo seguimos haciendo nos quedaremos hablando solos, como la señorita Havisham, vestidos de unas galas roídas en una mansión abandonada, culpando a todos y sin alguien que nos escuche. Levantando un vaso ante una sala vacía por los tiempos pasados que no fueron tan maravillosos como los contamos, pero qué más da. Ya no queda nadie nos pueda contradecir.

Elecciones gringas para principiantes. Horarios y estados a seguir.

¿Cansado de leer sin parar sobre las elecciones de Estados Unidos? ¿Agotado de escuchar el nombre Donald Trump al menos diez veces al día? ¿Harto por escuchar de unos emails que nadie termina de explicar bien por qué son relevantes? ¡No se preocupe más! Por fin la elección estadounidense llega a su fin: tras unos eternos 16 meses, mañana es el día, y más allá de los análisis, las predicciones y el vecino que siempre quiere dejarle claro su conocimiento de la política gringa, he aquí una guía sencilla y fácil para seguir los resultados electorales e impresionar a sus amigos y seres queridos.

Como se habrá dado cuenta a estas alturas, el sistema electoral gringo es todo menos sencillo. Aquí puede enterarse más de los detalles sobre por qué se celebran 50 elecciones que dan el resultado final y puede llevar (esperemos que esta no sea la ocasión) a que un candidato sea ganador con el voto popular y aun así pierda en el colegio electoral, como ocurrió con Al Gore en 2000.

Pero vayamos al grano.

No entraremos en detalles en este post sobre los entresijos de la elección. Usted lo único que necesita es seguir estos horarios y resultados para saber qué ocurrirá. Los primeros comenzarán a conocerse a partir de las 18.00 (hora de la Ciudad de México, una de la mañana en Madrid).

Estos son los resultados que usted debe seguir para saber si Estados Unidos nos dará la sorpresa del año. Los resultados se han previsto de acuerdo con los sondeos más holgados.

18.00 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • Vermont: demócrata (es el estado de Bernie Sanders, además).
  • Kentucky, Indiana, Carolina del Sur y Georgia: republicanos.

Ojo con:

  • Virginia: Trump necesita estos trece votos electorales si quiere mantenerse en la pelea, un resultado cerrado o una victoria del mejor amigo de México en 2016 puede ser la primera señal de una noche larga. Las últimas encuestas indican una ventaja de cinco puntos para Hillary Clinton. Barack Obama ganó con una diferencia de menos de cuatro puntos en 2012. Datos curiosos: Virginia es una de las regiones más antiguas de Estados Unidos, obtuvo su nombre por Isabel I (la reina virgen) y también fue el hogar de Pocahontas.

18.30 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • West Virgina: republicano.

Ojo con:

  • Carolina del Norte: Un estado tradicionalmente republicano que Obama ganó en 2008 con una diferencia de menos de un punto y que Romney consiguió en 2012. Los demócratas han hecho campaña aquí como si no hubiera mañana. Los sondeos están muy divididos.
  • Ohio: ¿se acuerdan de 2004? Ah, qué tiempos aquellos. Es un estado de clase trabajadora, el hogar de Ted Mosby y LeBron James y tiene 18 votos electorales. Las encuestas pronostican una victoria a Trump.

19.00 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • Massachussets, Rhode Island, Connecticut, New Jersey, Maryland, el distrito de Columbia (Washington) y Maine: demócratas.
  • Missouri, Oklahoma, Tennessee, Alabama y Mississipi: republicanos.

Ojo con:

  • New Hampshire, Pensilvania y Florida: Aquí la cosa se pone emocionante. Si Trump consigue dos de tres de estos estados (y ha conseguido ganar los que ya hemos mencionado hasta ahora), hay una posibilidad real de que gane. Si Clinton vence, igualmente, en al menos dos, usted ya puede comenzar a zapear o a preparar su serie de Netflix consentida. Las encuestas dan un empate técnico en Florida y New Hampshire y una ventaja mínima a Clinton en Pensilvania. Si planea trasladarse de un punto a otro, este es un buen momento para hacerlo. El siguiente corte es solo un estado y es…

19.30 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • Arkansas. Sí, el estado natal de Bill Clinton votará republicano.

20.00 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • New York, Wisconsin, Minnesota y Nueo México: demócratas.
  • Wyoming, Dakota del Sur, Nebraska, Kansas, Louisiana y Texas: republicanos.

Ojo con:

  • Colorado, Arizona y Michigan. Trump consiguió recortar una distancia de 20 puntos en Michigan (el estado donde está Detroit, la ciudad industrial que en otros tiempos simbolizó el Estados Unidos pujante y hoy representa el porqué llegamos a este punto). Hoy la ventaja de Clinton es de solo tres puntos. En Arizona los sondeos dan una victoria cerrada a Trump y en Colorado, a Clinton.

21.00 CDMX

No esperamos sorpresas en:

  • Montana: republicano.

Ojo con:

  • Utah: Un estado tradicionalmente republicano pero también el único con un candidato independiente fuerte como para cambiar el resultado, Evan McMullins.
  • Nevada: uno de los grandes objetivos de la campaña en español de Clinton. Obama lo ganó con una diferencia de 12 puntos en 2008 y de seis en 2012. Ahora Trump adelanta por menos de dos puntos. También es el estado de Sheldon Adelson, dueño de uno de los tres periódicos que respaldaron a Trump y uno de los principales asesores de su campaña.

22.00 CDMX

A estas alturas, si usted sigue pendiente de la elección, es porque alguno de los estados que mencionamos antes no han obtenido un resultado claro. ¿Por qué? Porque a esta hora ya no esperamos sorpresas.

  • Idaho y Dakota del Norte: republicano.
  • Washington, Oregon y California: la costa pacífica de Estados Unidos será demócrata.

Más tarde cierran Alaska (republicano) y Hawaii (demócrata). En conclusión: a esta hora todo dependerá de lo peleadas que sean las elecciones de los estados que cerraron antes de las ocho de la noche. Aquí tiene una lista de tuiteros para seguir la noche electoral. Haga su hoja de predicciones y disfrute de la elección.

Volví.

De los fracasos se escribe la mejor literatura. De las pérdidas, los mejores poemas. Del dolor, la enseñanza.

No sé qué decirte, abuelo. Cuando te fuiste en 1998, te puedo contar que el mundo ha cambiado mucho. No tengo muy claro qué pensarías de las redes sociales. Sé que te horrorizaría que todo el mundo te cuente sus intimidades pero al mismo tiempo sé que te gustaría esta nueva herramienta.

Viviste el siglo XX como nadie. Kennedy, Castro, el Che, Kissinger, Arafat y todos ellos. Educaste a una hija que es una feminista política de cuidado. A mí me hiciste observadora (es tu culpa).

Sé que te gustaría que te contara de Teté y Pole, mis nanas. Ellas me educaron y me hicieron la persona que soy, para bien o mal. Sé que te gustaría que escribiera, porque me educaste para hacer eso, cada quince días, y perfecto.

Te encantaría saber las aventuras en las que me he metido. Y sé que no te sorprenderían. Me educaste para esto.

Quizá es una paradoja. Me educaste para preguntar. La quinta W es el ¿por qué? Y eso es lo que intento hacer.

Te quiero,

 

 

Verónica